Circularidades y trincheras

Sobre batallas culturales.

1953. Servando Cuadro, socialista cimarrón, enemigo declarado de Emilio Frugoni, cronista político de apunte agudo, se sienta en un café. Repasa algunos acontecimientos del año. En Bolivia fracasa un golpe de Estado, la Unión Soviética rompe las relaciones diplomáticas con Israel, Eisenhower toma posesión como presidente, Beckett estrena Esperando a Godot, en Reino Unido coronan a la reina, asaltan el cuartel Moncada en Santiago de Cuba, la guerra de Corea se termina, la amenaza nuclear pende como una cuchilla de carnicero. Hace poco se enteró de que se reprimió a los cañeros del norte por intentar organizar un sindicato. Recuerda sus recorridos en diligencia por los feudos de los grandes terratenientes, los pueblos miserables diseminados en esas vastas parcelas de campo, que parecían no tener principio ni fin. Anota: “Mientras cuestiones tales como la reforma agraria, la igualdad distributiva, las proclamas referidas a la ampliación de los derechos laborales y la necesidad de formular una nueva mirada respecto del papel de la mujer en un nuevo orden social que pugna por dejar atrás viejas cadenas sigan siendo tema de discusión y desarrollo de dirigencias y movimientos vinculados a la metrópolis y procedentes de los sectores que pueden acceder a la universidad, el interior profundo seguirá siendo impermeable a esta constelación de ideas. No precisamente por amor al yugo que lo domina, sino porque esas ideas no hablan en el idioma de los rancheríos ni en el de sus necesidades más apremiantes, como tampoco en el de sus propios procesos históricos y culturales. Por muy nobles que aparenten ser en su alcance, esas ideas siguen encapsuladas en el origen de una clase ilustrada, la de una protoburguesía bienpensante, y alientan una disociación que pone en evidencia nuestra condición de fractura, de tener dos realidades incontrastables, un país que, siendo uno, se encuentra enajenado de sí mismo”. Su prosa, tan incendiaria como su carácter, no le ha hecho sembrar rencores: le ha hecho sembrar silencios. Ese hombre no tiene quien le hable ni le responda. Sólo dice su verdad en medio de un desierto de burócratas. Pero ahora contempla la calle. Sobre ella se cierne un gris de tormenta eléctrica. Vendrán la noche y un aguacero bíblico. Servando sabe que también vendrá la muerte y no tendrá sus ojos.

2019. Fue por agosto, en el liceo donde trabajo. Nos había tocado dar la obra más representativa de José Hernández.

—¿Qué tiene de interesante el Martín Fierro?

—Bueno, entender el Martín Fierro, leerlo, es acercarse a la raíz de una cultura y una identidad. En este caso, la nuestra, sin tener en cuenta la totalidad de la cuenca platense.

—Pero yo no soy gaucha.

—Nadie lo es, porque es un tipo social que se extinguió. Eso no quiere decir que no haya un legado en la culinaria, en ciertos registros lingüísticos, en nuestra forma de entender la historia o la realidad, en la música.

Me mira casi inquisitorialmente. Mis respuestas no la convencen, y está bien. Insiste.

—¿Y por qué tendría que interesarme un gaucho, si es algo que no existe?

—Porque a lo mejor podemos comprender algunos procesos sociales. Por ejemplo, las diferencias entre ley y justicia, las formas de exclusión social, el despojo.

—Pero ¿cómo? ¿Al gaucho lo excluían?

—El gaucho era el ñeri del siglo XIX.

Silencio total en la clase. Aunque se pongan a hacer rayas o a juguetear con el teclado de sus celulares, sé que me están escuchando con atención. Estoy en un centro de contexto crítico. Un porcentaje alto de los estudiantes a mi cargo son considerados –o se consideran– ñeris.

—No entiendo. En todas las fiestas patrias, al gaucho se lo homenajea. Incluso los más ricos se visten de gaucho.

—Así como hay quien dice que el mejor ñeri es el ñeri muerto, no faltó quien dijera antes que el mejor gaucho es el gaucho muerto.

—¿Por qué?

—Porque tanto el gaucho como el ñeri reflejan, a su modo, lo que nosotros no aceptamos ver. El gaucho y el ñeri, el canario, reflejan los mecanismos de una política económica de exclusivos y excluidos, explotados y explotadores. El gaucho y el ñeri, y más si este último es de tierra adentro, desmienten la idea de un país de clase media alta, desmienten la idea de un país blanco que se siente un apéndice de Europa. Y más cuando se nos da por salir del marco montevideano. Fuera del cinturón urbano que rodea la capital, están los otros, quienes protagonizan la crónica roja, los brutos.

—Los atrasados.

—Los bestias.

—Pero les tenemos miedo.

—Nos enseñaron a tenernos miedo.

—¿Tenernos?

—Sí, tenernos.

Alguien del fondo levanta la mano.

—¿Por qué tenernos miedo? ¿Quién hace que nos tengan miedo?

—Un buen sector del poder político, económico y mediático. Y lo hacen con el fin de crear un enemigo cómodo, una figura que no permita pensarnos en términos de unificación y solidaridad social, de proyecto colectivo. El sistema necesita al desclasado, necesita quien cargue con la culpa de sus fallas, necesita quien haga de mano de obra barata.

—Todos somos ñeris.

—Todos somos Martín Fierro.

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