Decir adiós, un oficio

La Paris Review entrevista en su último número a la joven Margalit Fox, quien ejerce el oficio de “obituarista” en The New York Times.

Uno pensaría que se trata de uno de esos oficios en extinción (el crítico literario) o más exactamente extinto (un linotipista), y eso aunque sigan publicándose obituarios en los diarios del mundo, porque se presume que los puede escribir cualquiera en la redacción, un poco al azar. “El que mejor conozca al muerto”…, pero la frase peca de uruguaya, en la mayoría de los países no se conocen tanto y hay que escribir igual. Para eso también hay especialistas, operadores de un oficio tan vetusto como la dictadura de Salazar, como imaginó Tabucchi en Sostiene Pereira, en la que el joven Monteiro Rossi es contratado para escribir avances de necrológicas.
Pero no, no es tan arcaico. La Paris Review entrevista en su último número a la joven Margalit Fox, que lo ejerce en The New York Times. Nada muy sorprendente en sus declaraciones, salvo cuando refiere que a partir de un error que llevó al célebre diario a publicar un obituario de una famosa ex bailarina cuando todavía estaba viva se instauró una ley de fierro: la exigencia de tener confirmación de un familiar del occiso y dar siempre la causa de la muerte. Margalit declara que el prestigio del diario facilita esa tarea, los deudos se sienten halagados y colaboran. Es la regla, salvo para los suicidas. La obituarista confiesa que en promedio le toca un suicida al año, y la estadística dice que la enorme mayoría son poetas. “Si fuese vendedora de seguros de vida jamás le vendería uno a un poeta”, comenta con la sangre fría ganada en la práctica de un métier que la ha obligado a llamar alguna vez a quien acaba de vivir “probablemente la tragedia mayor de su vida, y decirle, hola soy una completa desconocida para ti, pero te pido que me cuentes cómo fue”. Increíblemente lo hizo precisamente con la novia de un poeta suicidado. Dice que respiró hondo, tomó aliento y preguntó: “Querida, ¿qué diablos fue lo que pasó?”. Sorprendida recibió en respuesta una linda historia. El poeta –dijo su novia– había cuidado de dejar el aire encendido y había cerrado las puertas para que el disparo no la despertase.

En Uruguay –se queja un amigo argentino– nunca se imprimen las causas de la muerte. Se considera una indiscreción. Y tampoco se estila la preparación anticipada del género obituario. En retrospectiva sólo recuerdo mis inicios en el periodismo cultural cuando, cada vez que me tomaba vacaciones, dejaba escrito: “Si muere Alberti, llamar a Penco”. También recuerdo la muerte de Wilson Ferreira; en la redacción lo apuraban a Alfaro porque el desenlace se sabía inminente, y si no, no llegaríamos a tiempo. Alfaro supo resistirse, no escribió una línea antes de que la muerte le fuera confirmada. No sé por qué, pero creo que la calidad de su adiós estuvo ligada a ese respeto.

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