Elogio del fracaso

La alegría de perder.

Los conjuntos de Carnaval se esfuerzan y se esfuerzan en ganar. Pero tal vez perder sea una opción mucho más saludable.

En principio, nadie hace arte “para perder”. Cuando nos esforzamos por mandar un mensaje, aunque sea por medio del mar y adentro de una botella, buscamos que los demás lo reciban. Pero que ese diálogo sea posible depende no sólo de la “calidad” del mensaje, sino también de muchos factores; cualquier diálogo necesita dos partes deseosas de establecerlo. Esto implica entender que el receptor que lee, mira o escucha es tan responsable como el emisor de que, efectivamente, la comunicación suceda. En esta idea se sustenta la teoría de la recepción del arte, postulada en los años sesenta por, entre otras figuras, el filólogo alemán Hans-Robert Jauss, que se basó en el concepto de “fusión de horizontes”, al que había llegado Hans-Georg Gadamer: cuando una persona se expone a una obra artística, se lleva a cabo una fusión entre sus experiencias personales –lo que incluye sus expectativas, lo que sabe de antemano sobre el autor y un enorme etcétera– y las líneas de interés que propone el material. Eso explicaría, entre otras muchas cosas, cómo una misma obra se interpreta de modo completamente diferente en distintas etapas históricas.

La teoría de la recepción se ha ramificado en nuevos contenidos. En su libro Obra abierta, Umberto Eco privilegia al destinatario en la construcción del sentido de un texto (utilizo “texto” en un sentido amplio, como sinónimo de material artístico o producto estético, de la disciplina que sea) y entiende que cada lector recepciona los estímulos de modo diferente. Eco no cree en una única verdad en la obra de arte; más bien busca justificar la complejidad, la variedad de la experiencia estética. De hecho, la característica fundamental de aquello que consideramos “lo artístico” o “lo estético” es esa ambigüedad en los significados, que lleva, por tanto, a una inmensa variedad de valoraciones (tantas como receptores tenga una obra).

Parece raro aplicar contenidos teóricos vinculados con la lingüística y la teoría literaria al Carnaval. Pero, en una fiesta en la que la competencia ejerce un reinado tan absoluto y el sentido común naturaliza la concepción de que el arte puede medirse en términos objetivos, volver a estos conceptos (que ya son bastante viejos, por cierto) nos sirve para pensar en lo ridículo que puede volverse, en una argumentación seria, que un jurado decida por rubros cuál espectáculo es el mejor. Justificar la competencia como algo perfectamente normal niega las condiciones mismas del hecho artístico y lo reduce a una fragmentación absurda. Además, no toma en cuenta las subjetividades del jurado ni las razones reales por las que alguien es designado para ocupar ese cargo.

En una entrevista realizada el 15 de febrero de 2018 en el programa Algo contigo, el presidente del jurado, Ramiro Pallares, luego de defender casi sin cuestionamientos conceptos tan difíciles de definir como los de “nivel” y “profesionalización”, al hablar de los jurados, reconoció: “Es muy difícil encontrar personas que cumplan con la totalidad del perfil (…), con conocimiento, con formación probada, acreditada. (…) De repente vos tenés un técnico que sabe mucho de una categoría porque trabajó en ella, pero capaz que de otra no, y eso ya lo estaría inhabilitando”. Cuando se le preguntó si sigue existiendo una norma por la cual un jurado no puede haber tenido contacto con ningún conjunto en los últimos años, contestó: “Eso se sacó hace varios años, precisamente porque, si no, no tenías jurados carnavaleros. Hay jurados que pueden haber tenido un vínculo técnico con un conjunto”. ¿Contaminarán los vínculos personales la recepción estética de un ser humano? Eco contestaría que sí.

En el Carnaval oficial que tenemos, el concurso no es meramente un juego divertido (ojalá fuera sólo eso), sino una excusa sistemática para excluir un montón de propuestas. Se trata de convencer a la gente de que no cumple con determinados estándares imposibles de identificar (o de defender con ideas que trasciendan lo meramente logístico). La competencia, tan meritocrática y capitalista, tan relacionada con la capacidad de inversión, tan lejana del Carnaval como verdadero espacio democrático, también determina qué resarcimiento económico recibirá un artista después de haber hecho el esfuerzo desmedido de ensayar de manera gratuita durante meses. En ese contexto, resulta interesante reivindicar la idea de perder como valor en sí mismo, como triunfo verdadero. Perder para negarse a ser máquina de un sistema que avala pisar al otro, despreciar lo ajeno. Perder para dejar de justificar que el sueño del éxito tenga que ver con aplastar a los demás. Perder como antídoto, como orgullo de pensarse obrero, pobre, fracasado. Perder como método para la disidencia, como manera de recordar, en ese abrazo roto en la noche de los fallos, cuáles son las verdaderas razones por las que tiramos botellas al mar.  

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