El apuro por juzgar

Netflix estrenó Making a Murderer y se desató una revolución en las redes sociales. Una turba de ciudadanos estadounidenses enviciados con la serie, detectives vocacionales que desde el sillón se indignan con su sistema judicial, tomó por asalto el ciberespacio. Algo similar ocurrió el año pasado con Serial, un podcast que también exploraba la historia real de un crimen.

Making a Murderer se centra en Steven Avery, quien fue condenado en 1985 por la violación de Penny Beernsten, hasta que años después una prueba de Adn lo exoneró del delito. Cuando finalmente lo iban a liberar, después de 18 años, Avery decidió demandar al condado de Manitowoc, Wisconsin, por 36 millones de dólares. Pero ese no iba a ser el final, porque fue arrestado nuevamente junto a su sobrino, Brendan Dassey, por el asesinato de la fotógrafa Teresa Halbach.

Toda la evidencia apuntaba a él, aunque aún está en duda si Avery realmente asesinó a Halbach o se trató de una venganza del departamento de policía de Manitowoc a causa de su demanda.

Laura Ricciardi y Moria Demos dedicaron diez años de su vida a la realización de esta “docuserie” de diez capítulos. “Somos documentalistas, también contadoras de historias, y parte de lo que buscamos contar es la experiencia de los acusados en el sistema de justicia criminal estadounidense”, dijo Ricciardi en una entrevista con la Bbc.

Más allá de la historia puntual, y de si Avery lo hizo o no, el foco de Making a Murderer es, según sus creadoras, el manejo del sistema legal estadounidense, sus carencias y sus bajezas.

“Lo que aprendí al hacer esta serie fue la humildad de aceptar que no sé, y que quizás nunca sabré –expresó Demos a The Daily Beast–. Si estás tan comprometida con encontrar la verdad y una sola respuesta, es muy difícil quedarte cómoda con esta ambigüedad.”

La revuelta digital (la web parece ser últimamente la plataforma más común donde volcar la indignación) llegó hasta tal punto que se elevaron dos peticiones, una en Change.org con firmas de más de 144 países, y otra en la página oficial de la Casa Blanca, que alcanzó el número requerido firmantes para merecer una respuesta oficial. Ambas le pedían a Barack Obama que liberara a Avery.

La Casa Blanca respondió con un comunicado que dejó en claro que si bien el sistema judicial estadounidense tiene sus grandes fallas, también se sabe muy poco de su funcionamiento. Lo que los 480 mil firmantes parecían desconocer era que Obama sólo puede actuar a nivel federal: “Como Steven Avery y Brendan Dassey son prisioneros estatales, el presidente no los puede perdonar. Un perdón en este caso necesitaría ser requerido a nivel estatal por las autoridades apropiadas”, se señalaba en la respuesta oficial.

Ricciardi dijo a The Daily Beast que “siempre quisimos que hubiera un compromiso por parte de los espectadores, pero no teníamos idea de que éstos se convertirían en detectives aficionados. En términos de la gente centrándose en casos particulares, deberíamos pedirle a esa gente que cuestione y verifique sus propios argumentos, porque parte del problema que vimos –no sólo en 1985 sino también en 2005– fue un increíble apuro por juzgar”.

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