Desbordes imperiales - Semanario Brecha
Con la historiadora Lauren Benton, desde Medio Mundo y Ansina hasta las atrocidades actuales

Desbordes imperiales

Una mujer que hace 40 años fue la primera en investigar los desalojos de los conventillos montevideanos continúa preguntándose –ahora como profesora de historia global en una de las universidades más importantes del mundo– cómo la legalidad permite semejantes niveles de crueldad. De viaje por Uruguay, Benton sigue la pista de una patente de corso de Artigas comprada en el puerto de Baltimore. «Hubo muchos corsarios estadounidenses luchando contra los españoles en el Atlántico en nombre de Artigas», le cuenta a Brecha.

Magdalena Gutiérrez.

Así como hay discos de culto, películas, libros, también algunos textos de las ciencias sociales tienen una aureola mística. Y reconozcamos que los años ochenta tuvieron su potencial en esto de generar mitos. Tras algunos ilustres antecedentes, la sociología urbana en nuestro país comenzó a tomar fuerza a la salida de la dictadura con las encuestas en asentamientos y los primeros análisis de la segregación. La década concluyó con la colosal formulación de la teoría de activos y oportunidades de Rubén Kaztman y Carlos Filgueira: un estructural-funcionalismo crítico que aún hoy es hegemónico. La música que escuchan todos es buena porque nos permite bailar juntos y porque no está nada mal para poner de relieve las desigualdades espaciales en Montevideo. Un lugar común en esa literatura y desde entonces hasta ahora es tomar como un hecho el «vaciamiento del Centro».

Pero, a total contrapelo, hace 40 años se publicó uno de esos textos de culto, muy under: una estudiante de doctorado estadounidense de 26 años becada en Uruguay investigó, en un trabajo de campo extraordinariamente concienzudo, la demolición de los conventillos Medio Mundo y Ansina. Se trata de un artículo lleno de preguntas valiosas, para empezar, acerca del centro de la ciudad y las expulsiones, a contracorriente del enfoque que circunscribe el problema a las periferias. Avanza rápido con desparpajo, sin la habitual parsimonia y solemnidad del campo, con datos originales que dan cuenta de la magnitud de los desalojos y que parecen recolectados con esmero, con numerosas entrevistas y material de archivo.

Ese texto nos interpela sobre los mecanismos de construcción de las periferias, la importancia de las expulsiones y los desalojos en la conformación del área central de la ciudad, y vuelve el asunto relacional porque –sin utilizar el término– muestra procesos que ahora se llamarían gentrificación. Pero más allá de los estudios urbanos es también, y sobre todo, un trabajo fundacional para los estudios afro, para testimoniar ese momento histórico y dar cuenta de la racialización de la segregación urbana. Hoy, como es sabido, la proporción de personas afro en Casavalle supera ampliamente la de Barrio Sur y Palermo. Hubo entonces lo que ahora llamarían un proceso de blanqueamiento.

En todo, el artículo resulta misterioso. ¿Qué hacía aquí la estudiante que lo escribió? ¿Por qué eligió ese tema? ¿Cómo hizo esa investigación en tres meses? ¿Cómo obtuvo tanta información? En los estudios urbanos ese es el único trabajo conocido por aquí de Lauren Benton.

Ahora aquella estudiante es una prestigiosa historiadora y docente en la Universidad de Yale, Premio Toynbee por la contribución de su trabajo al estudio de la historia global. Y se concentra en la larga duración: los imperios, el colonialismo y el derecho entre los años 1400 y 1900. Su último libro, de 2024, Lo llamaron paz, se dedica a la violencia de los imperios. Y en él Lauren no puede evitar llegar casi hasta la actualidad: sus conclusiones, que se titulan «Los espectros de la violencia imperial», dejan las cosas al pie de Ucrania, de Gaza, de Venezuela o de Irán, casi como un vaticinio.

¿Por qué viniste a hacer esa investigación en Uruguay, Lauren?

—Conocí a mi esposo en Madrid en 1978, en un albergue. Es uruguayo. Nos quedamos un tiempo allí, pero la situación estaba difícil y fuimos a Estados Unidos.

¡Por amor! ¡Qué maravilla! ¿Y por qué estudiar los conventillos?

—Había venido en 1981 a conocer a su familia. Mi esposo nació y se crio en Isla de Flores. Y al lado de donde vivía mi suegra hubo un conventillo, que luego cerró, no sé si por desalojo o por decisión de su dueño. Uno pequeño. Cuando llegué, ya no estaba, pero la gente hablaba mucho del lugar, y en las conversaciones, los cuentos, las historias de mi marido parecía haber una textura particular. Me pareció una buena idea para una microhistoria. Y cuando empecé a preguntar, todos me decían: «Ah, pero estuvieron los desalojos de Ansina, esos fueron enormes». Me interesó. Estaba estudiando antropología y pude conseguir una pequeña beca y un profesor de Hopkins con quien trabajaba sobre empleo informal, Alejandro Portes, me contactó con un sociólogo de aquí, [Carlos] Filgueira, de Ciesu [Centro de Informaciones y Estudios del Uruguay] y vine en julio y agosto de 1982.

Claro. En la dictadura las ciencias sociales proscritas en la Universidad de la República tenían lugar en ese instituto y otros parecidos. ¿Conociste algo del ambiente académico de aquí?

—No, para nada. Solo vi a Carlos un par de veces. Más bien hice muchas entrevistas y trabajo de campo. Estuve menos de dos meses. Me quedé con mi suegra.

Hice cientos de entrevistas. Desde los Silva (muy conocidos actores del candombe y dirigentes del Partido Colorado) hasta muchísimos vecinos. Un censo en Martínez Reyna [ex fábrica textil en Capurro], otro en el Corralón [una de las caballerizas a las que también se enviaba a los desplazados]. En el libro menciono a un abogado, Mauricio Kriger, del Frente Nacional de Inquilinos. Él me ayudó mucho. Ese tipo tenía una mente tan clara, realmente era fantástico. Me explicó muy bien el marco judicial, cómo estaban las cosas. Me gustó el final, cuando escribí que había formas de hacer política sin poder. No podían luchar, pero intentaban. No es una política de protestas, pero es política. Se sentía en el aire, además, que algo estaba cambiando, que la dictadura no tenía mucho futuro. Entonces, yo creo que eso ayudó también a que la gente me hablara.

Qué trabajo de campo increíble.

—Era joven. Impresionaba mucho la cantidad de veces que las personas se movían. Un tiempo en una pensión, un tiempo en una casa con alguien, un año en el Corralón, iban a Cerro Norte, que era un sitio triste en aquel momento. Había un aire de tristeza por lo que había pasado y porque estaban tan lejos del Centro. No sé cómo es ahora.

Ahora es uno de los barrios más excluidos del país. Posiblemente, como consecuencia de esas expulsiones. Ahora echamos del Centro a las personas en situación de calle. Un 30 por ciento tiene ascendencia afro. Y los seguimos llevando a galpones, a Casavalle.

—Antes no se veía a personas durmiendo en la calle. Una cosa que hice fue que de alguna forma, en las semanas que estuve aquí, conseguí el listado de viviendas ruinosas. Y fui a ver muchas, para ver quién vivía ahí, y eran gente, eran ocupas, que no tenían dónde vivir. Entrevisté a varios. Había gente en el Corralón que incluso volvía de la periferia y prefería quedarse en el Corralón, porque estaba más cerca de sus cosas, de su ambiente. Lo que conecta también esa época con el ahora es que la imagen de la ciudad moderna es la misma: una ciudad blanca, aséptica, pero no hay un proyecto coherente de cómo llegar a esa ciudad imaginaria, así que realmente es una cosa en el aire, pero que funciona.

Además, la tuya fue la primera investigación sobre el desalojo de los conventillos. Ahora trabajás temas muy distintos.

—Bueno, vine a Uruguay porque estoy escribiendo una microhistoria para poder iluminar la política internacional del momento, sobre un hombre de Baltimore, un corsario que compró la patente de corso de Artigas. Artigas en un momento vendió patentes de corso al embajador en Buenos Aires, que a su vez las vendió en el puerto de Baltimore. Fueron al menos 40 barcos. Hubo muchos corsarios estadounidenses luchando contra los españoles en el Atlántico en nombre de Artigas.

Este corsario asaltó docenas de barcos, y volvió. Pero el valor del botín no es nada si no lo puedes convertir en propiedad legítima. Él lo puso en un banco. No se dio cuenta de que el momento político estaba cambiando, y le hicieron varios pleitos para recuperar el dinero. Un par de casos llegaron hasta la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos, que se hizo preguntas muy interesantes para la jurisprudencia a partir de ellos, como ¿qué es una guerra?, ¿qué es una rebelión?, en el marco de las luchas por la descolonización, ¿qué es una cosa o la otra? También se preguntaron, a partir de la Banda Oriental, ¿qué es un Estado? Son temas muy profundos. A partir de considerar si Artigas es jefe de un Estado o no, discuten cuándo una persona puede decir que es jefe de un Estado. Es un momento en que Artigas tiene importancia internacional. La gente empieza a hablar de qué es un Estado, quién es este hombre, desde los dos lados del Atlántico, con correspondencias de España y Portugal, que presionaban a Estados Unidos para que frenaran a los corsarios. Estaba todo en el aire.

Mirada desde el presente, aquella distribución política se naturaliza como un conjunto de Estados. Pero en aquel momento lo que podía pasar estaba muy abierto. Es interesante captar ese momento. La noción de orden internacional me ha interesado bastante.

Tu último libro, Lo llamaron paz, también menciona el caso uruguayo.

—Contamos siempre la historia como una serie de grandes guerras, de una a otra. Pero, cuando lees mucho de la historia de los imperios, la violencia chica, diaria, constante, las batallas pequeñas, los arrebatos de ira son muy importantes. Trato de pensar en cómo se crea un marco jurídico para la violencia pequeña. Hay una preocupación, a veces muy sincera, por limitar la guerra, pero al mismo tiempo hay formas que abren directamente el camino a la atrocidad legal. Antes, cuando un pueblo no se rendía, había posibilidades de hacer una matanza contra civiles, esclavizar, dañarlos. Como en Uruguay con los charrúas. En el siglo XIX los imperios empiezan a pensar en la violencia pequeña como intervenciones breves, para protección de sujetos o de los intereses del país, y llegan momentos en los que eso se abre directamente a la violencia extrema.

Te referís a una historia de larga duración, que recorre cinco o seis siglos, pero está dramáticamente vigente.

—Escribo de esto en el libro. Creo que continúa la dinámica de los imperios y de la violencia. Parece haber límites, pero llegan momentos en los que es muy fácil abrir la puerta a una violencia extrema. El libro salió exactamente cuando estaba empezando la guerra de Gaza. Y enseguida pensé: no van a parar, porque ya tienen la excusa para desatar la violencia y va a estallar en una matanza. Sí alcanzo a mencionar a Ucrania y el programa y lenguaje de los rusos, que es realmente imperial. No querían hablar de guerra, sino de operación especial. Es lo mismo que Estados Unidos está haciendo en Irán. Lo único que en el gobierno son tan estúpidos que no pueden ni coordinar la terminología que usan. No se dan cuenta de lo que están haciendo. No miraron el mapa. No saben la cantidad de gente que vive ahí. Son mentes muy pequeñas embarcadas en una estrategia para distraer a la gente de otra cosa. En ese sentido parece la guerra de las Malvinas pero mucho más grande. Es un momento triste.

Artículos relacionados

La vuelta al ruedo de Valentina Dos Santos divide al Partido Nacional

El club del clan

Con Patricia Ayala, posible candidata a intendenta de Artigas por el Frente Amplio

«Manejen mi nombre»