Desafiando al régimen

Jafar Panahi es indomable. Desde que el gobierno iraní lo condenó a seis años de prisión por los cargos de conspiración y propaganda contra la república islámica, con la prohibición expresa de filmar durante 20 años, sacó tres películas que se distribuyeron en el exterior y arrasaron con premios en los festivales internacionales.

Su filme Esto no es una película salió del país en un pendrive escondido dentro de una torta. La presión internacional ininterrumpida de muchos colectivos de artistas, movimientos de derechos humanos y figuras públicas –incluido el presidente Barack Obama– que se manifestaron a favor del director, sumada al cambio de autoridades en Irán, llevaron a que Panahi fuera liberado. Ahora sigue pesando sobre su persona el arresto domiciliario y la prohibición de hacer películas.

Pero el cineasta no entiende de restricciones, y Closed Curtain (2013), su primer filme concebido luego de su liberación, es una obra distinta, filmada en interiores, más bien hermética y alegórica. Con su última película, la llana y directa Taxi,1 Panahi vuelve a sus mejores momentos. Con su realización violó doblemente la prohibición, filmando a través de las calles de Teherán desde un coche que él mismo conduce. Como le dice en una escena a un estudiante de cine que le pide consejos: “Lo principal es salir a la calle”.

Con la naturalidad característica y el incomparable realismo del director iraní, la película hace pensar en una aproximación documental, en personajes que entran y salen del taxi casual y aleatoriamente. Panahi es un maestro del artificio, un genio a la hora de utilizar los recursos cinematográficos para generar la ilusión de que no hay artificio en absoluto, y que aquello por él presentado no es más que un simple retazo de vida. En un estilo que lo emparenta con otros maestros como Eric Rohmer, Hong Sang-soo o los hermanos Dardenne, es difícil equipararse con él en este sentido. Así es que en un recorrido de 80 minutos se suceden personajes no-actores que conversan con el director, plantean sus inquietudes, sus problemas particulares, discuten sobre temas acuciantes y, sobre todo, sobre el sistema de prohibiciones y castigos impartidos por el régimen teocrático.

Pocos cineastas tienen la capacidad de sugerir tantas cosas con apenas un par de pinceladas, y al mismo tiempo con premisas cinematográficas que prácticamente no se han visto. Taxi es la clase de películas que llevan a pensar en el audiovisual como un formato casi inexplorado, en que lo único que hace falta es salirse un poco de los parámetros dominantes para ofrecer un abordaje absolutamente fresco y diferente. Las cámaras, giratorias, son colocadas junto al parabrisas, filmando lo que ocurre dentro y fuera del taxi; y su conductor, Panahi, con el semblante semisonriente y cálido, demuestra ser –con una película aparentemente inofensiva y apacible– uno de los más agudos críticos de la censura y la represión que le toca vivir en su país.

El taxi no es como los que frecuentamos por estas latitudes, sino un savari (taxi compartido), es decir que durante el curso de un viaje pueden subir varios pasajeros que van en una misma dirección. De esta manera, en un recorrido un ladrón tiene una reñida discusión sobre la pena de muerte con una maestra, un pirateador de Dvd viaja al mismo tiempo que un hombre ensangrentado que debe ser llevado con urgencia al hospital, y varias señoras destratan a Panahi por no hacer bien su trabajo. Dentro del taxi se suceden personajes representativos de la sociedad iraní y, omnipresente, fuera de campo, invisible pero ineluctable, el régimen se hace sentir de un modo u otro, ya que todas las situaciones están relacionadas con el delito, las penas, la arbitrariedad y los difusos límites entre lo legal y lo ilegal. Desde un amigo de Panahi que no quiere hacer la denuncia de un robo porque teme por las consecuencias que pueda traer a los culpables, hasta un niño que no se anima a devolver un dinero que encontró tirado, o una pareja que se apura a filmar con un celular un testamento antes de llegar al hospital, las reflexiones se imponen, dando cuenta de hasta qué punto Irán es un mundo aparte. Algunos detalles, como cuando Panahi cree oír en la calle la voz de uno de sus interrogadores en la prisión, nos llevan a recordar la brutalidad de la dictadura imperante. Una escena determinante tiene lugar cuando sube al taxi la abogada por los derechos humanos Nasrin Sotoudeh, una figura que, junto a Panahi, estuvo presa e incomunicada y llegó a hacer huelga de hambre por 49 días, casi hasta morir de inanición. En los fotogramas se la ve radiante, con una simpatía sólo equiparable a la del mismo cineasta, y demostrando en los hechos y con sus palabras que la única vía posible es la resistencia. “Que no salga en tu película lo que acabo de decir, te acusarán de conspiración”, le sugiere, con conocimiento de causa, al director; y por supuesto que Panahi no obedece, demostrando con el gesto que, en definitiva, no existe prisión alguna que pueda silenciarlos.

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