La hora de los tornos – Brecha digital
Cornadas y recambio en la derecha española

La hora de los tornos

España se ha vuelto un caso de estudio de cómo la ultraderecha, si no a través de sus partidos, al menos de sus ideas, logra fagocitarse a grandes partidos de la derecha tradicional. Los medios juegan su papel.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso junto al presidente del PP, Pablo Casado, Madrid enero del 2022 Europapress, Isabel Infantes

En un gesto que prefiguró su salida del liderazgo del Partido Popular (PP), el miércoles 23 renunció a su cargo de diputado en las cortes españolas Pablo Casado. Su desplome, que ya se veía venir, se precipitó en los últimos días, luego de que el todavía líder del PP perdiera de manera insólita su última batalla interna ante Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, la estrella en ascenso en el partido conservador.

Hace muy pocas semanas, Casado había ventilado un caso de corrupción que implicaba directamente a su rival. No era nuevo, ya lo habían planteado algunos medios y políticos progres en noviembre del año pasado, pero nadie le había prestado entonces demasiada atención. Casado lo difundió ahora en función de su guerra interna con Díaz Ayuso. La denuncia no era moco de pavo, y está probada: durante la pandemia, la Comunidad de Madrid le pagó una comisión suculenta (55 mil euros) al hermano de Díaz Ayuso, por su intermediación en la compra, con sobreprecio incluido, de una partida de barbijos.

Se supo luego que no era el primer contrato entre el gobierno regional y Tomás Díaz Ayuso (habría alrededor de una veintena) y que bajo el reinado isabelino también la madre de la presidenta sacó su tajada a través de una empresa en la que tiene participación. Pero en un partido como el PP, con un historial de corrupción sin igual en la política española reciente (el Partido Socialista de la era de Felipe González y consortes le hace fuerza, pero no llega a igualarlo), a Casado la denuncia se le volvió un búmeran: los dirigentes territoriales del partido (los «barones», en la jerga ibérica) le salieron al cruce y lo fueron aculando. No solo ellos, los medios de comunicación conservadores (desde los diarios ABC y El Mundo hasta publicaciones digitales como Ok Diario y El Confidencial, pasando por radios y televisiones privadas y algunas públicas, es decir, buena parte del universo mediático español) jugaron a fondo a favor de Díaz Ayuso. Lo hicieron de una manera muy simple: omitiendo prácticamente hablar de la denuncia de corrupción y poniendo el acento en el espionaje que, para probarla, habría ordenado el entorno de Casado a la presidenta de la Comunidad de Madrid. En algún otro país europeo (pongamos los nórdicos, pongamos Alemania, acaso Francia), un caso de corrupción de este tipo hubiera provocado un escándalo mayúsculo que seguramente habría desembocado en una crisis de gobierno. Pero no en España, y menos que menos en un gobierno dirigido por el PP.

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El escándalo público no fue el de Díaz Ayuso & Co –que se fraguó, además, mientras en Madrid el personal médico era sobreexplotado y los números de la pandemia eran los peores de España (véase «La dignidad del sur», Brecha, 2-X-20)–, sino el del espionaje interno. El colmo se dio el fin de semana pasado, cuando a las puertas de la sede del PP, en la calle madrileña Génova, se congregaron entre 3 mil y 4 mil energúmenos que a Casado lo llamaron vendido, amigo de los rojos, basura, puto, traidor a España. La consigna más suave que gritaron fue: «Casado, dimite, el pueblo no te admite». Y a Isabel Díaz Ayuso la aclamaron: «Oa, oa, oa, Ayuso a la Moncloa».

En ese marco, en ese clima, los barones le fueron poniendo a Casado condiciones cada vez más onerosas. Primero, que se desprendiera de su mano derecha, Teodoro García Egea, un, al parecer, simpaticón secretario general al que amigos y rivales suelen recordarle que su mayor logro fue haberse consagrado, hace unos pocos años, como campeón mundial de lanzamiento de carozos de aceitunas. Luego, los barones reclamaron la convocatoria a un congreso extraordinario. Casado comenzó resistiendo a uno y a otro pedido, pero terminó aceptando los dos. Y también una tercera exigencia: su propia retirada. Casado anunció finalmente en la madrugada de ayer que pretende dimitir durante el congreso extraordinario, a comienzos de abril, aunque los barones querían que lo hiciera antes, en una última humillación. Ya tenían un nombre para reemplazarlo de forma interina: Alberto Núñez Feijóo, presidente de la Junta de Galicia, bastión del PP si los hay, a quien Casado pidió ahora que presente su candidatura en la instancia orgánica del mes que viene, tras aclarar que él no buscará la reelección. Núñez Feijóo aún no ha dicho qué piensa hacer.

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Casado fue abandonado incluso por quienes le deben su carrera política. En un partido en el que pesa, como en las mafias, «más la familia que la corrupción» (Infolibre, 20-II-22), se fue del parlamento por la puerta de atrás y con la cola entre las patas: ni siquiera intentó golpear a sus adversarios internos con su discurso de renuncia a la banca. Lo ovacionaron de pie sus excompañeros de bancada que acababan de echarlo. Él sonrió. (Hubo quien dijo en un programa de radio que a Casado los barones del PP deben tenerlo apretado con algo muy grueso, y que por eso pudieron obligarlo a que le anunciara a su delfín García Egea, antes de defenestrarlo, que las investigaciones internas a Díaz Ayuso quedaban sin efecto. Cosas de familia).

Culmina así el mandato de un hombre que en 2018 alcanzó la cima del PP prometiendo acabar con la podredumbre interna y devolver al partido «a su lugar de privilegio en la política española» (véase «La derecha “sin complejos”», Brecha, 27-VII-18). Cuando Casado asumió, el PP se encontraba acosado en los tribunales por múltiples denuncias de tramas que llevaron a varios de sus cuadros y funcionarios a la cárcel, y estaba en su peor momento electoral desde que fuera fundado en 1989 por herederos del franquismo, entre ellos, Manuel Fraga Iribarne, ministro del generalísimo, que tan buenas migas hiciera con Julio María Sanguinetti y Luis Lacalle.

Casado llegaba a la cabeza del PP con aires de joven moderado, pero de la mano de un duro como el expresidente José María Aznar y con el propósito declarado de abarcar todo el espectro conservador, desde el más light hasta el más extremo. «Tenemos que ser todo a la derecha del PSOE [Partido Socialista Obrero Español]», dijo en una entrevista (El País de Madrid, 21-VII-18). Casado aspiraba a captar tanto a los votantes de Ciudadanos, una formación de centro que había crecido denunciando la maquinaria de corrupción del PP, como a los de Vox, que ya despuntaba, pero todavía no había explotado electoralmente.

A los primeros les ofrecía «limpieza» y renovación generacional; a los segundos, un retorno al nacionalcatolicismo y mano firme contra independentistas y otras disidencias. Hazte Oír, un lobby antiabortista muy activo, se inclinó claramente por Casado en la interna del PP de 2018 (hoy está entre los que lo abandonaron por Díaz Ayuso).

Pero el hombre que se inventó un máster fracasó en toda la línea: por un lado, y como no podía ser de otra manera, la corrupción siguió campeando en el PP; en el plano electoral, aunque logró cierto repunte, el partido no ha podido superar al PSOE y, fundamentalmente, bajo su actual dirección, se fue inclinando a competir con una ultraderecha en ascenso, a la que se parece cada vez más, en propuestas y hasta en modales. En esa línea, el supuestamente moderado Casado fue fácilmente desbordado por la trumpiana Isabel Díaz Ayuso, a la que el neoliberalismo desenfadado y el ultrismo le salen mucho más naturalmente.

En el panorama político español de hoy, el PP puede aspirar a retornar al poder, pero solo a través de una alianza con Vox, una excrecencia por derecha del propio PP, que ya se ha comido lo esencial del voto que antes iba a Ciudadanos, prácticamente borrado de los distintos territorios (véase «Batacazos», Brecha, 7-V-21). Vox no es solo esencial para que Díaz Ayuso pueda gobernar en la Comunidad de Madrid, también lo es en Castilla y León, una región pobre y postergada, cercana a la capital, en la que, hace dos semanas, el partido dirigido por Santiago Abascal más que decuplicó su representación y ahora exige tener participación en un gobierno encabezado por el PP. Y puede llegar a ser esencial para gobernar en Andalucía, donde un PSOE destrozado (llegó a ser hegemónico en la región) y una izquierda alternativa atomizada no podrían hacerle fuerza a un bloque de derecha y extrema derecha en el que Vox puede incluso llegar a ser más fuerte que el PP.

Para las próximas elecciones generales, previstas para 2024, el partido de Abascal aspira a desplazar a los populares como primera fuerza de la derecha. Al ritmo que va creciendo, imposible no es.

En el PP, mientras tanto, no se excluye un nuevo giro. José María Aznar, que nada hizo para salvar el pellejo de su antiguo potrillo Casado y sigue moviendo los hilos del aparato entre bambalinas, estaría preparando otra voltereta. Se trataría de recentrar nuevamente al partido. La voxización, a la que apostó en cierto momento, no le dio resultado: el original se fue comiendo a la copia y, sobre todo, en las esferas de poder de la Unión Europea le dieron la voz de alto. No es aceptable, le dijeron a Aznar los burócratas de Bruselas, que un partido de extrema derecha entre al gobierno en uno de los principales países de la zona euro. Máxime cuando Vox juega a dos puntas en relación con la Rusia putinista (véase «Qué difícil decidirse», Brecha, 3-II-22).

Aznar no vería ahora con malos ojos una «gran coalición» con el PSOE, un acuerdo que sería también del agrado de buena parte del aparato socialista, deseoso de desembarazarse de los molestos rojillos de Unidas Podemos. Ayuso sería la menos indicada para ponerse a la cabeza de un giro de este tipo, pero sí podría hacerlo el gallego Feijóo, un político que se presenta como centrista, pero que ha hecho de la ambigüedad un arte en casi todos los temas peliagudos (matrimonio homosexual, aborto, inmigración, apoyo a la educación privada católica). Esa ambigüedad le habría permitido contener a Vox en Galicia: Feijóo gobierna en solitario desde 2009 y no necesita de la ultraderecha. Dice que supo cómo hacerlo en su región y que sabría cómo hacerlo en el Estado.

Sin embargo, son muchos los que creen, como Pablo Iglesias, que, con o sin Feijóo, el PP no puede ya evitar la deriva voxista-ayusística. «Tras el asesinato político de Casado, ¿es posible imaginar una derecha no alineada con Vox?», se preguntó en su pódcast La Base el exlíder de Podemos. Y respondió por la negativa (véase recuadro).

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Mientras el PP se reorganiza, Vox crece y el PSOE espera. A la izquierda de los socialistas hay quienes llaman a la refundación y a la formación de un nuevo gran espacio alternativo que agrupe a organizaciones y movimientos sociales, dejando atrás las actuales siglas. «Hay que aprender de las derechas y de las derechas extremas», dice uno de quienes proponen ir por ese camino, el ex Unidas Podemos Manolo Monereo. Derechas y extremas derechas «hacen de lo que ellos llaman el debate cultural el núcleo duro. Cada día hablan más de ideología, proyecto, programa. La respuesta usual de la izquierda es eludir la ideología y centrarse en las medidas concretas, es decir, oponer tecnocracia a la política. Esta estrategia es perdedora, les deja la iniciativa a las derechas, sitúa a la izquierda a la defensiva y se entra en el territorio de la posverdad. La clave es la de siempre: ideas, proyecto que suscite compromiso político y que promueva la organización y la movilización social».

Casado y el viejo fantasma

Lo que está pasando es otra cosa que va más allá de la corrupción. Este miércoles, en la sesión de control en el Congreso ha entrado un cadáver político. Ha entrado con dignidad (a veces nada hay más digno que un cadáver) y ha pronunciado frente a Pedro Sánchez una frase muerta: «Nuestra responsabilidad es ensanchar el espacio de la centralidad para que tanto PP [Partido Popular] como PSOE [Partido Socialista Obrero Español] pudiéramos ganar en él, sin necesidad de pactos con los que no creen en España ni alianzas de los que atentaron contra él». Ojo a lo que ha dicho.

Trabajar en favor del bipartidismo es quizá lo que a Casado le hubiera gustado hacer, pero no lo hizo y no lo podía hacer. Hacerlo hubiera debilitado a su partido frente a la ultraderecha que ellos mismos alimentaron como reacción frente a Podemos y el independentismo. Casado tuvo que convertirse en ultraderecha aunque se le diera un poco peor que a Ayuso, y si alguien piensa que Feijóo tendrá una opción diferente, creo que no entiende el proceso histórico que estamos viviendo.

La derecha no solo es el PP, Vox y lo que queda de Ciudadanos. Hay también una derecha económica y mediática, y también una derecha judicial, militar y policial. A todos los une reivindicar a la figura del rey como símbolo de un Estado que debe resistir frente a la llegada de los bárbaros (Podemos y los independentistas) a la dirección del Estado. Y para defender su predominio en el Estado han asumido que la trumpista es la única vía efectiva. Su respeto por la democracia termina cuando la democracia permite que los que llaman comunistas y separatistas les disputen el Estado.

Cuando la derecha tiene miedo, empiezan a ver al viejo fantasma comunista por todas partes y entonces aparece su verdadero rostro. Por eso creo que hay que decir esta verdad incómoda: las derechas y las ultraderechas políticas, mediáticas y judiciales son hoy la mayor amenaza a la democracia. Y este no es solo un problema de España.

Pablo Iglesias

(Tomado de Público. Brecha publica fragmentos.)

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