De primeros amores y un hambre voraz - Semanario Brecha
libro. Delicada novela bibliófila

De primeros amores y un hambre voraz

Mis días en la librería Morisaki, de Satoshi Yagisawa. Ediciones Urano, Madrid, 2023. 158 págs.

Hay primeros amores que jamás se olvidan: la primera canción que nos conmueve, la película que volvíamos a ver una y otra vez en las funciones trasnoche y aquel libro robado de alguna biblioteca familiar que nos hizo sentir todo el peso de la belleza literaria. Sucede a veces que el flechazo es instantáneo, otras es un proceso tan paulatino como el de un niño aprendiendo a andar en bicicleta, pero siempre es un amor irremediable que nos acompañará durante toda la vida. He ahí la fuerza y el interés de estos primeros encuentros.

El escritor japonés Satoshi Yagisawa en Mis días en la librería Morisaki relata el primer encuentro de una joven con los libros. Takako, quien ha perdido su empleo y sufre mal de amores, se ve en la necesidad de trabajar en la librería de su tío para poder tomarse un descanso y repensar su futuro. Sin ningún amor por la lectura hasta ese momento, la joven encuentra en esta nueva práctica el consuelo que necesitaba.

El sentimiento de soledad y aturdimiento de la protagonista que se prolongaba en largas horas de sueño se ve sustituido por un hambre voraz de literatura. Explorando distintas lecturas, es a través de este nuevo amor que ella forma y fortalece nuevos lazos de amistad, romance y familia. De alguna manera, en una sociedad de vínculos fugaces, es a través de la lectura que Takako se siente comprendida y aprende la importancia de comprender a quienes la rodean. Los clientes le van recomendado libros y los libros le van recomendando personas: de a poco, una comunidad de libreros y lectores va componiendo el relato, legándonos también sus lecturas favoritas. Así, esta novela también se constituye como un tejido de otras novelas que se pasean por sus páginas.

Ese afán de literatura también va acompañado de un desarrollo de personaje que nos deja entrever una –casi– coming-of-age tardía. Así, además, apreciamos de qué forma los libros que hemos leído, aun aquellos que consumimos de manera casi enfebrecida en nuestras noches de juventud, de alguna manera nos han constituido y determinado.

Más allá de los libros, también está la librería. Cualquiera que haya trabajado en una puede atestiguar que la ocupación de un librero está lejos de parecerse a la fantasía que nos dejó el personaje de Meg Ryan en Tienes un email. Y, sin embargo, hay en las librerías un ambiente acogedor que tiene un atractivo muy propicio para impulsar el comienzo de una historia. La ficción reclama el espacio físico de la realidad, haciendo que las fronteras entre estos dos mundos se vayan difuminando.

Jinbocho, un barrio de Tokio lleno de librerías, actúa de telón de fondo para la historia. De esta manera, la novela no es solo una carta de amor a los libros, sino también a esas pequeñas librerías de segunda mano que atesoran y resguardan un mundo en sí mismas, recordándonos su importancia a la hora de preservar y difundir autores que ya no son editados, funcionando así como guardianes de la historia literaria.

Con las minuciosas descripciones y el ambiente casi etéreo que suele acompañar a la literatura japonesa, quedamos envueltos en una experiencia estética que roza lo cinematográfico. Tiempo después de finalizar el libro, aún persistirá en el lector el olor a libros de segunda mano mezclado con café, acompañado del murmullo de sus calles. Al igual que sucede con las películas de Estudio Ghibli, Yagisawa genera imágenes sobrecogedoras que anhelan ser recordadas.

Un descanso puede durar diez minutos, un fin de semana o, en ocasiones, lo que dure una lectura. Mis días en la librería Morisaki es, sin duda, uno de esos libros que nos acompañan muy bien cuando –al igual que Takako– necesitamos hacer una pausa o volver al comienzo.

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