Demostrar lo contrario - Brecha digital

Demostrar lo contrario

Sexo, exilio y rock and roll, de Ali Eskandarian. Traducción de Santiago del Rey. Malpaso Ediciones, Barcelona, 2017. 203 págs.

Sexo, exilio y rock and roll, de Ali Eskandarian. Traducción de Santiago del Rey. Malpaso Ediciones, Barcelona, 2017. 203 págs.

“Creo que será la gran novela iraní-americana y así la calificaré hasta que alguien demuestre lo contrario”. Con esas palabras definía el músico Ali Eskandarian (1978-2013) a su primera novela, originalmente titulada American Immigrant, rebautizada luego por los editores en inglés como Golden Years y editada recientemente y por primera vez en español bajo el título Sexo, exilio y rock and roll por el sello Malpaso. Estamos ante uno de esos libros que llegan precedidos por una historia llamativa y trágica: Eskandarian se crió en Irán en tiempos del régimen del ayatolá Jomeini, emigró con su familia hacia Alemania y finalmente se radicó en Estados Unidos. Tuvo una carrera apenas reconocida como músico indie –su trabajo musical se puede escuchar disperso por Internet, en grabaciones esencialmente caseras y algunos videos– y murió el 11 de noviembre de 2013 cuando un colega disparó contra él y otros músicos en Brooklyn por motivos bastante confusos. La novela fue editada por primera vez y de manera póstuma en noviembre de 2015.

Si partimos del postulado del propio Eskandarian, tenemos que decir, ante todo, que en Sexo, exilio y rock and roll hay muy poco de lo que suelen incluir aquellos libros que han aspirado –declarada o subrepticiamente– al quizá excesivamente pesado título de “gran novela” en Estados Unidos. Los libros a los que se les ha atribuido históricamente el rótulo de “gran novela americana” suelen ser, casi sin excepción, novelas realistas de afán abarcativo que pintan un fresco completo, temporalmente elástico y variado de la realidad social de Estados Unidos, y que fácilmente sobrepasan las cuatrocientas páginas. Algunos de los más grandes escritores de todos los tiempos han intentado –o en todo caso los críticos lo intentaron por ellos– esta proeza literaria típicamente estadounidense. Sexo, exilio y rock and roll, sin embargo, realiza un abordaje enfocado casi exclusivamente en el ambiente indiehipster de principios de la década pasada, no respeta una línea temporal definida ni cubre un período extenso, y no llega a las doscientas páginas. Lo de Eskandarian vendiéndola al editor como “la gran novela iraní-americana” puede evidenciar una falta notable de conocimiento del término empleado por parte del autor, pero resulta antes que eso un gesto levemente provocador. Y ahí podríamos ubicarla: en un lugar muy alejado del canon de las grandes novelas, más cerca de esas novelas fragmentadas, construidas a modo de collage, que suelen estar protagonizadas por jóvenes algo perdidos en su tiempo, escritas en tono irreverente y combativo, condimentadas con algo de jerga y mucha droga y música pop. El estilo que en los noventa estelarizó a Irvine Welsh y que recientemente ha practicado Virgine Despentes. Una línea que, centrándonos en Estados Unidos, desciende en primer grado de la generación beat, en segundo grado de Bukowski/Fante y en tercer grado de Burroughs.

Pero semejantes referencias le quedan grandes a Eskandarian. La prosa es todo lo fluida y musical que cabría esperar de un libro carente de un argumento propiamente dicho, pero satura después de las cien páginas y la primera persona empieza a sonar como un compendio de tonos, citas, frases e intenciones leídas con anterioridad pero ejecutadas con mayor lucidez y gracia, casi como una voz que disfruta demasiado de escucharse a sí misma y por lo tanto se mueve en círculos. La novela tiene algunos momentos logrados, buenas descripciones, períodos en los que parece finalmente ganar forma, pero continuamente se desarma, como si sobrevolara ese territorio literario al que aspira sin detenerse en ningún momento. No hay nada nuevo en el grupo de jóvenes hedonistas que se la pasan de fiesta en fiesta quejándose de que el mundo no tiene sentido, tal vez, simplemente, el hecho de que sean inmigrantes, de manera que volver sobre el particular requiere de una nueva destreza que Eskandarian no alcanza a exhibir, moviéndose entre el cliché, las reflexiones cuasi místicas y –acaso lo más rescatable– un sentido musical de la frase que a pesar de todo arrastra al lector a través de las páginas.

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