¿Carnaval uruguayo?

Febrero en el interior del país.

Parodistas Pippers (Paysandú) * Foto gentileza El Telégrafo

El carnaval “de verdad”, del que la gente habla, parece ser el de Montevideo. Entonces me pregunto, ¿por qué decimos “Carnaval uruguayo”? ¿No será hora de abrir espacios al resto del territorio, y nutrirnos en el intercambio? ¿O seguiremos definiendo desde los espacios de poder lo que significa ser “pueblo” y hacer “buen” arte?

Hace unos días estuve en el Teatro de Verano Ramón Collazo. La energía que se siente ahí es especial, todo te eriza la piel. Quienes no somos grandes hinchas del concurso tenemos la necesidad de justificar esto como algo que tiene que ver casi con lo mágico, y le decimos “el templo de Momo”, como si el dios del Carnaval viviera allí. Y si bien hay algo de cierto, cuando pensamos en todo el Carnaval que sucede por fuera de este maravilloso escenario, tenemos que asumir que el concurso avala y promueve ese sentir. Hay una adrenalina que se genera y tiene que ver con creer que la preparación de tanto tiempo (y dinero) fue en realidad para ese momento, para competir ahí.

Al día siguiente de estar en el teatro, fui al concurso de Carnaval (también oficial) de Canelones. Y a priori parecería que es un Carnaval sin dios, que Momo no está allí. En un espacio sin dinero, y en consecuencia con condiciones bastante precarias para disfrutar de los espectáculos, puede creerse que no hay un interés porque el sentir “se nos salga del pecho”. Porque claro, no vende, no está la televisión, no hay intereses de esos que promueven la financiación de grandes empresarios. Pero en realidad, cuando tenemos la suerte de acercarnos a los conjuntos y ver a los y las artistas “bien de al lado”, sus caras llenas de emoción y sus pechos inflados, cuando en la bajada no pueden esperar para abrazarse y festejar juntos el año de intenso trabajo, es allí que entendemos que Dios Momo sí está. Que el dinero y los intereses de algunos no determinan la satisfacción de poder sentir que se te eriza la piel, o la sensación de felicidad del deber cumplido, y de que el sacrificio (que sin dinero siempre es mayor) no fue en vano. Que el Carnaval no es de “ellos”, porque el sentimiento no lo pueden robar.

Pasaron los días y me puse a pensar otra vez, aunque profundizando en otro tipo de desigualdades, en cómo el Carnaval reproduce las lógicas sociales. Vivimos en un país en el que la mitad de la población vive en la capital, y donde para hacer una carrera universitaria, históricamente, había que mudarse a Montevideo (por suerte, esto está cambiando paulatinamente con la descentralización de la Udelar), y el Carnaval no escapa a esa lógica. La elite del Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas (de Montevideo) no duda un segundo en aprovechar al máximo e “importar” artistas que considera “de nivel” desde ese Interior invisibilizado. Otra vez, como cuando se habla de cualquier otra desigualdad, en este caso dentro del Carnaval, las pocas personas o conjuntos provenientes del Interior que acceden a este espacio “tienen suerte”. ¿O es que acaso no hay más espectáculos creados en el Interior “dignos” de ser presentados? ¿No hay más artistas capaces que provengan de fuera de la capital? Creo que sería hora de dejar de hablar de cultura popular uruguaya cuando hemos evidenciado en el correr de los años que es cada vez más una cultura de elite la que luego se trasmite para el “pueblo”. Deberíamos cuestionarnos desde dónde construimos discurso popular, con qué fin y para quiénes. Y también –y esto no sólo tiene que ver con la dicotomía Montevideo e Interior– quiénes definen los modelos de calidad y a quiénes representan.

En un Estado que promueve la descentralización, debería existir otro tipo de política en términos culturales, y deberíamos preguntarnos si seguiremos definiendo desde los espacios de poder lo que significa ser pueblo y hacer “buen” arte. Y casi más importante: ¿por qué la estética, en lugar de generar identidad cultural, segrega? Como plantea Célio Turino: “Por mucho tiempo pensamos que el cambio del orden social y del carácter del Estado ocurriría por los cambios en la estructura económica. La cultura, como reflejo del ambiente económico, cambiaría después (…). Nos equivocamos. Los cambios estructurales no sucedieron y nuestras modernizaciones conservadoras sólo reforzaron los viejos modelos”.1 Tal vez sea momento de dar lugar a las voces de todo el pueblo y así generar los cambios estructurales que tanto se promueven desde lo discursivo, sobre todo en Carnaval.

1.      Célio Turino (2016). “El estado de abajo hacia arriba”, en Puntos de cultura; cultura viva en movimiento; http://iberculturaviva.org/wp-content/uploads/2016/02/puntos_de_cultura_auspicio.pdf

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