Capturas de campaña

El después de la segunda vuelta electoral.

Kiosco de listas del FA en Manga/Foto: Héctor Piastri

Capturas segunda vuelta PAYSANDÚ

La conjura de la fe

Politólogos, analistas, veteranos en lides electorales y empresas encuestadoras de cara al balotaje anunciaban que la derrota del Frente Amplio (FA) era inevitable. Punto más, punto menos, la coalición opositora avasallaría en las urnas a la izquierda. ¿Cómo se le podía ocurrir a alguien recuperar más de 200 mil votos en un mes? Tan sólo suponerlo era desafiar la razón, el rigor científico, la experiencia, la academia.

Así las cosas, pensar que el FA podía tener alguna chance era un acto de fe. Un voluntarismo. Sin embargo –y supongo que en todo el país ocurrió algo similar–, en Paysandú, un centenar de hombres y (sobre todo) mujeres decidieron no darse por vencidos. Desde sanduceros que sufrieron la dictadura hasta jóvenes que nacieron con una izquierda en ascenso se caminaron las barriadas más humildes, el ajetreado Centro, la rambla, el Interior profundo. Con calores agobiantes llamaron a las puertas, conversaron con vecinos indecisos, animaron a desanimados, contagiaron entusiasmo. No había soberbia en esta especie de misioneros locos. Se bancaron desplantes, indiferencias, algunos insultos, pero también sostuvieron charlas reconfortantes. Dejaron tiempo, dinero, familia y hasta salud en este desafío.

El día de las elecciones, el número de misioneros locos ascendió a unos quinientos, que organizaron, hicieron de delegados de mesas, llevaron votantes. Una vez cerradas las mesas de votación, fatigados, los militantes comenzaron a llenar la plaza Artigas y el local central del FA. Se formaron ruedas de mate. Se charlaba como si ese fuera un día más en sus vidas. Cuando se conocieron los primeros resultados, los jóvenes bailaron, los viejos empezamos a sacar cuentas y los militantes de siempre no se preguntaron cómo fue que se logró pelear en pie de igualdad una batalla que se consideraba perdida. Sólo fue un asunto de fe, me dijeron.  

Carlos Caillabet (71).
Periodista


Capturas segunda vuelta MONTEVIDEO

Las nubes pasan, la lucha queda

Ver que quienes ganaron están nerviosos, incómodos y amargados, y quienes perdieron se abrazan, se emocionan y cantan “milicos nunca más” comprueba que la victoria y la derrota son cosas de lo más relativas, que los estados de ánimo colectivos no se desprenden directamente de la-verdad-de-los-hechos. En los hechos, el domingo ganó la coalición multicolor y perdió el Frente Amplio (FA). Sin embargo, a casi todos nos quedó la sensación de que en el fondo ganó el FA y perdió la coalición multicolor.

Para el FA, perder con miles de personas en la calle, a punto de dar el batacazo y sabiendo que logró reunir nuevamente a casi la mitad del país, fue la mejor manera de perder. Y para la derecha, armar una coalición de cinco partidos, a los ponchazos, con el único objetivo de sacar al FA, haberse pegado un susto bárbaro y encima quedarse con el festejo atragantado por menos de 30 mil votos de diferencia fue la peor manera de ganar.

Sin embargo, este gustito a triunfo que tuvo la derrota no se debe únicamente al FA. Es, antes que nada, una tremenda victoria de su militancia, que demostró que su capacidad de movilización sigue vigente y, además, aprovecha ese plus anímico que nutre a cualquier uruguayo apenas lo dan por muerto. Pero también es una expresión de una coalición espiritual extendida e implícita, sin tanta necesidad de proclamarse. De izquierdas, colectivos y personas que en el último mes se movilizaron de diferentes maneras contra el violento avance de la derecha en América Latina y el domingo votaron contra el neoliberalismo y el fascismo (a quienes, dicho sea de paso, tan poco les cuesta juntarse). Así como en Uruguay siempre hubo clasismo y fascismo (cada vez menos) encubiertos, también hay muchos reflejos antioligárquicos y antifascistas que se activaron en el instante de peligro. Al final, la derecha ganó, es cierto, pero hay una base social ancha para resistir lo que se viene.

Ni el momento de América Latina nos permite ser optimistas, ni la buena votación anula la cómoda mayoría que tiene la derecha en el Parlamento, ni los cantos contra los militares golpistas nos hacen olvidar las amenazas de los fascistas nostálgicos que el viernes pasado nos llenaron de miedo. Pero algo chispeó el domingo de noche y alumbró una oscuridad que parecía implacable. Ahora sabemos que está, que estamos. Qué hacer con eso depende de nosotros. Seguramente, esa será la tarea los próximos cinco años.  

Ignacio De Boni (26).

Sociólogo y militante social


Capturas segunda vuelta MONTEVIDEO

La lucha popular de vuelta en las calles

Hace días vengo pensando en los posibles escenarios para los próximos cinco años y mi permanencia en Uruguay. Hace seis que vivo acá. No conocí el Uruguay de la crisis, pero basta afinar un poco el oído para darse cuenta de que fueron tiempos difíciles. Desde que llegué siento una incomodidad: el acto político se limita a la militancia partidaria, a excepción de algunas luchas que han logrado encontrar su lugar fuera de ese sistema.

Uruguay, acostumbrado a su gran Estado benefactor, ha olvidado que en algún momento la lucha también se daba en las calles, con solidaridad entre vecinos, no para pintarse de colores y llenarse de banderas, sino para sobrevivir y cuidarse entre quienes con lo poco que tenían abrían un espacio para pensarse en colectivo. Uruguay se ha olvidado de los comedores populares, las policlínicas barriales, los cuidados colectivos para la primera infancia, porque en nuestra memoria prima el avance de derechos que nos ha dado el Estado, como si todo eso no hubiera sido resultado del pueblo. La historia siempre deja la lucha popular como un mero acontecimiento pintoresco y le resta importancia a la participación de muchos, en lo que termina siendo una política de un sector partidario.

No pensamos en otros horizontes posibles cuando nadamos en la comodidad de que otros ideen y hagan política, para luego, si no resulta, apuntarles con el dedo y, con el mismo dedo, apuntar a otros, a ver si lo hacen mejor que los anteriores. Quizás en Chile estamos completamente descreídos de los políticos, pero no de la política. Por eso, veo con orgullo cómo la gente se ha plantado en las calles hace más de un mes: para decirle al mundo entero que el poder que ellos ostentan es nuestro.  

Karen Riquelme (26).
Migrante chilena


Capturas segunda vuelta CANELONES

¿Bitácora de una derrota?

En su propaganda electoral, el candidato de la coalición multicolor, Luis Lacalle, pidió a la ciudadanía que le entregara cinco años de su vida. Pertenezco a una generación sin posibilidades de revancha: estos cinco años pueden ser los últimos de la vida. Su triunfo supone un final triste para una vida que supo de muchas derrotas –algunas de ellas tan dramáticas que aún nos duelen en el alma–, pero ninguna ahogó las esperanzas.

Para que esta no fuera otra derrota –o no lo fuera del todo–, miramos con optimismo las nuevas generaciones, las de nuestros hijos y nietos. Esa batalla que se dirimía el domingo también era la nuestra; las futuras serán sólo las de ellos. Generaciones a las que algunos analistas atribuyen la falta de historia o de comprensión: “No entienden de qué les estamos hablando”, cuando invocamos el pasado.

En la semana previa al balotaje, aparecieron videos y declaraciones que pregonaban el exterminio de quienes pensamos distinto, mezclados con las proyecciones de las encuestadoras. Después vendrá la realidad cruda y dura. Pero la esperanza no sale de las cifras. Mientras esperaba el resultado en Marindia –donde vivo–, recibí dos mensajes de mi nieta:

“Quiero contarles que mi abuelo fue preso político y que hoy tengo la ‘suerte’ de tenerlo conmigo. Por él y los que no están:”

(Foto de una pancarta) Somos los nietos de los que no pudiste desaparecer. No tenemos miedo”.

Treinta y seis palabras para concluir que no es una bitácora de la derrota.

Hay esperanza.  

Raúl Olivera Alfaro (75). Militante del Pvp y coordinador del Observatorio Luz Ibarburu


Capturas segunda vuelta MONTEVIDEO

Inteligencia colectiva en medio de la tormenta

Cada quien toma la palabra desde una historia y un trayecto de vida. A mí me marcaron las luchas contra el neoliberalismo y la casa familiar llena de canto popular, historias sindicales y sensibilidades de izquierda. Mi viejo solía decir: “Estudiá para defender a los trabajadores”, y mi madre, intuitivamente, insistía: “Nunca dependas de un varón”. Esa mezcla me empujó al feminismo. Este mes convulsionado, entre elecciones nacionales y revueltas en el continente, nos plantó en la cara desafíos urgentes. La polarización electoral alumbró problemas y diferencias, pero también silenció balances. ¿Cómo atendemos lo urgente a la vez que reflexionamos sobre lo que también es importante? La experiencia feminista de los últimos años y los saberes de lucha cultivados son hoy claves que me orientan.

La crisis es dolorosa y está cargada de violencia, pero también es una oportunidad para hacernos cargo de lo que nos corresponde. Las voces feministas en la región nos permiten leer su profundidad. Las luchas han hecho temblar las relaciones sociales tal como están estructuradas por las lógicas patriarcales, coloniales y capitalistas. La contraofensiva fascistizante, que intensifica estas lógicas, llega para profundizar el neoliberalismo, redoblar el extractivismo, precarizar aun más nuestras vidas, endeudarnos más y avanzar en la legitimación de la violencia. Reaviva nuestros miedos a los militares y a la crisis económica, y supuran las viejas heridas. En medio de la trama feminista, nos escucho decir: nombremos el miedo para procesarlo, hagamos más densas las tramas vitales que nos sostienen, atendamos lo urgente y pensemos lo importante. Nosotras no vamos a volver al silencio: nos tomamos en serio nuestra experiencia, que desborda los modos clásicos de entender la transformación. Desde aquí preguntamos cómo desarmamos los pactos patriarcales, de impunidad, de desprecio de la vida, cómo potenciamos la inteligencia colectiva para atravesar la tormenta.  

Mariana Menéndez Díaz (38).
Feminista, docente universitaria


Capturas segunda vuelta MONTEVIDEO

El voto que está

Lo sabíamos, siempre lo supimos: la impunidad es mucho más que eludir el sistema judicial. Por eso, cuando las consecuencias de la impunidad aparecieron explícitamente en la campaña electoral, votar adquirió un significado diferente.

Poco antes de la primera vuelta estalló la revuelta en Chile. Las fuerzas policiales han ejercido todo su poder para matar, violar y mutilar a cientos de jóvenes, quienes, pese a todo, no callan. Entre la primera y la segunda vuelta, la derecha fundamentalista neoliberal de Bolivia ingresó triunfante al palacio de gobierno. Quemó wiphalas y abrió un abismo de interrogantes y debates en las izquierdas.

En Uruguay apareció con fuerza un liderazgo que le dio voz a la impunidad, al orden patriarcal y a la reivindicación de la doctrina de la seguridad nacional. Manini Ríos reunió a las derechas del odio (de todos los orígenes), pero, por razones de convivencia democrática, tuvo que expulsar de su partido a algún que otro nazi confeso o al convocante de crear escuadrones de la muerte para limpiar el país.

“Se les terminó el recreo a los malandras”, dijo Manini en el lanzamiento de su campaña. A medida que fuimos conociendo su discurso, fuimos descubriendo que “malandras” aludía también al malandraje de izquierda: el que impulsó la ley de despenalización del aborto, la ley de matrimonio igualitario, la ley integral trans o, simplemente, cualquier signo de igualitarismo perturbador del orden (por pequeño que fuera).

Al voto pragmático de octubre –como lo llamó Gabriel Delacoste– le sucedió el voto de repudio de noviembre. Un voto contra las estrategias de poder que se sellan con abrazos sin importar lo que digan o representen los “aliados”. Un voto contra la impunidad que les da voz a quienes siguen atrapados en la Guerra Fría. Un voto que está, y seguirá estando, en las luchas de todos los días y en todas las causas, en particular, en las más críticas.  

Lilián Celiberti (70).
Coordinadora de Cotidiano Mujer


Capturas segunda vuelta MONTEVIDEO

Rumbo al oeste

La mujer y su hijo de 5 años suben en el Centro, cuando todavía quedan asientos libres. Se acomodan en los de atrás: Leo (supongamos que se llama así) quiere viajar en los más altos. Ella graba un audio para avisar que ya están en camino, pero que demorarán unos cuarenta minutos en llegar a casa. Se bajarán muchísimo después que yo, muy probablemente cerca del destino, en la terminal de Colón.

Leo está contento con su gorro nuevo, su papá se lo acababa de regalar. Se lo saca y le muestra a su mamá los detalles del estampado del Hombre Araña. Cuenta que, al final, su papá fue a votar sólo con él porque la abuela se quedó en casa cocinando las papas fritas, y que, además, la abuela también le dio un regalo. Saca de su mochila un pesebre nuevo, fabricado con madera compensada. Señala con orgullo las siluetas talladas por su abuela y deduce que se trata de él, de su padre y de su madre, aunque vivan en casas diferentes. La mujer le explica que “eso” es para poner en el arbolito, pero que todavía falta para que llegue “el día” de armarlo. Mientras, hay que guardarlo “porque si no, se va a estropear”

Quizás hubiera dicho algo más sobre el asunto, pero, de pronto, se interrumpe. Se inclina hacia la ventanilla y señala un comercio del Paso Molino: “Allí es el trabajo de mamá”. Pero Leo está más interesado en lo del arbolito. Quiere otro, no el del año pasado, sino uno bien alto con chirimbolos nuevos, para que entren todos los regalos. Ya sabe lo que va a pedir: un muñeco de He-Man. La mujer replica que no hay necesidad de comprar otro arbolito ni otro muñeco de He-Man. Habla pausadamente, y argumenta más de una vez las mismas cosas, sin impostar la voz. Y el niño también: “Necesito un árbol muy grande porque le voy a pedir a Santa Claus regalos muy grandes”. “No se dice ‘Santa Claus’, esa palabra es de otro país, acá le decimos Papá Noel”, recibe como respuesta.

Queda por esa, porque Leo desvía su atención hacia la bandera del Frente Amplio que cuelga de un mástil de caña tacuara que entra, apenas, inclinada en la plataforma. El ómnibus está repleto de personas y de banderas del FA. No hay de otros partidos, pero la que Leo señala es la más grande de todas, la que lleva el veterano de manos percudidas y pies semiencastrados en ojotas añejas. “¡Esa es la bandera del país donde vive mi papá!”, grita el niño. El veterano no puede contener la risa y la mujer tampoco. Pero enseguida comienza a explicar: “Leo, esa es la bandera del Frente. ¿Te acordás que te conté que hoy era un día importante…?”

Pero yo ya me tengo que bajar.  

Lourdes Rodríguez (35). editora de Política

Capturas segunda vuelta COLONIA

Somos semilla y no es juguete

Me tocó ser delegada de mesa en Nueva Palmira. Cuando la urna se abrió, miraba con ansias, como cuando era niña y rompía el papel de regalo a toda velocidad para saber qué era. Primero salieron muchas papeletas de Lacalle, luego muchas de Martínez. Miré a la custodia y arqueó las cejas: estaba contenta, como yo. Éramos las únicas. Nos habían pedido que durante el escrutinio mantuviéramos los celulares apagados, pero un integrante de Cabildo Abierto atendió una llamada: “Vamos ganando”, dijo. Entonces saqué mi teléfono y me enteré de que había un “empate técnico”. Por supuesto, lo comenté en voz alta.

Cuando era chiquita, iba al comité. Mientras los grandes militaban, los niños gastábamos las veredas, yendo y viniendo con las bicicletas. Si alguien se caía, hacíamos todo lo posible para que no llorara; si no, los adultos nos cortaban la joda. Después de cada cumpleaños, mamá nos sacaba los juguetes repetidos y los ponía en una bolsa grande, de seda verde, para repartirlos entre “otros nenes que no tienen juguetes”. La semana antes de Reyes nos decomisaba los peluches y con mi hermana encanutábamos los que nos queríamos quedar debajo de las camas. Teresa, que limpiaba nuestros cuartos, se daba cuenta de lo que hacíamos, pero nunca nos delató. Cuando comenzó el primer gobierno de Tabaré, todo cambió. Ya no iban más mujeres a casa a pedir leche o plata para cargar la garrafa. Ya no nos sacaban juguetes para otros nenes.

El domingo, cuando llegué a casa, busqué la bolsa verde. Estaba dobladita, en un cajón del placar. Me temblaban las manos cuando la saqué. Me abracé a ella y lloré largo rato.  

Nancy Banchero. Periodista y militante


Capturas segunda vuelta FLORIDA

Muchos años después…

Florida sabe de festejos primarios puestos en standby hasta ver qué dicen los votos observados. Sabe de delegados partidarios encerrados en la oficina de la Corte Electoral días después de las elecciones, escrutando todos los votos emitidos –no sólo los observados–, reviendo caso a caso la posible validación de los anulados por dobleces que rompieron las hojas involuntariamente o por algún rayón en el dorso, cuando no por la lista de las compras para no olvidarse de nada al ir al almacén.

Fue en mayo de 2010. Sobre la mesa larga de la oficina electoral el aire estuvo espeso y tenso, cargado de intercambios en voz alta y reclamos que subían de volumen una vez sí y otra también. Fue una pelea voto a voto, literalmente. El domingo anterior terminaba con Juan Francisco Giachetto subido a un tractor, festejando una reelección irreversible, según sus cálculos.

Pero en la madrugada del lunes la Corte Electoral decía que la ventaja del Frente Amplio (FA) sobre el Partido Nacional (PN) no alcanzaba los 30 votos. Bastaba ver que, elección tras elección, la mayoría de los observados se volcaba a la derecha, como para sospechar cuál iba a ser el desenlace: el PN ganó la intendencia por 252 votos (0,5 por ciento del total de los emitidos), así que dos meses después Carlos Enciso asumió su primer mandato.

El recuerdo de 2010 estuvo fresco el domingo: no tanto en el local del FA como a cien metros, en la sede de la Agrupación Manuel Oribe (lista 62), que lidera Enciso. No hubo caravana, y eso en una ciudad de 33 mil habitantes ya es un dato. Cuando la derrota –que,como la guerra en Macondo, “hasta ese entonces no había sido más que una palabra para designar una circunstancia vaga y remota”– empezó a desprender sus aromas, en la Manuel Oribe, los militantes y los dirigentes abandonaron el júbilo o –por lo menos– lo dejaron en standby. Al aire, desde ese lugar, el periodista Mauricio Sanner, del canal local Tvf, lo resumió así: “Se pasó del festejo, la emoción, el llanto y el grito de desahogo a la incertidumbre total”. “Bueno, capaz que nos apuramos un poco para festejar”, dijo ante cámaras, sonriente, el intendente Guillermo López, quien un rato antes estaba sumergido en la maraña de abrazos, gritos, papeles picados y fuegos artificiales.

La incertidumbre y el silencio colaboraron con el paulatino éxodo. En la sede sólo quedó el núcleo duro, a la espera del mensaje de Lacalle Pou para cerrar la noche. A una cuadra, el local del FA seguía repleto. Parados sobre los cimientos de la remontada, los militantes no se movieron de allí, ni siquiera cuando empezaban a ver que el triunfo volvía a ser, como en las semanas previas, una posibilidad vaga y remota.  

Emilio Martínez Muracciole (40). Periodista


Capturas segunda vuelta MONTEVIDEO

Que 20 años no es nada

La última campaña electoral en la que milité de verdad por el Frente Amplio fue la de 1999, y la derrota fue un golpe. Tenía 18 años, era la primera vez que votaba y me sentía hondamente frenteamplista. Ir al comité, pintar carteles, caminar el barrio, repartir listas: veníamos de las ocupaciones del movimiento estudiantil contra la reforma de Rama y creíamos que esas elecciones eran nuestra última oportunidad para salvar algo, para frenar el proceso neoliberal en el que había transcurrido mi adolescencia. Visto a distancia, no sé si me equivocaba tanto.

Hacia la elección de 2004, mi sentimiento era otro. La crisis de 2002 había convertido la vida en supervivencia y, por ese entonces, el signo máximo de mi generación empezó a ser la evasión y el abandono de las instituciones. Además, el proceso de “centrización” de la izquierda implicó un discurso muy poco claro acerca de qué iba a suceder con la ley de impunidad si el FA llegaba al gobierno. La noche de 2005, en la que Tabaré Vázquez dio su primer discurso como presidente electo, me fui a mi casa con un gusto amargo. Mi intuición decía que no iba a existir una voluntad clara que permitiera juzgar, de una vez, a los represores de la dictadura, y eso para mí era imperdonable. Visto a distancia…

Crecí, me rompí, me fui del país mucho tiempo, me hice militante feminista, me curé, me vine a vivir a Uruguay de nuevo. Después de las elecciones de este octubre volví al comité por primera vez en 20 años. La noche de la segunda vuelta la pasé en la calle y la imagen que me quedó pegada a la retina fue la de dos muchachitas que tendrían 18 cada una besándose y llorando, perdidas entre el mar de banderas. Cómo será su vida después de hoy, pensé, mientras la gente cantaba “nunca más, milicos nunca más”. Se irán de ciertas cosas y volverán a otras. La identidad es algo muy extraño.  

Soledad Castro Lazaroff (38).
Cineasta, periodista, docente


Capturas segunda vuelta MONTEVIDEO

No queremos ser más esta humanidad

Esta semana regresé de El Salvador, donde participé como invitada en el seminario regional “Derechos sexuales y reproductivos. Interseccionalidad, una categoría de análisis para la justicia de género y la inclusión”. Al llegar, el domingo 17 de noviembre, me enteré del asesinato de una compañera trans en la madrugada del sábado, el tercero en menos de un mes. En total, entre enero y noviembre, se reportaron siete asesinatos de personas trans. Estas son expresiones finales de odio y saña, pero antes de matarnos físicamente nos matan la violencia y la discriminación que se aloja en nuestros cuerpos y nos mata la ausencia de normas y políticas que nos amparen.

La gestión de derecha de El Salvador, encabezada por el presidente Nayib Bukele, ha arremetido contra las personas Lgbtiq+: despidió funcionarios pertenecientes a esta comunidad, dejó inoperante la mesa Lgbtiq+ que funcionaba en la órbita del Ejecutivo y redujo el presupuesto de la Unidad de Género. También quedaron sin efecto las mesas consultivas con organizaciones Lgbtiq+ que trabajaban en los ministerios de Trabajo, Justicia y Seguridad Pública y Salud. La situación en Honduras y Nicaragua es muy similar, y a esto se suma la persecución de defensores de los derechos humanos.

En el seminario participaron compañeres de El Salvador, Costa Rica, Argentina, Nicaragua, Honduras, España y Uruguay. Tuve la oportunidad de intercambiar sobre normativa y políticas públicas con perspectiva de género y diversidad. Uruguay, en relación con otros países, ha podido avanzar, y son conquistas logradas gracias a la fuerza y el trabajo del movimiento social, en diálogo constante con las últimas gestiones de gobierno. También en Uruguay se acaba de celebrar la jornada democrática electiva. Sabemos que la derecha asumirá el próximo gobierno, luego de una contienda electoral reñida.

El compromiso, el nuestro, será velar por mantener las conquistas y hacer el correspondiente seguimiento para que las normas y las políticas públicas sean debidamente implementadas. Queremos ser y construir otra humanidad, como lo afirma nuestra compañera poeta y activista argentina Susy Shock. Una humanidad más sensible e inclusiva, que logre vínculos sanos y respetuosos.  

Josefina González (35).
Activista transfeminista, licenciada en Ciencias de la Comunicación (Udelar)


Capturas segunda vuelta BUENOS AIRES

No podría dejar de hacerlo

Viajo a votar desde 1984. Otros años, acá se juntaban fondos para ir, se movilizaba a la gente. Pero estas últimas veces, como estaba el Frente Amplio, nos quedamos tranquilos porque el gobierno negociaba con Buquebus los pasajes más baratos. Antes no teníamos ningún descuento, veníamos en ómnibus. Pero, a la vez, la sensación es que el Frente se acuerda de nosotros sólo en las elecciones, cuando tenemos que ir a votar.

Extraño mucho los comités de base, pero fue emocionante ver cómo ha nacido una militancia nueva de la mano de los movimientos sociales. Son los que vienen, los que tienen polenta, porque nosotros somos del exilio de los años setenta y somos muy militantes, pero ya tenemos unos cuantos abriles.

Para los compañeros que vivimos en Argentina, venir a votar es como una religión, y cruzar el río es nuestro ritual. Subimos al barco y nos empezamos a mirar con sonrisa socarrona. Enseguida se preparan los mates, empezamos a cantar: “Vamos a volver al Uruguay/ para que vean/ que este pueblo no cambia de idea/ lleva las banderas de la libertad”, que es un canto viejo, de cuando iba a venir la democracia. Empieza uno, sigue otro, sacamos las banderas del Frente… es algo que eriza la piel. Compartimos el mate, nos contamos la vida: ¡te encontrás con gente que ves cada cinco años! Yo no podría dejar de hacerlo.

Este año, cuando nos bajamos en el puerto, había montones de uruguayos con las banderas esperándonos, y nos saludaban… eran militantes que nos fueron a dar la bienvenida. Me hizo acordar al 84, cuando llegamos al puerto y había una murga cantando, una fiesta increíble.

Nunca sufrí más que cuando perdió el voto verde, porque ya intuía que a quienes habían matado a mis compañeros nadie, nunca, los iba a juzgar. Después vinieron los triunfos, también inolvidables. Pero este año había algo raro. Cuando fuimos a volver, el mismo domingo de noche, los funcionarios militares de la Aduana se nos vinieron encima, y nos apretaban para que hiciéramos la cola como ellos querían, y nos revisaron mucho. De pronto, se volvió notorio que, en unas pocas horas, algo había cambiado en Uruguay.  

Zulema Barrios (66).
Vestuarista, periodista radial, murguera


Capturas segunda vuelta Tacuarembó

La cabeza de los blancos

El 24, cuando volvía de votar, me crucé en pleno centro de Tacuarembó con el diputado electo Alfredo Cusa de Mattos, del Partido Nacional. Venía escoltado por una despareja cohorte de hombres de camisa celeste que caminaba con el sol de frente.

“¡Diputado!”, le dije. Nos dimos la mano e intercambiamos algunas palabras. Los otros: el ex diputado Julio Cardozo, el senador Luis Alberto Heber, el secretario de la Junta Departamental, Juan Estathiou, y el director de la oficina de Juventud de la Intendencia, Ignacio Borad.

El Cusa es un buen tipo, pero en política tiene cierta ingenuidad, y quizás ese sea su encanto. Le hice algunas notas hace un tiempo, pero no logré sacarle mucho más que un “para ayudar a la gente” cuando le pregunté para qué había ingresado a la política. Es un gran médico cirujano.

Borad se quedó charlando conmigo; los demás siguieron su camino. En 2017 el joven ganó el primer premio literario de la Casa de los Escritores, pero quiere hacer carrera política. Es inteligente y, en el pago, el mejor orador blanco después de Eber da Rosa, pero hay que tener un padrino para financiar una candidatura firme. Me contó de sus planes y descontó que Lacalle ganaría con luz.

Con Cardozo tuve algunos cruces. Denuncié en La Otra Voz (semanario ya cerrado) que cuando fue intendente suplente, contrató como municipales a 72 integrantes de su lista de 2009, y volví a denunciarlo cuando los echó, al terminar su suplencia. Se lo exigió Wilson Ezquerra al reasumir, en julio de 2010, como intendente. Necesitaba esos lugares para cumplir promesas electorales. Cardozo quedó sin agrupación, pero pocas semanas después fue recompensado con el cargo de director en el Instituto de Colonización. De Estathiou publiqué denuncias de maniobras como secretario en la Junta Departamental, mezquindades que perjudicaban a algunos funcionarios, así como persecuciones de trabajadores de otros partidos.

No es fácil entender cómo funciona la cabeza de los blancos en Tacuarembó. Por ejemplo: un funcionario, primo de un intendente, cometió irregularidades con patentes de autos; un edil les vendía armas a los narcos de Rio de Janeiro; otro edil era contrabandista. Los tres fueron apresados en diferentes épocas y los tres, al quedar libres, fueron premiados con cargos en la Intendencia. Hay tantos ejemplos que asquea.

El domingo, cuando me dieron la mano, se los veía exuberantes, resplandecientes. Estaban convencidos de que vapulearían al Frente Amplio. A las 20.30 algunos tiraron cohetes, pero después no se escuchó más nada. Durante el tiempo que duró la duda, el empate técnico, Tacuarembó fue una tumba. Pasada la medianoche fui a la terminal de ómnibus. En la esquina del comité del Cusa habían cerrado la calle para festejar, pero apenas había un puñado de personas que bailaban cumbia.  

Miguel Ángel Olivera Prietto (65). Periodista


Capturas segunda vuelta RIVERA

Nunca fue tarea fácil

“Basta con una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres sean cuestionados.”

Simone de Beauvoir

Es 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia hacia las Mujeres, y también el día siguiente a las elecciones. Cerca del obelisco del Parque Internacional se concentran algunas personas con intenciones de salir en marcha. La organización es binacional, de uruguayas y brasileñas. Se acercan trabajadoras del Mides, del Servicio de Atención a Víctimas de Violencia de Género, de colectivos feministas de Rivera y Santana do Livramento, de la Policía, de movimientos artísticos y culturales. En el aire hay tristeza y desánimo. Se perciben el cansancio y las ganas de no estar.

En Rivera, el término “feminista” es usado con escarnio y desagravio. Aquí, las mujeres que rompen el silencio sobre sus situaciones de violencia, van a marchas, claman y llevan carteles son tratadas de mentirosas, vándalas, histéricas y tienen mala fama. Aquí, los vecinos asisten a casos de abuso y miran al costado. Aquí hay jueces que subestiman las declaraciones de las víctimas y dan por concluidas algunas denuncias como si fuesen una simple discusión familiar. Ser feminista en Rivera nunca fue tarea fácil.

La gran incertidumbre de este momento es saber cuáles serán los rumbos de la lucha de las mujeres en el departamento que depositó 68,64 por ciento de sus votos en la coalición multicolor, el mayor porcentaje del país. Una coalición compuesta por partidos que en su mayoría tienen por tradición votar en contra de todos los proyectos de ley que signifiquen reconocer derechos a las minorías. Una coalición integrada por Cabildo Abierto, que creció a costa de su discurso antiderechos.

Una militante, vestida de violeta y negro, que aguarda el momento de marchar por las calles de las dos ciudades, dice: “Rivera apesta, da asco andar por ahí y mirar a la gente. Pero ahora más que nunca sabemos que no podemos abandonar el combate. Hay mucho trabajo por hacer, y nuestro camino será arduo”.

Y emprende la marcha sin disimular el dolor. Lleva un cartel que grita “Ni una menos”.  

Verônica Loss (47). Militante feminista y cronista en las horas libres

Capturas segunda vuelta MONTEVIDEO

La responsabilidad es de los líderes

Excepto sobre Mujica y el ganado, sabía muy poco de Uruguay antes de llegar, hace casi tres años. El acceso a la salud, la educación y la residencia para inmigrantes es admirable. Mi rápida admisión a la Facultad de Ciencias Sociales (Udelar) para obtener un doctorado es prueba de ello. Sin embargo, hay una brecha entre la integración en la vida cotidiana y estas políticas, que está marcada por el descontento social por la llegada de inmigrantes. La creciente inseguridad es un tema habitual en la mayoría de las reuniones sociales, pero la expansión del mercado laboral y la inclusión de los inmigrantes es algo que no se escucha en ninguna parte.

A menudo, la expresión de un fuerte Estado laico aparece más como “por favor, no hable o practique su fe e identidad frente a mí” que como “no creemos de la misma manera, me alegra poder practicar, compartir y celebrar tus momentos importantes y compartir los míos contigo”. Pero durante la campaña electoral los dichos de Eduardo Novick me detuvieron en seco: “No tenemos nada en contra de los inmigrantes, pero primero están los uruguayos”. Esa declaración, combinada con sentimientos y comportamientos sociales hacia los inmigrantes, me da un poco de miedo. Durante un gobierno abierto, progresista e izquierdista, he estado sujeta a ataques racistas y xenofóbicos, por ejemplo, durante una charla en el Museo de las Migraciones. En nombre de la secularidad, a mis hijos les prohibieron que repartieran caramelos como modo de celebrar una festividad de mi cultura. ¿Qué debo esperar ahora?

Muchos amigos se apresuraron a tranquilizarme: no será como en Europa o Estados Unidos. De acuerdo, no espero reacciones tan extremas en Uruguay. Pero cuando Trump les dijo a las senadoras negras y musulmanas que “regresaran a sus países”, nadie pensó que aumentarían los mensajes racistas en los medios sociales y se pondría en riesgo la integridad física de esas mujeres. Pero pasó. El máximo líder, con sus palabras, alentó las acciones xenofóbicas y violentas, y la retórica del odio.

Espero que el gobierno entrante avance hacia una práctica de secularidad más inclusiva. Pertenecer es una necesidad humana básica. Lograr una inclusión real, celebrar las diferencias, sólo es posible si el gobierno entrante cree en una comunicación política favorable hacia eso. Los líderes tienen la responsabilidad de elegir cuidadosamente sus palabras y sus acciones.

Diversas investigaciones muestran que, frente a realidades desconocidas, las personas recurren a los líderes políticos para encontrar señales que den sentido a la nueva situación. Tales señales pueden instigar el miedo, reforzar los estereotipos y perpetuar la violencia. O pueden construir naciones fuertes, diversas, inclusivas y basadas en los derechos humanos. También depende de los ciudadanos resaltar la responsabilidad de los líderes.

Tengo esperanzas de que Uruguay sea el país donde mis hijos puedan crecer orgullosos de cada aspecto de su identidad: morochos, musulmanes, paquistaníes, uruguayos. Buenos en el fútbol, el críquet, el bhangra y el candombe, y en las lenguas urdu, español, inglés y árabe, que hablan con fluidez.

Vamos arriba, Uruguay, y vamos juntos.  

Maria Ahmad (37).

Migrante paquistaní, periodista, antropóloga, politóloga

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