De guante blanco – Brecha digital

De guante blanco

El título original, más que a una apuesta, alude, con ironía, al gran resultado que las maniobras de una serie de audaces “entendidos” consiguieron con respecto a la gran crisis financiera de 2008 en el país del Norte, una operación que culminó con la prisión de un único sujeto, en lugar del abultado número de estafadores que debería haber ido a parar a la sombra. Pero, ya se sabe, los bancos y los tejes y manejes de los especialistas en hacer cálculos a espaldas del sufrido hombre de la calle son los que llevan la batuta, por encima hasta de los gobiernos y los credos y partidos políticos. Una cita del agudo Mark Twain se encarga de abrir el asunto que el director Adam McKay y su colibretista Charles Randolph –quienes adaptan la novela original homónima de Michael Lewis– desgranan con criterio de informe casi periodístico, un manejo que una quebrada narración apoyada en escenas breves, titulares, canciones que comentan los acontecimientos e interrupciones de variado tipo se encargan de llevar adelante. El sueño de la casa propia, las hipotecas y sus correspondientes pagos y las maniobras de aquellos para quienes no resulta nada difícil pasar de hablar de cientos a billones de dólares se entremezclan en una anécdota que aprieta los pedales de la farsa y de la sátira para así poder aludir a buena parte de los que rigen los destinos de los inocentes espectadores.

Vale la pena que aun las plateas habituadas a que se las entretenga sin tener que pensar demasiado hagan el esfuerzo de masticar la información especializada que la película esgrime con la celeridad del caso como para advertir a quien la está viendo que si uno no está siempre atento, los más rápidos terminan por llevarse todo. De ahí que, pese a las afinadas y oportunas intervenciones de actores como Christian Bale, Steve Carell, Ryan Gosling, Brad Pitt y de una conmovedora Marisa Tomei, a cargo de un micropapel, quepa señalar que todos y cada uno desempeñan una labor de reparto en una historia cuyo real protagonista no es otro que la indecencia que hace de las suyas cuando quienes deberían ser buenos se descuidan. El estilo informativo se vuelve entonces aquí mordaz e irreverente, a fin de revelar que se trata de retratar un combate con culpables de marca mayor. Una elección que no le facilita el camino a McKay y su equipo para tratar de humanizar a alguna de las siluetas en juego y así advertirle al espectador que hay que desconfiar de todos, incluso de aquellos que a veces no parecen tan malos. McKay acude siempre, en cambio, al trazo grueso, pero si se siguen las reglas del juego impuestas por la vertiginosa acción que el asunto demanda, la diversión y, por cierto, la reflexión acuden a la cita.

The Big Short. Estados Unidos, 2015.

 

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