Dejemos que entre la luz - Semanario Brecha

Dejemos que entre la luz

Mujeres en la cama, de Gina Berriault. Traducción de Olivia de Miguel Crespo. Jus, Ciudad de México, 2018. 208 págs.

Mujeres en la cama, de Gina Berriault. Traducción de Olivia de Miguel Crespo. Jus, Ciudad de México, 2018. 208 págs.

Gina Berriault (Long Beach, California, 1926) pertenece a esa ambigua categoría de los escritores para escritores, es decir, aquellos autores frecuentemente mencionados por pares más famosos, prestigiosos o afortunados. Estas menciones esporádicas suelen adquirir la forma de una dádiva o un intento de rescate, como si el autor más conocido concediera, por un instante, que el foco de luz se dirija hacia la figura escondida del colega que lleva demasiado tiempo pasando desapercibido. Así, cuando el periodista de Plough-
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le preguntó a Richard Yates, en 1972, si conocía buenos escritores que estuvieran siendo pasados por alto, él comenzó su respuesta hablando de Berriault: “Tenés que leer los cuatro espléndidos libros de Gina Berriault, si los encontrás y si querés descubrir un talento de primera clase que ha quedado fuera de la corriente principal. A pesar de eso, ella todavía no ha dejado de escribir, y espero que nunca lo haga”. Yates se refería a tres novelas y un libro de cuentos publicados entre 1960 y 1966. Es fácil intuir que Yates conocía personalmente a Berriault y que su declaración pública era, también, una declaración íntima para su amiga, un susurro en voz alta: “No dejes de escribir nunca, Gina”. Y es que, en 1972, Berriault llevaba seis años de un hiato creativo que se extendería todavía una década más.

Mujeres en la cama –curiosa elección de la traductora para un libro que se titula Women in their beds– fue el último libro de Berriault, publicado en 1996, apenas tres años antes de su muerte, y que le valió el premio Pen/Faulkner de 1997 –fue la segunda mujer en ganarlo; la primera había sido Edna Annie Proulx, en 1993–. El libro contiene 15 relatos, entre los que se encuentra “El chico de piedra”, adaptado al cine en 1984 por el director Christopher Cain, con Robert Duvall y Glenn Close en los roles protagónicos.

La voz de Berriault es tan intensa que rápidamente, en cada texto, consigue transmitir una sensación de enorme densidad, como si cada relato hubiese encontrado su forma a partir de fuerzas geológicas que operaran en las profundidades a través del tiempo. Surgidos de ese proceso de lenta sedimentación, los relatos de Mujeres en la cama conocen muy bien la complejidad de sus personajes y están dirigidos a crear atmósferas, no a enlazar acontecimientos. En esos climas hay momentos clave, por supuesto, pero estos no adquieren la forma de un chispazo, un turning point clásico que nos prepare para el clímax –que no ocurrirá–, pues, en cierta manera, nada está precocido en los relatos de Berriault; no podemos encontrar en ellos pautas estructurales previas que nos faciliten la lectura.

A pesar de la tersura de su prosa, su estilo propone una serie de sutiles desafíos que no pueden ser salvados mediante una lectura convencional: sus transiciones entre escenas, la forma en la que fluye el tiempo y los frecuentes cambios de encuadre rompen la linealidad de la historia. Esta técnica es muy notoria en el breve relato “La luz del nacimiento”, en el que una mujer sola pasa unos días en una casa que se alza sobre pilotes a la orilla del mar. La mujer se limita a dormir a toda hora: “Y después de tres días durmiendo, despertó”. Recuperada en parte de un cansancio más espiritual que físico, ella entabla un vínculo con Leni, la dueña de la casa, que vive en el piso inferior con su madre, una anciana alemana que agoniza. Las breves conversaciones que mantiene con Leni funcionan, en paralelo, como sondas exploradoras de territorios de su pasado: su trabajo como profesora en San Francisco, un viaje azaroso por Alemania con un antiguo novio, su condición de judía, la muerte de su propia madre. Extraño y hermoso, el relato vuelve explícita su búsqueda cuando la mujer piensa en sus alumnos, en los consejos que les ha dado: “Tantos amables sermones que había soltado sobre la necesidad de limpiar de minas la propia mente, limpiarla de trampas para los desconocidos que se acercaban, aquellas trampas mortales que destruyen tanto al otro como a uno mismo. ‘Dejemos que entre la luz’, les había dicho. ‘Dejemos que entre la luz’, se suplicaba a sí misma cuando estaba sola”. Esta es la clase de belleza que emerge a lo largo del libro.

La composición de cada relato, capa sobre capa, busca crear un efecto ambiental que propicie nuestra comprensión de los personajes. Eso hace que los finales puedan resultar decepcionantes para aquellos cuyo modo de lectura exija explicaciones o, al menos, conclusiones parciales. Los relatos de Berriault tienen finales no sólo abiertos, sino también difuminados, como si la tinta fuese volviéndose cada vez más tenue a medida que el texto se agota. Algunos críticos de cine utilizan el término “grower” para referirse a filmes que, si bien pueden no causar un gran impacto inicial, se sostienen en la memoria y siguen acompañándonos, cambiando y creciendo durante mucho tiempo. Algo en la escritura de Berriault responde a este concepto, como si su literatura fuera una planta que, para desarrollarse, necesitara tierra buena, tiempo y luz.

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