Delinco

El Hospital Vilardebó.

Dibujo: Ombú.

El primer recuerdo que tengo del hospital Vilardebó es su geografía corporal. En los patios, cuerpos errantes, mendicantes de tabaco y oídos. En las salas, postrados y silenciosos. En todas partes, cuerpos temblorosos. Un hospital psiquiátrico es, como cualquier hospital, un reducto de los cuerpos. Pero, como en las milongas del alma de Benavides (“El alma está en el cuerpo, es cuerpo vivo, es la sangre purísima en su arteria, el aceite de paz que da el olivo, si alma duele, el alma es la materia1), en un manicomio “el alma es la materia”, y esa materia, a la vez que está, es el cuerpo.

En el año 2000 el Vilardebó estaba como puede estar un hospicio público después de décadas de abandono. El “Cholo”, un viejo funcionario, nos llevó a recorrer todos los rincones del hospital. Para aquellos estudiantes de psicología de 19 años ese viaje al centro de la Tierra fue la pérdida de la inocencia. Por nuestros ojos, nuestro olfato y nuestro miedo supimos allí que la pobreza, el encierro, la soledad y la violencia eran el fondo ominoso de la profesión en la que empezábamos a formarnos. Luego vinieron los textos de la antipsiquiatría y los viajes a los congresos de Salud Mental y Derechos Humanos de las Madres de Plaza de Mayo. Pero antes de todo eso hay una mujer en harapos, piel y huesos, con la cabeza rapada, abrazándose las rodillas en un rincón de un camastro de cemento, dirigiéndonos una mirada insostenible desde el otro lado de las rejas. Franco Basaglia decía que todo interno psiquiátrico expresa un conflicto social.

En un momento del recorrido llegamos a una pared tapiada. Al preguntar por ese rastro, nuestro guía nos informó que allí había estado la “pieza” del “Gallego” Mas Mas. En 1972, cuando el militante tupamaro Antonio Mas Mas cayó preso, los milicos lo acusaron de haber sido quien ajustició a Dan Mitrione. Lo torturaron con saña, como si vengaran al agente de la Cía aplicando todas sus enseñanzas, constantemente, en el mismo cuerpo, hasta la locura. Un soldado es un mero cuerpo obediente. Tiempo después Mas Mas fue internado en el Vilardebó. Lo pusieron en una pieza-celda vigilada por un soldado armado hasta los dientes. Lo tuvieron un tiempo atado a una cama o parado con los brazos en cruz sujetado a la pared por grilletes. Así hasta que una doctora se negó a atenderlo en tales condiciones “hospitalarias” y logró que se atenuaran un poco los rigores de su internación. El Cholo nos dijo que uno de los momentos más emocionantes de su vida fue cuando, al terminar la dictadura y votarse la amnistía a los presos políticos, una multitud se congregó en la calle Millán y recibió al Gallego cantando el himno. Un cuerpo más grande, abriéndose como un abrazo y derrotando al olvido, por una vez. Al salir, Antonio se fue a su Palma de Mallorca natal, donde murió en 2003, a los 56 años de edad.

Algunos años después, en una cena en la que estaba Daniel Viglietti, conté esta historia. Viglietti se interesó, y luego de mi narración agregó otro capítulo. Contó que a fines de los ochenta o comienzos de los noventa dio una serie de recitales en España. Al final de una de sus actuaciones, cuando ya se retiraba, se le acercó un hombre que, sujetándolo fuerte del brazo, le dijo: “Delinco. “Delinco” es una bellísima canción erótica que forma parte del disco Esdrújulo. Viglietti no la había cantado esa noche, y quedó impresionado por el gesto de este espectador, ya que “Delinco” era una composición por la cual él como creador sentía un gran cariño, pero que no formaba parte de las preferencias habituales del público, que siempre pedía “El Chueco Maciel”, “A desalambrar” o “Gurisito”. Sintió de inmediato una gran complicidad sensible con esa persona que se conmovió con la misma canción –si no desconocida al menos desapercibida– que a él lo conmovía. Aquel cómplice aparecido de entre el auditorio español era el Gallego Mas Mas.

Dice Michel Foucault2 que hay tres figuras que nos confirman que nuestro cuerpo no es, al fin de cuentas, pura utopía (“utopía rabiosa”, dice). El espejo y la muerte, cada cual, devuelven el cuerpo a su unidad elemental, fuera de toda volatilidad utópica. Pero ni en el reflejo ni en el cadáver podemos, propiamente, estar, con lo cual son finalmente utopías cerradas sobre sí mismas. Cuando sí nuestro cuerpo apacigua su utopía es al existir, con toda densidad, en el acompasamiento de ritmos y respiraciones, refugios y expediciones, con otro cuerpo haciendo el amor. Cuando “a lo cóncavo lo cubro, con la piel de lo convexo”. Porque a diferencia del espejo y la muerte, en el amor –dice Foucault–, “existiendo entre las manos del otro, el cuerpo está ahí”. “Delinco” es un canto a esa experiencia profunda del cuerpo confirmándose vivo en la fusión momentánea con su alteridad más próxima, para desde allí descubrir unos “ojos ojeras de tantas esperas”.

La complicidad entre Mas Mas y Viglietti se tramaba, o se podía tramar, lo sabemos, con otros hilos (ideológicos, políticos, combativos). Y sin embargo estaba hecha, sobre todo, de “Delinco”. En los máximos límites imaginables de sufrimiento físico y psicológico, desde las barrancas del encierro y la locura, agotado, aislado de todo lo que no sea un verdugo, para resistir: “Delinco de noche, me atrevo a otros cuerpos, de día me duermo, soñando que es cierto”. Cuando todo se vuelve “nuda vida”, como analiza Agamben para el campo de concentración, en ese terreno hay también una resistencia. Porque no hay sólo nuda vida si hasta “el ojo de mis huesos, mira siempre hacia lo humano”.

  1. Washington Benavides, “Milonga del alma IV”.
  2. Michel Foucault, “El cuerpo utópico”.

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