Crónica de la inmensidad

San Pablo hoy.

Foto. Afp, Nelson Almeida

Llegué al aeropuerto de Guarulhos un miércoles de mañana. El calor y la humedad me recibieron apenas bajé del avión, con esa especie de olorcito tan particular que tiene el clima del trópico. Ya en el viaje hacia San Pablo empezó a contagiarme la voluptuosidad de la vegetación, ese verde que a veces parece benevolente y otras veces, una condición distópica, como si la naturaleza estuviera resistiendo con desesperación la violación constante a la que la somete el asfalto. Paré en Itaim Bibi, un barrio de comercios y bares a la calle, que hace unos años era barrio barrio, con casas bajas, pero ahora está lleno de mega edificios enormes y complejos turísticos. En una de sus esplendorosas cuadras se luce el edificio de Google Brasil, que como tenían que construirlo en un predio donde había una casa histórica del siglo XVIII, perteneciente a los bandeirantes (que iban expandiendo el territorio de dominación lusa), le dejaron un agujero debajo. Es difícil de describir, pero lo que se ve es un edificio rectangular inmenso, súper moderno y todo espejado, con un agujero en el medio, donde todavía sobrevive la antiquísima casa de paredes anchas y rejas de madera, cuya humildad vacía parece un chiste mal rematado. La convivencia de las temporalidades resulta un poco asustadora, pero no parece llamar demasiado la atención de los miles de transeúntes que pasan por la avenida Faria Lima con sus auriculares resplandecientes bajo el sol.

Por las calles de Itaim Bibi pasan los ejecutivos andando en patineta; es bastante impresionante. Primero porque hace tremendo calorazo y los hombres están de traje y corbata, y muchas mujeres con saco y pollera, pero además porque el sistema de patinetas es surrealista: cada persona las activa mediante su celular, las usa y las deja en cualquier sitio de la ciudad, para moverse con libertad entre diversos destinos. Son como las bicicletas públicas, pero sin puntos definidos: quedan abandonadas hasta que viene el siguiente usuario. También hay personas que se encargan, por cierto dinero (como si se tratara de la venta de envases de vidrio), de cargarlas en su casa por las noches, porque funcionan a energía eléctrica. Entonces ahí van los ejecutivos en patineta rumbo a sus trabajos, mientras una turista uruguaya los mira tomando un agua de coco y comiendo el esperado pão de queijo que siempre será, para ella, el sabor primario de Brasil.

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Una de las noticias que se mencionaban en los medios era que el Ministerio de Educación y Cultura del flamante gobierno de Bolsonaro había ordenado quitar de los libros escolares, que se repartirían en 2019, cualquier mención a ideas feministas, que nombraran o rechazaran la violencia hacia la mujer, o que promovieran la cultura afrobrasileña o indígena. Otra medida, supuestamente, sería la de no exigir referencias bibliográficas en los materiales. Este tipo de acciones articula perfectamente con los dichos de Damares Alves, la nueva ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos, pastora evangélica que levantó polvareda al decir que en Brasil los niños debían vestir de celeste y las niñas de rosa, y que no pierde oportunidad de denunciar que “la ideología de género es muerte”, que “las feministas son feas” y que “las biblias deben regresar a las escuelas”, además de afirmar que vio a Jesús colgado de un guayabo. Igualmente, en el correr del mismo día, la noticia sobre los libros escolares fue desmentida por el gobierno. Pero las personas con quienes conversé no parecieron espantarse: están acostumbradas a que no se sepa bien qué es falso y qué no, y a que las opiniones sobre la verdad de los hechos queden sesgadas según la pertenencia política de cada una. Sobre lo que sí no había muchas dudas, gracias a la existencia de pruebas audiovisuales, era que efectivamente las topadoras están pasando sobre las tierras de la Amazonia. En los videos, un indígena lloraba sobre su huerta destrozada. Otra noticia bastante comprobable fue la censura que sufrió en Rio de Janeiro la exposición Literatura expuesta, cuyo tema era la tortura durante la dictadura militar. El gobernador Wilson Witzel prohibió que continuara y expresó que ese tema no debía tratarse, de ningún modo, en un espacio público.

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El Teatro Oficina es muy extraño. Fue construido por la increíble arquitecta ítalo-brasileña Lina Bo Bardi. Es un pasillo hacia adentro, muy fino, con gradas a los costados, formadas por estructuras de hierro y madera. En varios ángulos hay, colgadas, pantallas que trasmiten la obra en tiempo real. Depende de dónde te sientes, qué es lo que ves –se rompe la idea de frontalidad–, y el público, tanto el que tenés al lado como enfrente, se vuelve parte fundamental de la puesta en escena. La obra que fui a ver es una pieza musical, y se llama Roda Viva. Fue escrita por Chico Buarque en 1967 y estrenada en 1968 en Rio de Janeiro. Durante su segunda temporada, ya en San Pablo, un grupo de personas del Comando de Caza a los Comunistas (Ccc) entró durante la función, golpeó y violentó al elenco y destrozó el teatro. La obra se convirtió en un símbolo contra el totalitarismo, porque además algunas de sus canciones (“Roda Viva”, “Sem Fantasia” y “Cordão”) fueron un suceso popular. La puesta a la que asistí, dirigida por el mítico José Celso Martinez Correia (que fue también su director original), actualiza la dramaturgia, mezclando la antigua antropofagia vanguardista de figuras como Osvaldo de Andrade con un nuevo modernismo que escenifica los conflictos actuales, e identifica la figura de Ben Silver (una especie de ídolo de masas que se somete a los deseos perversos del mercado y de los medios) con la de Bolsonaro. Pero lo impactante no fueron los diálogos, sino la actitud corporal de los actores y las actrices, y la energía desmedida con la que se entregaron al canto y al baile. En varios momentos se encuentran completamente desnudos, y hasta besan en la boca a personas del público, en una especie de orgía general. La libertad de esos cuerpos diversos en edad, género y raza fue como una patada en el pecho, porque tan honda celebración del placer colectivo me conectó con la dolorosa conciencia de nuestra represión cotidiana. Flores, trajes blancos de lino, el espíritu de Bahía rondando entre la gente que, después de tres horas de atenta escucha, salió mezclada con el elenco en procesión a la calle cantando, confirmando que hay un modo profundo y ambiguo de la alegría que sí, que es sólo brasilera, que les pertenece y les es natural, como esos increíbles peinados afro que lucen las mujeres negras, empoderadas.

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El otro espectáculo que vi fue en la calle: un ensayo de la Escola do Samba Vai-Vai, de San Pablo, que está preparándose para el carnaval. Más de tres mil personas forman parte de la agrupación. La calle se llena de a poco, mientras las distintas alas empiezan a ensayar sus coreografías. Se arma una roda do samba; sólo hombres, blancos y negros, se ponen a cantar y a tocar, mientras un montón de “bahianas” –mujeres vestidas de blanco, viejas, con collares y turbantes, que son figuras tradicionales como nuestras mamas viejas– les bailan alrededor. A pesar de la belleza implacable, no pude evitar pensar en la segregación de género, porque hay lugares asignados para hombres y mujeres en la distribución espacial, en los vestuarios y los movimientos. Sin embargo, cuando empezó a sonar la batería, me sorprendió ver dos o tres líneas de mujeres tocando percusión con una potencia que despeinaba el viento. Las admiré tanto, sobre todo a las negras. La letra de la canción que cantaban una y otra vez decía: “É que eu sou da pele preta, quilombo do povo, sou Vai-Vai. Um privilégio que não é pra qualquer um, protegido e abençoado por Ogum”. Protegidas y bendecidas por eso, lo sagrado, que en Brasil parece esconderse incluso debajo de las latas de cerveza que quedan desperdigadas en la calle cuando termina la fiesta.

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Prendo la televisión en el hotel. Está el programa de Silvio Santos –un conductor de televisión eterno de Brasil, como Mirtha Legrand o Cacho de la Cruz–. Se trasmite en su propio canal, porque el tipo es un magnate de los medios. Veinte mujeres jóvenes bailan a cámara. La voz en off de Silvio Santos las ofrece como mercancía barata, y dice: “Miren qué hermosas, todas nuevitas, ninguna tiene bebé, ninguna está casada, ¡miren, miren!”. Ellas se sonrojan, están en bikini. La felicidad que se esfuerzan en trasmitir ya no tiene nada de alegría. En otro canal hay una cámara oculta protagonizada por una mujer, también casi desnuda, que barre una fachada como si fuera una empleada. La joda es que, cuando llega la pareja dueña de casa, la esposa se enoja con ella porque piensa que se acuesta con su marido, y la agrede hasta que se pegan. Suenan risas grabadas. Recuerdo que en la cola de Roda Viva me contaron que Silvio Santos compró el predio donde está el Teatro Oficina, y que están tratando de pararlo con un litigio judicial, porque quiere derribarlo para construir un estudio de televisión enorme. El colectivo de vecinos del barrio está luchando, pero ahora, con Bolsonaro… Apago la tele. Voy hasta la heladera y como una cucharada de helado de açaí, ese fruto brasileño tan exótico y dulce.

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