¿Cuál libertad? ¿Cuál ciudadanía?

Difícilmente los ciudadanos de las democracias contemporáneas podamos sufrir un impacto mayor que el que surge del terror, la intolerancia y la injustificada violencia. En menos de un mes hemos tenido que sufrir el impacto de más de cien niños muertos en una escuela de Pakistán y el asesinato de los caricaturistas de Charlie Hebdo.

En ambas situaciones la condena al hecho de tomar la vida de otro ser humano surge de inmediato y en eso se asemejan; se diferencian en una asimetría fundamental: las caricaturas de Charlie Hebdo son ofensivas para quienes son creyentes de algunas de las religiones que esta revista suele satirizar. Ante esto es preciso destacar que todas las mayores jerarquías de las distintas religiones afectadas por estas caricaturas han dicho que ninguna ofensa justifica el tomar la vida de otro ser humano, y eso le da más fuerza aun a la condena del asesinato de los caricaturistas de Charlie Hebdo, aunque no elimina el hecho de la sistemática ofensa al otro.

Al considerar esto, por lo menos dos conceptos de la autocomprensión moderna de la democracia están en juego: el de la libertad de expresión y el de la tolerancia, ambos mediados por la versión de ciudadano que deseamos para nuestras democracias, y voy a detenerme en ello. Lo primero que puede decirse es que la libertad está muy lejos de ser un concepto que tenga una significación unívoca, y que por lo menos podemos encontrar dos formas de entenderla para dar cuenta de la libertad de expresión y la tolerancia.

Una forma de hacerlo es estrictamente como una libertad negativa o de no interferencia, en virtud de la cual el Estado y las instituciones protegen estas libertades y, en el caso particular de la libertad de expresión, se habilita a los ciudadanos a manifestar sus ideas, valores, evaluaciones y preferencias en la forma en que ellos consideren más apropiada evitando que otros agentes puedan interferir. El concepto de tolerancia es entendido, también, como una exigencia para no obstaculizar las creencias que no se comparten de los otros ciudadanos y para exigir la no interferencia con las propias por parte de quienes, a su vez, no las comparten. Puede afirmarse sin mayor dificultad que la libertad de expresión y la tolerancia operan bajo una dinámica de complementariedad mutua, de tal manera que la tolerancia oficia como un límite a la libertad de expresión. Sin embargo, frente a la forma estrictamente negativa de entender estos conceptos, a lo largo de la historia del pensamiento se ha constituido una manera distinta de entender la libertad y la igualdad, que demanda y requiere la participación de los ciudadanos en una práctica compartida que dota de sentido y densidad a los conceptos normativos, y de la que se espera que surja el respeto al otro y la convivencia. Bajo este trasfondo surge otra forma de entender la tolerancia, que deja de ser simplemente una restricción al otro y a nosotros mismos, que es más que meramente “soportar al otro”; esta nueva forma exige comprenderlo y respetarlo. Esto significa que un ciudadano es capaz de acceder al universo de creencias y valores del otro, comprender lo que significan para él, y por ello respetarlo. En este contexto, la libertad de expresión también adquiere una significación diferente, porque una vez que un ciudadano comprende que puede manifestar algo ofensivo para alguien a quien considera un igual y lo respeta, simplemente puede inhibir su acción y en consecuencia no ofender, independientemente de lo que la ley permita. Esta dinámica es la que ha ido sedimentándose históricamente como consecuencia de las luchas sociales que han operado como indicadores sociales de la ofensa al otro; en nuestros días, más allá de que en algunos casos existan penalizaciones legales, la mayor parte de los ciudadanos inhibe la posibilidad que tiene, invocando la libertad de expresión, de hacer chistes racistas u homófobos, y esto se supone que es porque sabemos que con ello ofenderíamos al otro. El concentrarse en la significación estrictamente jurídica de la libertad conduce a una visión unilateral de estos conceptos, que nos deja con la versión más pobre de ellos y oculta la necesidad de promover y estimular su versión más rica, aquella que está mediada por la comprensión común de lo que es valioso para el otro.

Argumentos muy similares a estos presenté hace cuatro años en mi libro Las voces de la igualdad,1 refiriendo a las caricaturas de Mahoma que había publicado en 2005 el tabloide danés Jyllands Posten. A pesar de lo trágico de las muertes de los caricaturistas de Charlie Hebdo y el repudio que siento hacia ello, no puedo dejar de pensar que sus caricaturas amparadas en la libertad de expresión son una forma de manifestar la libertad y la igualdad de la forma más restrictiva en que podemos pensarlas. En este caso las caricaturas que ofenden a musulmanes, cristianos y judíos, entre otros, son parte de una idea de tolerancia que significa solamente soportar, pero no respetar, y así la libertad de expresión tiene solamente una dimensión jurídica en la que el universo del otro es radicalmente ajeno y por eso pasible de ser parodiado, y en consecuencia ofendido.

Tal como lo afirmé en 2010, considero que la construcción de una democracia radical articulada en torno al respeto al otro, la convivencia intercultural y la justicia conduce a la pugna entre por lo menos dos formas de entender la ciudadanía: en una de ellas los ciudadanos son protegidos en sus preferencias y creencias para que puedan llevarlas adelante sin interferencia, mientras que en la otra las preferencias y creencias de los ciudadanos, además de protegidas, son modeladas, ajustadas y reconstruidas en una práctica compartida. Seguramente cuanto más débil sea esta versión de la ciudadanía en las democracias contemporáneas, mayor potencia tendrá el miedo al otro, la simplificación de sus creencias y la reducción de una intensa y compleja cultura a las posiciones de unos pocos extremistas. Parece ser que no toda forma de entender la libertad y la ciudadanía es adecuada para comprender y garantizar el desarrollo vital de las democracias contemporáneas.

*     Profesor titular de filosofía de la práctica. Universidad de la República.
1.     Barcelona-Montevideo, Proteus, 2010.

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