Capital humano universal

La política y la economía no pueden operar aisladas de un relato. Sin embargo, a la hora del análisis, los hechos se atomizan, se fragmentan, y esa quizás sea justamente una de las características del discurso monocorde instalado, uno que ha convertido a la ideología y al sindicalismo en palabras malditas.

En medio del torbellino generado por la visita de la ex presidenta de Brasil Dilma Rousseff a Uruguay, algunos periodistas cuestionaron que uno de los motivos del último paro parcial del Pit-Cnt fuese la lucha “por la democracia y contra el neoliberalismo”. Hubo un columnista que incluso criticó que esas fueran las causas más visibles de la movilización y no el estancamiento en los consejos de salarios, objetando que el énfasis no hubiera estado, por ejemplo, en las sumergidas condiciones salariales de los trabajadores del comercio. La protagónica participación de Rousseff en la movilización le proporcionó un picante aderezo al repertorio de críticas, porque ella también aplicó en el último tramo de su segundo mandato medidas de ajuste fiscal o cayó bajo las redes de alianzas con sectores de pensamiento neoliberal. Desde ese punto de vista, la objeción contra la parcería Dilma-Pit-Cnt suena atendible. La influencia del abrazo del PT con las élites económicas en la crisis de ese partido, en función de pragmáticos fines electoralistas y no sólo, viene siendo desbrozada con poderosa fuerza argumental hace ya bastante tiempo por petistas disidentes o activistas como el teólogo Frei Betto.

En cuanto a si tales asuntos justificaban un paro, las herramientas del sindicalismo son siempre discutibles como las de cualquier otro actor social. Es cierto que calibrar los momentos más oportunos para utilizar el paro forma parte de la discusión táctica, y que el posible desgaste del instrumento es un elemento siempre a considerar. En un período de gobierno que atraviesa una etapa en la que el crecimiento del producto a tasas chinas ya ha quedado en la bolsita de los recuerdos, el manejo de los tempos requiere un ojo de lince.

De todos modos, parece existir cierta tendencia interpretativa que a menudo suele centrar la mirada en el árbol y no en el bosque. El neoliberalismo no es una invención de la central sindical, ni una obsesión de jurásicos dirigentes, sino un paradigma, una corriente, o incluso un “modo de vida”, analizado en profundidad por la academia de todos los continentes. Casi tanto como el populismo, por mencionar uno de los desvelos más recientes de los analistas de cuño liberal.

El neoliberalismo es una categoría de análisis que lleva décadas de vida en las ciencias sociales. Hay quienes lo definen como un colectivo político-intelectual dedicado al desarrollo de una versión politizada y moralizante de la economía neoclásica, que propone la búsqueda de la eficiencia a través de la competencia en todas las áreas de la sociedad. Como pasa con muchas otras corrientes o posturas (desde la “tercera vía” hasta el “neomarxismo”) tiene decenas de think tanks, en este caso fundamentalmente provenientes de Estados Unidos, algunos de los más célebres son la Escuela de Chicago o el American Enterprise Institute. Hay quienes se focalizan en cierta cuestión civilizatoria de la teoría y mencionan la existencia de “valores neoliberales”, según los cuales una persona es algo muy parecido a una empresa y debe “valorizarse, invertir y competir”. Este es un sentido común con alto poder de legitimación en la opinión pública (comentario al margen: si bien el empresario-político-megalómano Trump ha esbozado un discurso crítico con la globalización y ha renegado de ciertas claves neoliberales, habría que preguntarse si el éxito del producto no es un resultado de la apatía y la frustración propias de un ecosistema en el que la política ha sido absolutamente tomada por el mercado).1

Pero hay otra definición quizás aun más adecuada para comprender que la situación de los trabajadores del comercio –y de la clase trabajadora, por cierto– no proviene de una nave espacial, ni gira fuera de la órbita de un determinado planeta político-económico-cultural. En su Breve historia del neoliberalismo (2005), el geógrafo británico David Harvey describe el triunfo de esta visión como un contraataque del capitalismo global, que logró imponer la disciplina fiscal, la desregulación y la flexibilización laboral, con la “financiarización” de la economía y la revolución informática como grandes aliados. Un “fundamentalismo de mercado” que no sólo ha afectado los marcos del poder institucional, sino la división del trabajo, las relaciones sociales, las áreas de protección social, los vínculos con la tierra y las formas de pensamiento.

Así, la desregulación de la jornada laboral del trabajador del supermercado (su total sometimiento a una constante rotación de turnos o de días), o la multiplicación de las tareas de una cajera (una multitask que ahora debe ser capaz de cobrar con variados instrumentos financieros, pero también de embolsar los productos y limpiar la mesada) parecen ejemplos ilustrativos. La política y la economía no pueden operar aisladas de un relato. Sin embargo, a la hora del análisis, los hechos se atomizan, se fragmentan, y esa quizás sea justamente una de las características del discurso monocorde instalado, uno que ha convertido a la ideología y al sindicalismo en palabras malditas.

Las luchas locales, territoriales, los conflictos de los trabajadores en el aquí y el ahora, son un elemento de la micropolítica que siempre deben ser visibles, y bienvenido es que la cobertura periodística de la situación de los empleados de las grandes superficies (en su mayoría, jóvenes y mujeres) llegue a los titulares y no sólo por obra de sus “trancazos”. Y lo mismo con los antiguamente demonizados consejos de salarios.

La cuestión es que el énfasis en esos focos puntuales de conflicto, descolgado de un relato macro capaz de unir los hilos invisibles, podría ser uno de los signos de la victoria del abordaje neoliberal. Porque la extensión de la jornada de trabajo a toda la franja horaria en la que no se duerme –de la mano de las innegables bondades de la revolución digital–, las dificultades para sindicalizarse –pero sobre todo para involucrarse– cuando las reglas del empleo vienen cambiando a la misma velocidad que la tecnología (el lugar de trabajo ya no es necesariamente la tradicional fábrica o la oficina), y la exclusión, por razones de género, de las mujeres de un sistema basado en el fundamentalismo de la productividad ya no son sólo rasgos de un tipo de trabajador. Son los males del trabajador universal. Quizás esa condición internacionalista y excluyente del sistema, que trasciende lo local, es lo que haya inspirado la “movilización continental” a la que adhirió el Pit-Cnt.

  1. En su ensayo “Esta es nuestra pesadilla neoliberal: Hillary Clinton, Donald Trump, y por qué el mercado y los ricos ganan siempre” (Salon, junio de 2016), Anis Shivani escribe: “No estoy realizando necesariamente una predicción pesimista, estoy delineando la fuerza de un oponente que se ha negado a ser nombrado por 45 años, a pesar de ser la ideología dominante durante tanto tiempo”.

 

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