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Lo nuevo de Míguez Conde.

Nadie está muerto mucho tiempo, de Sebastián Miguez Conde. Criatura Editora, Montevideo, 2019. 208 págs.

En Nadie está muerto mucho tiempo, Sebastián Míguez Conde amplía y profundiza una parte del universo que comenzó a delinear en los cuentos que forman parte de La raíz de la furia (2016). La novela parece desplegarse y encontrar su forma a partir de la voluntad de darle más cohesión a ese territorio ficticio que había sido inaugurado a través de textos en apariencia autónomos. Es esa vocación unificadora lo que hace que la novela funcione como una especie de crossover que ubica en una misma trama a personajes que habían tenido su propio relato, como Plinio / Piedad, de “Piedad para enseñarnos”, y Ángel, de “Ángel del claustro”. De modo que las historias particulares adquieren una nueva coherencia a la luz de una estructura narrativa más ambiciosa. De hecho, este Ángel será el que crezca en significación hasta transmutar en Adrián, el centro ausente de Nadie está muerto mucho tiempo.

La novela tiene la estructura de un policial. La fuerza que la impulsa es la búsqueda de Adrián, entre Montevideo, Colonia y Buenos Aires, por un amigo de la infancia, Mateo –que comparte su esencia atormentada con el narrador del cuento “Humo”–. La pesquisa lleva a Mateo por los recovecos más lúgubres de un mundo predominantemente nocturno y clandestino, de bares, clubes de striptease, prostíbulos, aguantaderos y pensiones de mala muerte. Este mundo es el ambiente en el que Adrián se ha movido toda su vida, y la búsqueda de Mateo persigue un doble objetivo: por un lado, encontrar a su amigo; por otro, terminar de conocerlo para ganar el derecho de amarlo plenamente.

Además de su carácter policial, Nadie está muerto… conserva un aire de cuento folclórico. Quizá esa sensación provenga de su estructura circular de carácter arquetípico, que marca las distintas etapas del itinerario del héroe. Cada movimiento de Mateo lo lleva a una persona significativa en la vida de su amigo, y cada nueva persona le provee partículas de información que redirigen su búsqueda a la vez que van completando la figura en el tapiz que es la verdadera identidad de Adrián. En el núcleo de este argumento podría reconocerse la lejana influencia de aquel cuento de Borges, “El acercamiento a Almotásim”, y de algunas novelas de Paul Auster, como Leviatán.

Hay algo desmesurado en la ambición narrativa de Míguez Conde, y esa desmesura es una fuerza vital que le inyecta energía a la novela. Claro que en esa vorágine pulsional también se abren zonas endebles. Desde lo técnico, la trama policial falla en un punto central, lo que resiente la verosimilitud de la estructura, cuando Mateo va dosificando la lectura de los “cuadernos de escribir la vida”, de su amigo Adrián. Con el objetivo de acompasar la búsqueda concreta con el paulatino develamiento de la historia previa, Mateo va leyendo estos diarios –asombrosamente detallados– a medida que la trama avanza, cuando lo normal habría sido leerlos para luego emprender la búsqueda. La intención de construir un vaivén entre la metanarración privada de Adrián y el primer nivel discursivo de la novela es lo que crea esta tensión artificiosa.

Por otro lado, Nadie está muerto… adolece de algunos problemas que ya podían percibirse en los cuentos de 2016. Quizá el más acentuado –si dejamos de lado la inclinación por las explicaciones esotéricas y las irrupciones poco sutiles de lo fantástico, que redirigen la trama al modo de un Deus ex machina– sea el poco espacio que queda para que la historia crezca por sí sola en la sensibilidad del lector mediante la construcción de espacios vacíos. Hasta aquí, Míguez Conde no permite que haya silencios habitables en su narrativa, quizá porque ejerce un control demasiado férreo en su material, y eso se percibe tanto en el nivel más superficial del discurso como en el de la estructura.

Veamos este breve fragmento: “Le digo algo así como que, cuando Karen la había nombrado por primera vez, pensé que hablaba de una amiga de Adrián, que no me imaginaba que habían tenido una historia. Es un impulso masoquista, una forma de pedirle a ella su versión de la historia”. El narrador siente la obligación de ofrecer no sólo el hecho, sino también la interpretación de ese hecho, al explicitar un análisis demasiado autoconsciente de su discurso. Y es mediante la repetición de este procedimiento que la historia se solidifica y pierde capacidad connotativa.

Quizá lo que lleva a Míguez Conde a querer contarlo todo es que para él la escritura parece ser una forma de salvación simbólica. Hay un intento evidente de redención en la ternura de la mirada que se dirige hacia sus personajes marginales y busca recrearlos bajo una luz piadosa. Contar una historia se convierte, entonces, en un amoroso acto de magia simpática, un intento de expandir los límites de vidas llenas de dolor, sombra y silencio. Ya demasiado tiempo hemos estado callados, parecen pensar sus narradores, aunque ningún adjetivo sea suficiente para hacer justicia. Míguez Conde está ante el desafío de elevar su modos de decir hasta la altura de sus intenciones.

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