Debatiendo en las puertas de la city

El martes, el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz fue el protagonista de lujo de un debate no apto para quienes reniegan de la tecnocracia, en el búnquer de las políticas monetarias: el Banco Central del Uruguay.

La agenda de Stiglitz pareció armada con una precisión suiza. El lunes pasado los dos eventos de mayor exposición fueron la ceremonia en la que la Universidad de la República lo distinguió con el doctorado Honoris Causa y una mesa que compartió con los contadores Enrique Iglesias y Danilo Astori. El martes, el premio Nobel 2001 fue el protagonista de lujo de un debate no apto para quienes reniegan de la tecnocracia, en el búnquer de las políticas monetarias: el Banco Central del Uruguay (véase recuadro). El lugar estaba repleto de jóvenes –uruguayos y extranjeros– con anteojos, impecables camisas blancas, corbatas coloridas, y algunos de ellos deseosos de una selfie con un economista que suele lanzar cuestionamientos no muy bendecidos por el establishment nacional y con el que quizás tengan poco en común (pero poco importa). Claro, el gran encanto es que el estadounidense también supo estar en las entrañas del capitalismo planetario cuando fue economista jefe del Banco Mundial (1997-2000).

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En el Bcu el inglés se apoderó de todo. En las invitaciones se hablaba de un “policy debate” (debate de políticas) sobre “sovereign debt sustainability” (la sustentabilidad de la deuda soberana). Era esperable que Jonathan Ostry, el jefe del Departamento de Investigación del Fondo Monetario Internacional, discurriera sobre la deuda en su lengua materna y proporcionara a la audiencia algunas diapositivas plagadas de fórmulas matemáticas. Menos obvio era que el ingeniero chileno José de Gregorio, presidente del Banco Central de Chile durante el primer gobierno de Michelle Bachelet y portador de un nombre tan castizo, eligiera también expresarse en lengua anglosajona. Pero así son las cosas en el mundo de las finanzas. Stiglitz no reprimió un bostezo durante la presentación de Ostry y en algunos pasajes la mirada del profesor de la Universidad de Columbia pareció ser atrapada por algún pensamiento irónico. Algunas de las diferencias quedarían expuestas, aunque siempre con una señorial cortesía. A esa altura, el chair, el moderador, ya no era el presidente del Bcu, Mario Bergara (que habló más en español, pero que se fue antes de tiempo, dejando casi imperceptiblemente en su lugar a otro economista que parecía su doble; “El presidente del Banco Central es él, él tiene la culpa”, bromeó Bergara apuntando al sosías desde la puerta de salida, esta vez en inglés, en complicidad con las risas de un auditorio que no daba crédito al parecido). A Bergara lo esperaba una periodista televisiva a la que le comentaría la buena nueva de la suba del 1 por ciento del Pbi. Al término de la hora y media de “debate”, Ostry y Stiglitz la siguieron en un afterhour de unos 15 minutos. Stiglitz en su sillón y Ostry casi en cuclillas.

Las periodistas de Brecha veían como se escapaban los minutos que quedaban hasta que la aguja llegara a la hora 20, y el hombre que alguna vez la descosiera con sus trabajos académicos sobre las fallas de los mercados partiera hacia el lugar en el que iría a cenar. Ya las organizadoras habían advertido que sería muy difícil, porque Stiglitz sólo iría a conceder dos entrevistas, a El País y a Búsqueda (al parecer porque llegaron primero). La entrevista de El País, titulada “Estamos en el comienzo de un examen del capitalismo”, no tuvo un espacio destacado en la portada, sino que ocupó un renglón en tipografía pequeña. Al otro día, Jorge Batlle, el presidente que irrumpió en llanto durante una de las peores corridas bancarias de la historia reciente uruguaya (preámbulo también de una de las peores crisis de la historia uruguaya), fue una vez más inefable: “Es un Nobel muy viejo, más viejo que yo. Que no embrome. ¿A quién quiere que le vendamos? ¿A Cerro Chato?”. Lo dijo en Punta Cala, al lado de Julio María Sanguinetti y Luis Alberto Lacalle, quienes no ocultaron su euforia frente a la caída de los malditos “populismos”. Eso que Stiglitz no es ni anticapitalista, ni marxista, sino un admirador de John Maynard Keynes, un barón inglés que argumentó que la intervención estatal era esencial para combatir los altibajos en los ciclos del capitalismo.

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Cuando finalmente Ostry liberó al economista, fueron esta vez dos jóvenes quienes lo abordaron para recordarle lo malo que había sido el gobierno argentino de los K con Uruguay (se sabe que Stiglitz ha saludado algunas de las medidas poco ortodoxas de los Kirchner, así como ha sido muy duro con la actitud de los organismos multilaterales europeos respecto de Grecia). El académico, leído por los dos precandidatos demócratas Hillary Clinton (quien recientemente también se pronunció en contra del Transpacífico) y Bernie Sanders, escuchó y dialogó con los estudiantes con infinita paciencia.

Por fin, en un breve paréntesis, Brecha intentó obtener un par de respuestas.

—En una entrevista reciente para The Guardian usted dijo que “todos los bancos se han convertido en especuladores”. ¿Cuáles serían las reglas que se deberían aplicar al sistema financiero para combatir prácticas responsables de los últimos cracks y del aumento de la inequidad?

—Yo creo que la cuestión básica está en dos paquetes de reglas. Pienso que necesitamos reducir su capacidad para engancharse en actividades especulativas antisociales, como los préstamos depredadores. Pero también debemos construir regulaciones que digan, por ejemplo, que solamente puedan acceder a la ventana de la Reserva Federal si les están otorgando crédito a las empresas de pequeño y mediano tamaño. O si están haciendo otras cosas que son consistentes con lo que se supone que un banco socialmente productivo debe hacer.

—Hoy son pocos los bancos que están siguiendo esos caminos…

—Hay algunos bancos que trabajan de ese modo, pero el problema es en Estados Unidos, donde la mayoría de los grandes bancos hacen su dinero mediante actividades antisociales, especulativas, y es por eso que es tan importante tener esas regulaciones, tanto para detener que hagan esas malas cosas como para que puedan hacer cosas positivas.

—¿Cuál es su opinión acerca del acuerdo Transpacífico (Tpp) y el Tisa?

—No conozco el Tisa. Pero sobre el Tpp he sido muy crítico por las disposiciones respecto de las inversiones. Aquellas que, básicamente, socavan la capacidad de un país para regular. Y Uruguay sabe sobre eso desde que Philip Morris lo demandó debido a las regulaciones sobre los cigarrillos, pero las demandas son contra toda regulación: ambiental, sanitaria, económica y social. Por cualquier regulación tú puedes ser demandado, y ellos (los inversores) han demandado por todo, desde los intentos de Sudáfrica por terminar con la legalidad del apartheid hasta por todo tipo de regulaciones ambientales. Entonces, esa es mi principal preocupación. Pero además (este tipo de acuerdos) encarecen el acceso a los medicamentos.

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Una sonrisa amable terminó con toda intención de seguir preguntando. A las ocho de la noche en punto Stiglitz enfiló rumbo a la salida de la sala de conferencias Enrique Iglesias en busca del vehículo que lo llevaría a cenar.

El desempleo versus la deuda

En el debate del Banco Central1 la voz más incorrecta volvió a ser la de Stiglitz: “La deuda no es un problema (…) el desempleo es el tema político más importante cuando hablamos de pagar o de incrementar la deuda. Si debemos incrementar la deuda para comprar más bienes públicos y estimular la economía, hay un beneficio social en el aumento de la deuda en relación con los posibles impuestos que vengan en el futuro. Dejando a Keynes de lado, esto es lo que está hoy en el centro de los debates políticos”. Desde un lugar más pragmático, el chileno José de Gregorio lo puso en blanco y negro: “Las deudas no se pagan, se refinancian. En el infinito uno las va a pagar…” (sonrisas en el auditorio). Como si faltara más, el ex ministro de Ricardo Lagos puntualizó que a lo sumo los países podrán “estabilizarla”, pero nunca “llevarla a cero”. Y coronó con otro comentario: “No soy optimista, pero ojalá existiera una reestructuración internacional”. Hasta el propio representante del Fmi, Jonathan Ostry, destacó que hay un gran conjunto de países que pueden “vivir con su deuda”, porque el costo de mantenerla es una mejor opción que el de intentar reducirla. n

1.     Organizado por el Research Institute por Development, Growth and Economics, Ridge (Instituto para la Investigación para el Desarrollo, el Crecimiento y la Economía), y el Bcu, en el marco de un workshop sobre macroeconomía internacional. Ridge tiene su sede en Uruguay y tiene apoyo del Ministerio de Economía y Finanzas. Su presidente es Joseph Stiglitz y su presidente honorario es Enrique Iglesias.

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