Olor a candombe – Brecha digital
Diego Pérez, tambor y voz

Olor a candombe

El domingo 22 de mayo el músico presentará en la Sala Camacuá su nuevo disco, Tecla y lonja, que grabó junto con grandes referentes del candombe, como Foque Gómez, Nego Haedo, Fernando Núñez y Andrés Antúnez.

Foto: Héctor Piastri

Escucharlo cantar y ocupar todo el escenario sin más compañía que su tambor es una experiencia extraña. Cuando Diego Pérez se acomoda para empezar con sus músicas y se presenta, humilde, frente a la platea, nada nos prepara para lo que va a venir. De pronto, su voz se eleva, poderosa y grave, para traernos el sabor de las raíces afro teñidas del candombe beat, del primer Rada, de Mateo. Su presencia en el under montevideano alimenta ese mito urbano que se renueva de generación en generación: el que afirma que el Montevideo de todas las épocas alberga músicos únicos, casi invisibles, que renuevan las tradiciones y, con ellas, nuestra identidad.

—¿Cómo llegaste a la música?

—Soy nacido en Soriano, pero me crie en Trinidad, Flores, luego en Colonia y parte en Montevideo: mis viejos se movían por diferentes partes. Después se separaron, me quedé con mi vieja y aparecieron mi padrastro y su familia. Ellos me enseñaron a escuchar música. Mi padrino, que es hermano de mi padrastro, me enseñó todo lo popular uruguayo: Mateo, Fattoruso, Rada.

—Así que siempre te gustó.

—Siempre. Con mi vieja escuchábamos de todo, desde Los Palmeras hasta Beethoven [risas]. Ella no tiene filtro, y eso está bueno. Ya muy de niño dejé de tener prejuicios, creo que todas las músicas pueden estar unidas, lo que pasa es que hay que pasar por un cierto proceso para poder entenderlo. A los 18 me empecé a vincular con amigos músicos, junté dinero, me compré mi primer instrumento, que fue un cajón peruano, y todo lo tiré para el cajón.

—Cuando decís todo, ¿a qué te referís?

—A lo que iba aprendiendo musicalmente. Hay cosas que no podés tocar con el cajón peruano, pero yo las tiraba igual. No tenía una batería completa, no tenía percusión de cuero, pero le daba. Más adelante fui invirtiendo: decidía que quería un instrumento, me desvivía y lo compraba. Estamos en un país donde es muy caro comprar instrumentos. Pero, bueno, hoy en día tengo lo que necesito.

—¿Y cómo llegaste al candombe?

—Bueno, cuando era niño, me obligaban a ir a catecismo. Capaz que a vos también…

—Obvio, tomé la comunión. No había otra.

—Claro, todo eso. Era todos los sábados de 9 a 12. Cada vez que yo salía de la iglesia de Luján, una iglesia chiquita, sentía el chicarapún, caracá chicarapún [reproduce con la boca el sonido de los tambores]. Tendría 9, 10 años, y resulta que era un taller en el fondo de la iglesia, de un señor que daba talleres de candombe para los niños del barrio. Entonces, un día me hice el loco, salí antes del catecismo y me fui al taller de candombe. Quedé fascinado. No podía creer todo lo que salía de esos tres tambores. Después me fui formando más, tuve el placer y la oportunidad de estar con gente candombera pura, que les cortás las venas y salen tambores.

—¿Como quién?

—Con Heber Píriz toqué pila, aprendí mucho. Me dio lástima haberlo conocido en el último tiempo, cuando ya estaba gastando sus últimos cartuchos. Era una persona muy difícil, pero conmigo se portó muy bien. Recuerdo muchos consejos que hasta el día de hoy me acompañan, fue un tipo muy generoso.

—Tremendo cantor.

—Tremendo. Era como una antena de transmisión: si vos estabas abierto a captarlo, era pura enseñanza.

—¿Cómo te decidiste a cantar?

—Estuve en tríos o cuartetos de candombe y siempre faltaba una voz, y a veces por no querer invertir ni tiempo ni más plata en otra persona yo decía: «Bueno, canto yo». Trataba de dejar todo, y ahí decían: «Bien, Diego, bien». Me fui ganando el lugarcito. Aparte está bueno tocar y cantar, me parece un aporte interesante, porque no hay demasiado de eso. Y algunos cantantes tienen esa costumbre de meter «chico, qué rico…», como una cosa más cubanizada… Para mí el candombe es de acá, de Montevideo. No hay vuelta: Sur y Palermo. Aunque la gente cuando le decís candombe piensa que es el de la calle o el de carnaval y que después desaparece. En realidad, es un género musical mucho más amplio.

—¿Cómo lo definirías, qué lo caracteriza?

—Es una pregunta complicada, difícil de explicar. Diría que es un canal de comunicación. Cuando hablás con candomberos puros, te hablan de la conversa de los pianos, los repiques, y vos los mirás como diciendo: «¿De qué están hablando?». Pero, cuando vas a una cuerda de tambores, prestás el oído y estás concentrado, llega un momento en el que escuchás eso. Parece una locura, pero es cierto, los tambores conversan, y te das cuenta de cuál es más atorador, notás el ego de cada uno, es increíble.

—¿Cómo llegaste al formato de canto y percusión?

—Tengo la influencia de mucha gente, de Mateo, de Rada. Traté de armar una música que ya es conocida (me refiero a lo musical, a lo armónico). No hay que estar inventando nada, simplemente es armar cosas nuevas con un sonido que ya está en la vuelta.

—Al escucharte se siente eso, que estás recuperando algo.

—Sí, me gusta que se recuerde, que estemos pensando en lo que tuvimos y no tenemos, en las personas que ya no están o que están, pero nadie las consume, solo un círculo muy pequeño. Va por ahí: un candombe bien urbano, que sea lo más montevideano posible. Traté de contagiarme ese olor a calle, a candombe. Hay que ser respetuoso con la historia. Yo traté de llegar a los referentes para que me dieran información, para poder tener la espalda de hacer algo con tranquilidad.

—Una pertenencia.

—Exactamente.

—¿Cómo fue armar tu último disco?

—Son todas canciones propias. Quería hacer algo con piano y con tambores; por eso se llama Tecla y lonja. Algunas son canciones viejas que las pasé por el filtro del candombe. Y las letras podrían ser de cualquier género. Porque, casi siempre, cuando decís que hacés canciones de candombe, las personas se imaginan que vas a decir cosas como «chico, repique y piano», «ahí va sonando», las palabras de siempre. Esto es lo contrario: son canciones normales, pero con olor a candombe.

—Y tocaste con tremendo cuadro: Gómez, Núñez, Haedo…

—Claro. Y yo, que me hice todo el cantor y largué todo [risas].

—Producís tus propios discos.

—Sí, los siete que tengo los produje yo. Autogestión. Gustavo Ripa me dijo una vez: «Diego, si querés conseguir algo, autogestión». Y le tomé la palabra. Este disco lo grabé en el estudio Bicho Eléctrico, de Santiago Montoro, y los anteriores, en estudios independientes. Aunque siempre tengo ganas de grabar algo en Sondor, porque es un lugar en el que entrás y sentís una energía increíble. Está cargado.

—¿El trabajo del músico popular tiene que ver con la resistencia?

—Sí, claro. No es que no te escuchen, pero no te prestan atención. Para muchos colegas es cansador; por suerte, yo todavía tengo el espíritu y la fuerza para seguir trabajando, porque estoy convencido de lo que estoy haciendo. Si te ponés a mirar ejemplos de grandes músicos uruguayos, la gran característica es la perseverancia.

—Y en la comunidad del candombe, ¿te sentiste bien recibido?

—Sí. Son cariñosos. Pero, además, porque hay respeto.

—Tampoco entra cualquiera.

—Y no, claro. Hay que andar ahí. Son noches, hacer cantina, estar mano a mano, así tomes agua, no importa. Son noches de bohemia, de hablar de la vida. A veces ni siquiera va por el candombe, pero sí va por el candombe, ¿entendés? Es familia, es unión, hay que tener mucho cuidado. El candombe es un idioma.

—¿Vivís de la música?

—Sí.

—¿Y cómo es eso?

—Difícil [risas]. Muy difícil, pero se puede. Tenés que estar todo el tiempo haciendo cosas; si perdés un día, perdés plata. Doy clases, me manejo con los toques, en bolichitos, salas, eventos privados. Te llaman a grabar, te pagan… Hay algunos que te meten el cuento y no te pagan, pero tu nombre está en la vuelta y eso ayuda.

—Al revés de lo que la gente piensa: «Los músicos no trabajan».

—Eso será en la tele, en las películas. En la vida real no es así. Pero todavía está ese prejuicio, la gente te dice: «Andá, decí la verdad, vos aparte hacés otra cosa». Y vos decís: «No, hago música». «¿Y con quién estudiaste, con quién tocaste?», te preguntan. Y uno puede nombrar cuatro o cinco personajes, pero no tendría que pasar eso. Es un problema social: todos pensamos que sabemos, que el otro la tiene fácil, el abogado, el dentista, el camionero. Y no, todos los trabajos tienen una ciencia de física y química, y el del músico también.

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