El animal despierto

Enza García Arreaza, poeta venezolana, 1987.

Enza García Arreaza, poeta venezolana, 1987

El reloj tropieza conmigo y el descanso se vuelve ruina. Y Enza –Enza García Arreaza (Venezuela, 1987)– triste, barre la cocina. Dice morirse de sudor. Está hambrienta, errónea, toma despacio la rabia y se deja bañar en ella. Se interna en la solemnidad de los bosques y se apiña dentro de un secreto, hecha tristeza dentro del bramar de los cacharros. Parece asirse del rumor de los artefactos apagados, como si el velo manchado que la envuelve se prendiera de ellos y le desbaratara el cuerpo; como si el cuerpo se desprendiera de ellos yo mascullo, para ver si así, si de esa forma, me puedo acercar un poco; le murmuro, sin saber si de verdad me está escuchando, que una parte mía ya no cree en los regresos.

 

Yo, yo que no sé cómo salir de mi cuarto sin romper las ilusiones, yo que no sé cómo salir de mi cuarto sin destruir la realidad que me construí, desearía poder susurrarle que estoy viviendo una edad ridícula, sin ser niña, no soy sabia,/ no tengo seguro médico,/ todavía menstrúo,/ no tengo hijos/ me gustan los juguetes/ no bebo aguardiente/ no quiero matarme.

No sé a quién darle mi voracidad de animal despierto y la quiero tener dentro mío, en ese lugar donde ya no me crece nada, en el centro de mi vocación equívoca; quiero que venga a auxiliarme. Ambas nacidas en una cuerda floja, después de siglos finalmente logramos caminar descalzas en la tierra. Ya no podemos ser leales, porque nos volvimos niñas con los genitales hinchados, porque seguimos viviendo después de amar y ser convertidas en desecho.

Abre la caja en silencio, con la voz trancada por aturdirse pensando en que no le quedan nunca bien los poemas, en ese afán de probar siempre la grandeza, y no durmiendo nunca; abre la caja en silencio, dispersa las piezas en la cama: Dios me dio un ángel muerto y ella insiste en resucitarlo.

Hablar en voz baja se vuelve un imposible. Enza encontró un motivo para desgarrarse. Porque perdona a su madre, derramada en el piso de la cocina que ella ahora barre, sabiéndose arrancada del útero. Encontró un motivo para dejarse reincidir en el delirio de mirar para otro lado al preguntar qué fue lo que pasó. Ella, autora de tres libros de cuentos –Cállate poco a poco (2008), El bosque de los abedules (2010) y Plegarias para un zorro (2012)– y de un poemario –El animal intacto (2015)–, creció y rompió cosas que después cargó en su mochila, cosas muertas dentro de su saco, no enferma pero sólo manteniéndose en vida para poder hacerse trizas antes de lograr tocar el suelo. Con los demonios haciéndole rendijas en la carne, la piel agujereada; con los demonios que intentan espiar qué es lo que hay fuera de su cuerpo. No muerta pero tampoco del todo viva, convencida de que la memoria no se compadece de nadie.

Lo único malo de los poetas que sobreviven/ –pongamos que me refiero a cualquier polaco–/ es que llegan iluminados/ por esa estúpida gallardía sagrada/ culpándote porque eres apenas un joven/ del tercer mundo/ convencido, entre otras cosas/ de que no podrá sobrevivir.

Artículos relacionados