Desatar el nudo

Feminismo y sindicalismo.

Marcha del 8M en Montevideo / Foto: Magdalena Gutiérrez

Y retiemble en sus centros la tierra

al sororo rugir del amor.

De “Canción sin miedo”, de la cantante feminista mexicana Vivir Quintana

El coronavirus parece haber acelerado la ruptura del pacto redistributivo que caracterizó al período progresista. Si bien era previsible que, ganara quien ganara las elecciones, la clase trabajadora tendría que afrontar un ajuste económico, el nuevo escenario de la pandemia parece haber dejado más a la vista que nunca que la conciliación de clases, aunque se haya erigido como sustento ideológico y político de gran parte de nuestro funcionamiento social capitalista, es una mera ilusión.

Con alrededor de 140 mil personas que solicitaron el seguro de paro, con los trabajadores y las trabajadoras informales en situación de absoluta emergencia y frente al desarrollo de una crisis social y económica sin precedentes –signada por una nueva y escalofriante incertidumbre–, en un escenario en el que el gobierno declara que su abordaje tiene un enfoque no político, sino sanitario, pero decide enviar, de todos modos, la Luc al Parlamento, el movimiento sindical vuelve a aparecer como un actor fundamental para la defensa de nuestros derechos. Sin embargo, a pesar de la coyuntura acuciante, no parece lúcido negar que la propia estructura de representatividad del Pit-Cnt venía siendo cuestionada, antes del virus, en varios sentidos; entre otros, en función del empuje que los feminismos de izquierda lograron tener en los últimos años. Con enormes dificultades, compañeras activas dentro del sindicalismo (y también algunos compañeros capaces de comprender la dimensión opresiva de la variable de género) venían poniendo sobre la mesa la necesidad de construir un gran bloque social en el que pudieran articularse los reclamos de variadas organizaciones. Pero es claro que un desafío así exige la revisión de lógicas de funcionamiento interno que, en muchos casos, parecen inamovibles.

Como afirma la doctora en Ciencias Sociales Ana Laura de Giorgi en su tesis sobre el feminismo en el Uruguay de los ochenta,1 para muchas mujeres protagonistas de la militancia durante la apertura democrática resultó imposible hacer valer, de manera sostenida, sus reclamos y prioridades en los espacios mixtos de aquella izquierda. En estos 40 años, al movimiento obrero le ha costado mucho relacionarse de modo constructivo con la memoria de esos aprendizajes y asumir los costos que ciertas cegueras históricas vienen significando no sólo para la vida personal de miles de compañeras, sino también para la consecución de un proceso claro de continuidad o contigüidad entre las luchas feministas obreras y las otras, las independientes, que también son, en muchos casos, trabajadoras y anticapitalistas, pero florecen en modos de organización alternativos.

Ya no estamos en los ochenta: hoy el movimiento de mujeres es uno de los más grandes del país y el mundo, y es el que más ha logrado repolitizar la cotidianidad de las personas, poniendo en juego la relación entre la sustentabilidad de la vida y la organización comunitaria de la sociedad. Al decir de la referente marxista y feminista Silvia Federici: “Nosotras como feministas, los movimientos de mujeres en todo el mundo, hace muchísimos años venimos repitiendo que este sistema no garantiza nuestro futuro, no garantiza nuestra vida. […] Tenemos una mirada particularmente clara de la importancia de la reproducción de la vida, de cuáles son nuestras vulnerabilidades y necesidades. Podemos ver que necesitamos una lucha muy amplia”.2 ¿Por qué no logramos que esa sabiduría sea reconocida, de una vez, como un cuerpo de conocimiento fundamental para cualquier movimiento emancipatorio latinoamericano?

Es evidente que asumir la erradicación de la opresión de género como parte esencial de su programa no resulta nada fácil para la izquierda trabajadora uruguaya. Muchas veces, sus lógicas históricas resultan expulsivas, porque van en contra de la horizontalidad característica de muchos procesos feministas. Pero, además, cuesta que se concrete una mirada clara y contundente acerca de la inclusión, en el movimiento sindical, de las personas que realizan trabajos informales, entre las cuales hay una enorme cantidad de mujeres. Aun cuando es innegable que se ha avanzado en ciertos temas, en las plataformas masivas de reclamos rara vez se menciona el trabajo no remunerado y la existencia de la doble o triple jornada laboral para las mujeres cuidadoras. Hoy, más que nunca, se necesitan, en los organismos representativos, reflexiones contundentes sobre la interseccionalidad entre racismo, colonialismo y explotación, sobre cuáles son las alternativas laborales y de producción de alimentos que respetan el medioambiente, sobre la urgencia de erradicar la brecha salarial, sobre las diferencias flagrantes entre quienes viven en la capital y quienes viven en el Interior. Eso también es parte del conocimiento feminista.

Es tiempo de lograr que la situación laboral de una empleada doméstica resulte tan simbólica, emblemática y definitoria de la lucha de clases como la de un obrero de la construcción. Y, sobre todo, hace falta una discusión profunda que derive en acciones y protocolos de aplicación real acerca de cómo abordar los casos de violencia sexual y acoso dentro del propio movimiento sindical. Resulta impactante la cantidad de testimonios de mujeres sindicalistas que, incluso con fallos judiciales a su favor, no logran que se las escuche y se ven obligadas a compartir espacios con sus abusadores. No es accesorio: es prioritario luchar contra el proceso de revictimización de las mujeres que denuncian y dejar de pensar que “se trata de un problema menor”. No alcanza con declararse contra los feminicidios y marchar el 8 de marzo: debemos luchar para desarmar los mandatos heteronormativos y patriarcales que se articulan con las variables de clase para anudar los modos de represión que impactan en el cuerpo de todas las personas, en particular, en el de las mujeres, las disidencias y las niñeces.

Por otro lado, si bien integran en muchas de sus formulaciones teóricas y prácticas la variable de clase –de hecho, son miles las mujeres que están llevando adelante las ollas populares que batallan contra la soledad y el hambre–, a veces cuesta reconocer que, en sí mismos, los feminismos de izquierda también presentan contradicciones. Cuando el solo hecho de ser mujeres es la única vara de medida para agruparnos, articulamos con otras en un espectro ideológico muy amplio. Esa flexibilidad que nos permitimos para ejercer ciertos reclamos a pesar de las hondísimas diferencias, podemos tenerla para ocupar espacios vinculados al movimiento obrero, aun siendo conscientes de que se trata de un transitar impuro e imperfecto. Del mismo modo, aunque la concepción de “educar a los compañeros” se encuentre muy resistida por gran parte de los feminismos –porque, muchas veces, la historia demuestra que ha sido una tarea infértil–, no es tiempo de bajar los brazos. La variable económica no es la única en la que la opresión de género se hace visible, pero es uno de los núcleos más persistentes –junto con el que conforma el higienismo sanitario, que ahora se ha vuelto tan poderoso– entre los que nos impiden salir de las situaciones cotidianas de violencia. En ese sentido, además de escuchar con atención a las compañeras que están dando la lucha desde adentro, una posibilidad interesante puede ser armar un gran frente obrero feminista que encauce la discusión de algunas de estas problemáticas.

Asimismo, tal vez sea hora de pensar en un sindicalismo que, más que “conducir” el proceso de enfrentamiento social, se vuelva un actor más en un ancho bloque de negociación, pensamiento y acción. Este nuevo contexto, de tanta incertidumbre, nos exige buscar nuevas alianzas, establecer diálogos amplios y renunciar a valores tan netamente patriarcales como la soberbia y la competencia, más allá de la genitalidad de los cuerpos que encarnen esos valores. Es tiempo de dar lugar a los reclamos comunes, lo que no quiere decir negar las discusiones y las diferencias, sino, más bien, dejar de pensar en ellas como debilidades y resignificarlas para el reconocimiento paritario de una nueva pluralidad.

El mundo ha cambiado. Podemos dar vuelta los paradigmas y animarnos a soñar otros escenarios. Un movimiento sindical flexible y atento a generar consensos internos y nuevas alianzas puede hacer la diferencia a la hora de acompañar y respaldar a miles y miles de personas que lo necesitan. Para que también aquí, en Uruguay, como dicen las compañeras mexicanas, retiemble en sus centros la tierra al sororo rugir del amor.

1.   “La nueva izquierda feminista en el Uruguay de los 80. Las mujeres comunistas y el encuentro con el feminismo durante la democratización”, Ana Laura de Giorgi, 2019.

2.            Entrevista disponible en ‹www.lamareanoticias.com.ar/2020/04/22/silvia-federici-capitalismo-reproduccion-ycuarentena›.

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