El desborde del 68 en clave uruguaya

Medio siglo de la rebelión estudiantil.

Liber Arce por Ombú.

Por debajo de las grandes manifestaciones fue asomando las orejas una cultura política diferente a la hegemónica, aquella suavemente ondulada que interiorizamos desde niños. Esa cultura nunca se convirtió en sentido común, no encarnó en las instituciones ni en los modos de hacer de los grandes partidos, pero fue capaz de darle forma a ese otro país que, a pesar de los pesares, germina pero nunca termina de nacer.

El 68 estudiantil uruguayo fue una energía juvenil colectiva que se hizo sentir en todos los poros de la sociedad, desde la cotidianidad de la vida familiar hasta las bulliciosas movilizaciones callejeras, impactó en los hábitos y hasta en las formas de vestir, por lo que no puede circunscribirse a un solo plano de la vida. Mucho tiempo después fuimos descubriendo los impactos, que siguen sorprendiendo por su capacidad de darle color a la vida, en este país de grisuras.

El 68 fue el año de la ofensiva del Tet en Vietnam, que descarriló la invasión estadounidense, pero también el de la invasión soviética a Checoslovaquia, el asesinato de Martin Luther King, que incendió los guetos negros, el más mediático de París y el trágico de la masacre de Tlatelolco, para alfombrar la realización de los Juegos Olímpicos en Ciudad de México. Un año antes había visto la luz Cien años de soledad y en el 68 se empezó a hablar del boom de la literatura latinoamericana, que puede haber sido el mayor impacto en la cultura escrita en la historia de nuestro continente.

CONMOCIONES. En rigor hubo dos 68 en Uruguay: el de los estudiantes, ese mismo año, y el de los obreros, al año siguiente. La revuelta estudiantil se concentró en cinco apretados meses, entre la dura represión policial a la marcha del Primero de Mayo, focalizada en la columna de los cañeros llegados de Artigas, y el cierre de los centros de enseñanza secundaria, Utu y la Universidad, decretado por el gobierno de Jorge Pacheco Areco en la tercera semana de setiembre, para contener las protestas.

En esos 140 días se produjeron del lado estudiantil 56 huelgas, 40 ocupaciones de centros, 220 manifestaciones y 433 “atentados”, en general pedreas y lanzamiento de bombas Molotov a comercios identificados con Estados Unidos, como Pan American y General Electric, entre otros. En paralelo, el movimiento sindical realizó a lo largo de todo el año 164 huelgas, 447 paros y 87 ocupaciones, entre empresas públicas y privadas. Los datos vienen recogidos en uno de los libros dedicados a lo sucedido ese año: 1968: la revuelta estudiantil, del historiador y luego decano de la Facultad de Ciencias Sociales Jorge Landinelli.1

Si contamos sólo los días hábiles, en esos meses los estudiantes realizaron casi dos manifestaciones diarias y cuatro acciones por día (conocidas como “manifestaciones relámpago”), que involucraban a pequeños grupos de jóvenes, desprendidos de las manifestaciones masivas o autoconvocados, que lanzaban bombas de alquitrán o incendiarias y se dispersaban rápidamente. Además de las empresas identificadas con el “imperialismo yanqui”, eran objeto de la ira estudiantil las empresas nacionales en conflicto, dependencias policiales y locales de partidos políticos tradicionales, en particular del gobernante Partido Colorado.

Según el libro publicado ese mismo año, La rebelión estudiantil, de Carlos Bañales y Enrique Jara, ya a mediados de mayo había diez liceos ocupados, dos cerrados por huelga y otros tres clausurados por las autoridades para evitar la ocupación.2 El activismo estudiantil había escalado desde la lucha por el precio del boleto hasta la solidaridad internacional (Vietnam ocupaba portada tras portada de Marcha) y la solidaridad con los gremios obreros en conflicto, la militarización de funcionarios públicos y la aplicación de medidas prontas de seguridad.

Casi todos los días se registraban enfrentamientos con la Policía y la Guardia Metropolitana. Pero a fines de mayo los estudiantes de magisterio, que tenían ocupado el Instituto Normal, del Prado, comenzaron a realizar “contracursos” con los mismos docentes y en los mismos espacios, pero bajo “control estudiantil”, una medida que según Bañales y Jara se practicaba “por primera vez en la historia de Uruguay”. La innovación fue muy bien recibida por los liceales, que rápidamente la generalizaron, agregándole en algunos casos los “peajes” con entrega de volantes a los automovilistas.

En junio la protesta se extendió a Utu y a varias facultades, en particular Medicina y Agronomía, mientras varios estudiantes eran heridos por balas policiales. En julio el gobierno militarizó a los trabajadores de Ute, Ose y Ancap y la Policía allanó la sede de la Cnt y cuatro facultades, violando la autonomía universitaria. A partir de este momento, las luchas estudiantil y obrera se entrecruzaron y se generaron acciones conjuntas: barricadas de estudiantes de medicina y obreros de Alpargatas en las inmediaciones del Palacio Legislativo, confluencia de obreros frigoríficos y estudiantes en el Cerro.

La muerte de Liber Arce el 14 de agosto y de Hugo de los Santos y Susana Pintos, el 20 y 21 de setiembre, con masivas concentraciones en los respectivos cortejos fúnebres, llevaron al Ejecutivo a clausurar los cursos, el 22 de ese mes, mientras la Cnt decretaba un nuevo paro general.

UNA DOBLE INFLEXIÓN. Si posamos la mirada en lo sucedido puertas adentro de los gremios, en particular en secundaria y Utu, que eran los menos institucionalizados, veremos cómo el desborde tuvo también una cara interior. Los dos trabajos citados destacan que las instituciones estudiantiles fueron sobrepasadas por el activismo juvenil. Mientras en la Feuu las fuerzas conservadoras y las radicales estaban más equilibradas (las primeras defendían la invasión a Checoslovaquia y las segundas la condenaban), en Utu fue donde las prácticas colectivas fueron más novedosas, mientras en el Iava se habían vuelto habituales las asambleas por clase y la asamblea de delegados para la toma de decisiones.

Algunos gremios en las escuelas de la Utu eliminaron la figura del “secretario general” o alguna similar, y entre sus fines figuraba, además de la impugnación del régimen, evitar el surgimiento de una “casta dirigente”, según recoge el trabajo de Bañales y Jara, mediante el control de los delegados electos para evitar que se autonomizaran de las asambleas que los mandataban.

Esta incipiente cultura política que apareció fugazmente en 1968, llegó a ser moneda corriente en algunos gremios estudiantiles y en algunos sindicatos, en particular entre los textiles liderados por Héctor Rodríguez y en Funsa, bajo la batuta de León Duarte. Y poco más. Desde 1971 se refugió en algunos comités de base del recién creado Frente Amplio, cuyas fuerzas hegemónicas no habían contemplado la necesidad de esos colectivos poblados de “independientes”, siempre sospechosos de “desviaciones”. El primero surgió en la textil Alpargatas y pronto se multiplicaron hasta rebasar los 500 sólo en Montevideo.

En los estertores de la dictadura esa cultura nómade renació en el Plenario Intersindical de Trabajadores, desde 1983, hasta que el conservadurismo la atrapó en su telaraña. Renació con inusitado vigor en muchas de las 300 comisiones barriales que impulsaron el referéndum contra la ley de caducidad, enhebrando sus potencias con el rock nacional (que los conservadores tildaban de “imperialista”).

Esa contracultura, o como quiera llamarse a los modos de hacer anclados en la vida cotidiana que no buscan la hegemonía sino potenciar la diferencia, se expresó en cada referendo convocado y en las ocupaciones liceales de 1996. Sigue viva, pero sólo asoma las orejas cuando quiere, o puede; o cuando los políticos institucionales están distraídos en sus negocios.

 

  1. Publicado por Banda Oriental en 1989.
  2. Publicado por Arca en 1968.

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