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El triunfo de Macron en las elecciones francesas

El arriba que se mueve

Respaldado por buena parte de la elite empresarial del país, el ex banquero Emmanuel Macron se hizo con su lugar en el Palacio del Elíseo, en unas elecciones que desmovilizaron a una porción sustancial del electorado. En el balotaje de las presidenciales la abstención alcanzó el nivel más alto en 50 años, mientras que millones de franceses expresaron su rechazo a ambos candidatos a través del voto en blanco o nulo. El ultraderechista Frente Nacional no consiguió la presidencia, pero se prepara para nuevos hitos en las elecciones legislativas de junio.

El nuevo presidente de Francia, Emmanuel Macron, tiene estrechos lazos con la elite de las finanzas / Foto: Afp, Philippe Lopez

“O el bello o la bestia.” Así sintetizaron algunos medios europeos la elección presidencial del domingo pasado en Francia. Por un lado, Emmanuel Macron, el hijo lindo, chic, almidonado y bien formado que todas las familias bien querrían tener, y por otro Marine Le Pen, la tribuna vociferante y de malos modales, admirada y alabada por algunos sectores populares. El debate televisivo previo a la elección, el miércoles 3, pintó a ambos hasta la caricatura, y en el enfrentamiento –el más duro y violento que se recuerde en Francia– la blonda e iracunda Marine salió perdidosa. Jugó a hacer la “gran Trump” y a poner contra las cuerdas hasta con groserías al “candidato de las elites y del sistema”, como hiciera el republicano estadounidense con la hierática demócrata Hillary Clinton, pero perdió la apuesta. Desde ese miércoles todo hacía prever que la representante del ultraderechista Frente Nacional no sólo no alcanzaría la presidencia, sino que no llegaría al 40 por ciento de los votos que se había fijado como piso. Y así fue: se frenó en el 34. Francia suspiró aliviada, como lo había hecho 15 años atrás, cuando el gaullista Jacques Chirac derrotó al padre de Marine, Jean-Marie, el ex legionario fundador del Frente Nacional. Aquella vez había sido aplastante: 82 a 18 por ciento. Esta vez también fue contundente, pero mucho menos: 66 a 34 por ciento; en millones de votos, 20,8 a 10,64 (de un total de 47,6 millones de inscritos en el padrón electoral). Una pintada que –cuentan– apareció en la mañana del lunes en un muro madrileño cercano a la Puerta del Sol resume ese sentimiento ambiguo de muchos en Europa: “Tranquilos: hay apenas 35 por ciento de nazis en Francia”. Es que detrás de los ¡uff! de tantísimos por haberse sacado una enorme roca del corazón mismo de la “Europa republicana”, los datos duros son bastante más preocupantes: entre aquel 2002 y este 2017 la ultraderecha duplicó su peso electoral en el país, y sobre todo consolidó una implantación territorial que viene aumentando sistemáticamente desde hace tres décadas. Si el sistema electoral reflejara la “realidad real” de las fuerzas políticas y no pusiera obstáculos casi insalvables a los convidados de piedra de cualquier signo, en las próximas legislativas –en menos de un mes: los domingos 11 y 18 de junio– es más que probable que el Frente Nacional multiplicara por mucho su (sub)representación parlamentaria actual. Lo mismo que haría la “izquierda radical”, a cuyo postulante a la presidencia, Jean-Luc Mélenchon, no le faltaron en la primera vuelta de hace dos semanas tantos votos para estar presente en la segunda en una Francia dividida políticamente en cuatro partes de volumen más o menos similar.

CONFETIS. Pero el domingo 7 fue, es cierto, de desahogo, incluso de festejo. Se alegró la derecha moderada; se alegró el llamado centro; festejaron los mercados –de esa manera tan charmante en que lo hacen, en las bolsas–; hubo celebraciones en los pasillos bruselenses de la Unión Europea, en las startups, brindaron por un venturoso futuro los empresarios más pujantes de Francia, también muchos jóvenes universitarios exitosos en los que el optimismo europeísta y moderno y la “buena fe” del dirigente de ese partido casi fantasmático que hasta hace poco era En Marcha calaron hondo. Festejó también el presidente saliente, François Hollande, que en 2014 catapultó a Emmanuel Macron a los primeros planos de la escena política, convirtiéndolo en su ministro de Economía y en punta de lanza de su giro ya sin tapujos hacia el liberalismo. Y tiró serpentinas al viento Manuel Valls, ex ministro del Interior y ex primer ministro de mano dura del “socialista” Hollande, que en la primera vuelta le dio la espalda al izquierdizado postulante de su partido, Benoit Hamon, se pasó con armas y bagajes a la candidatura de Macron y hoy aspira a ocupar un cargo en el futuro gobierno.

La izquierda, a lo sumo, respiró aliviada. Entre las dos vueltas, la mayoría de Francia Insumisa, el movimiento de Mélenchon, había resuelto –en pronunciamiento internético– votar en blanco o abstenerse. Ni Le Pen ni Macron. Y la abstención y el voto en blanco o anulado llegaron a cifras altísimas el domingo pasado: la primera alcanzó su nivel más importante en casi 50 años (25,44 por ciento) y los votos en blanco y anulados nunca fueron tan numerosos: 11,47 por ciento. Los ciudadanos que eligieron abstenerse, votar en blanco o anular su voto superaron ampliamente a quienes votaron al Frente Nacional: estuvieron por encima de los 16 millones.

Ni de cerca puede Mélenchon reivindicarlos todos para sí, pero fue entre los votantes de Francia Insumisa donde se registraron los niveles más altos de unos y otros: 41 por ciento de los electores de la coalición de “izquierda radical” decidieron no trasladarse el domingo a los locales de votación, y si lo hicieron no se inclinaron por ninguno de los dos candidatos. El resto votó en su enorme mayoría a Macron y apenas el 7 por ciento a Le Pen, desmintiendo, una vez más, aquello de que “los extremos se tocan” (más del 20 por ciento del voto en primera vuelta al candidato de la derecha tradicional, François Fillon, fue en cambio hacia el Frente Nacional el domingo 7). “Nunca una derrota (la de Marine Le Pen) fue tan necesaria ni una victoria (la de Emmanuel Macron) tan amarga”, escribió el lunes en Público.es Juan Carlos Monedero, cofundador del partido español Podemos, hermanado de alguna manera con Francia Insumisa.

La campaña “La segunda papeleta” recogió más de 36 mil firmas de ciudadanos que votaron a Macron en la segunda vuelta para frenar a Marine Le Pen, pero que no comparten sus políticas.

EL HIJO PRÓDIGO. Emmanuel Jean-Michel Frédéric Macron –39 años, cara y aire de primero de la clase, traje Armani– es un puro producto de la Escuela Nacional de Administración (Ena), esa vieja fábrica de cuadros para las administraciones públicas creada en la posguerra y a cuyos egresados se los conoce como énarques (“enarcas”). De ahí han salido varios presidentes franceses, como Valéry Giscard d’Estaing, Chirac y el propio Hollande. A esa condición elitista de “lo público” Macron le suma sus estrechísimos lazos con la elite de las finanzas, aceitados en la época en que fue gerente del banco de negocios Rotschild. A la política llegó de la mano de uno de sus antiguos jefes, Jean Pierre Jouyet, director de la Inspección General de Finanzas, que en 2008 lo incorporó a su equipo. Jouyet es de esos tipos de vasta formación que abundan en el aparato estatal francés y que se sienten cómodos trabajando tanto con socialdemócratas como con liberales: fue asistente del socialista francés Jacques Delors en la Comisión Europea, integró el gobierno del derechista Nicolas Sarkozy, y François Hollande –su amigo personal– lo nombró secretario general de la presidencia (Público.es, 20-IV-17). En L’ambigu monsieur Macron (“El ambiguo señor Macron”) el periodista Marc Endeweld dice que fue Jouyet quien propició la entrada de Macron por la puerta grande de la política al presentárselo a Hollande cuando éste ganó las internas en el Partido Socialista, en 2011, y lo sumó a su staff de economistas. Luego Macron siguió a su mentor en la secretaría general del Elíseo (fue subsecretario) y de ahí al Ministerio de Economía, donde, escribe Endeweld, se vinculó aun más a una crème de la crème empresarial con la que ya había estado en contacto durante su pasaje por el banco Rotschild y su participación en una “comisión de expertos” sobre crecimiento económico formada por Sarkozy y dirigida por el socialista Jacques Attali, en 2008. El lanzamiento, en abril de 2016, de En Marcha, el movimiento que impulsó Macron para ocupar un espacio en la escena política francesa (“ni en la izquierda ni en la derecha”, es decir en la derecha), recibió el apoyo más o menos abierto de grandes empresarios ligados al PS o a la derecha. Manifestaron su respaldo al joven centrista “capitanes de industria” como Pierre Bergé (uno de los principales accionistas del diario Le Monde e íntimo amigo del ex presidente socialista François Mitterrand), Bernard Arnault (propietario de Louis Vuitton), Claude Bébéar (seguros Axa), Peter Brabeck (presidente de Nestlé), Vincent Bolloré (Canal Plus, Vivendi), Christian Dargnat (banco Bnp Paribas) y sobre todo los animadores de las startups más en boga, en especial del sector tecnológico. El futuro presidente, escribió antes de la elección el periodista del diario digital Médiapart Mathieu Magnaudeix, se presentó “como el candidato del nuevo capitalismo francés, de un empresariado más moderno y favorable a la globalización” (Público.es, 20-IV-17).

De hecho, la mayor parte de los 8 millones de euros en donaciones privadas que En Marcha consiguió para su campaña (según Médiapart, Macron recaudó en total unos 21 millones, que lo convirtieron en el candidato con más respaldo económico) fue aportada por grandes empresarios y recolectada en cenas a mil euros el cubierto realizadas tanto en París como en Nueva York, Londres o el rico distrito bruselense de Uccle, habitado en gran parte por franceses de altísimos ingresos que se sienten “esquilmados” por el fisco de su país y emigraron a una plaza más benigna. En Marcha no tenía, o casi, cuadros políticos ni implantación territorial, pero sí generó, a partir de esos recursos, una fuerte maquinaria de propaganda electoral, muy “a la americana”.

***

Emmanuel Todd es un historiador y demógrafo que a menudo nada contra la corriente. “Lo que más me preocupa en la Francia de hoy es el radicalismo de los poderosos”, dijo en una entrevista que le realizó el domingo el diario español La Vanguardia. “La verdadera novedad del macronismo es que con él elegimos al representante de Berlín, no al presidente de la república francesa. La novedad es que él es el primero que lo dice abiertamente. Sarkozy hizo el mismo papel, pero señalaba chivos expiatorios, decía ‘es culpa de los árabes’.Hollande llegó diciendo ‘soy un hombre de izquierda’, ‘mi enemigo son las finanzas’, ‘cambiaré las cosas con Alemania’. Macron es el primero que dice: no haré nada, vais a aceptar vuestra sumisión oficialmente, cerraréis el pico, es esto o el horror del lepenismo. Es un giro. La culminación de una búsqueda de dominio que existe desde hace 25 años.” Esa sumisión a Alemania, el poderoso de Europa, que le ha hecho perder a Francia “toda importancia en el contexto europeo”, se acompaña de una sumisión a los poderosos de Francia, a “los de arriba”, piensa Todd. Macron lo asume sin dobleces, y he ahí su “novedad”. Juan Carlos Monedero lo afirma de otra manera. “Macron son las privatizaciones, los recortes, la pobreza y la angustia de los ancianos, la venta de armas a países en conflicto, el apoyo a las guerras en Siria o Irak, el sostén a las dictaduras en África, el aliento a la guerra civil en Venezuela, la banlieue de las grandes ciudades francesas donde el Estado ya no existe, el fin de las universidades públicas, el reinado incuestionado del capital financiero y el mantenimiento de una Europa al servicio de los mercaderes. La patronal francesa tiene a Macron para seguir apuntalando el nuevo contrato social sin derechos”, apuntó el español en su blog.

LA MIRA EN JUNIO. Si Macron representó a la Francia “de arriba”, urbana, integrada y mundializada, y Le Pen a la de “más abajo, desempleada, desclasada, sin formación”, rural y suburbana, el voto a Mélenchon, en la primera vuelta, “la verdadera novedad de esta elección”, fue “el más completo, el más equilibrado, y el que tiene más futuro”, piensa Emmanuel Todd. Francia Insumisa tuvo un apoyo “importante entre los obreros (25 por ciento), un 17 por ciento entre los cuadros superiores, un respaldo masivo en las profesiones intermedias, y concentró el voto más joven, por encima del 30 por ciento”, afirmó el investigador.

De cara a las legislativas de junio, las decisivas para la formación del gobierno,1 Francia Insumisa pretende encarnar al conjunto de la izquierda. Le será difícil, porque ni el muy menguado Partido Socialista (menos de 7 por ciento en la primera vuelta), ni el más pequeño aun Partido Comunista (que en el tour inicial de las presidenciales respaldó a Mélenchon) han aceptado sumarse en junio a la coalición. Competirán por su lado, esperando recuperar algo del peso perdido, sobre todo los socialistas, que cuentan todavía con un aparato político considerable y una fuerte implantación territorial. Con esas perspectivas, de acuerdo a los sondeos, Francia Insumisa estaría rondando el 15 por ciento en las legislativas y el PS se situaría entre el 8 y el 10 en la primera vuelta. Pero el sistema electoral invertiría la representación parlamentaria de ambos, y los socialistas, aun perdiendo un enorme número de escaños respecto a los que tienen actualmente, conseguirían el doble de los diputados de los que conseguirían los insumisos, con muchos menos votos que éstos. Otro tanto sucedería en la derecha con los casos del Frente Nacional y Los Republicanos, el partido posgaullista cuyo candidato, François Fillon, fue eliminado en primera vuelta. Ambos estarían en alrededor del 22 por ciento, pero el partido de extrema derecha tendría una representación parlamentaria mucho menor. En 2012, con más del 13 por ciento de los votos, el FN logró sólo dos diputados, cuando una formación casi inexistente, el Movimiento Republicano y Ciudadano, que ni llegó al 1 por ciento, tuvo tres en función de acuerdos políticos con otros partidos.

La organización de Le Pen está en pleno proceso de reestructura. La joven diputada Marion Maréchal-Le Pen, una de las figuras más populares del Frente Nacional, anunció que deja la política. La sobrina de Marine y nieta de Jean-Marie Le Pen dice haber tomado esa decisión para dedicarle más tiempo a su hija. El director de campaña del FN en las presidenciales, David Rachline, se pronunció en favor de cambiarle el nombre al partido (se habla de Alianza Patriótica y Republicana) para cortar simbólicamente con las raíces fascistoides, y de volver a recentrarlo para poder, por ejemplo, pactar con otras formaciones de derecha y lograr una bancada parlamentaria consistente. El debate ya comenzó.

En En Marcha, precisamente, también hay aires de “aggiornamento”. El grupo ya decidió rebautizarse Republicanos en Marcha y ha hecho ostensibles guiñadas al sector moderado del Partido Socialista para conseguir en el parlamento una mayoría estable. Al partido de Macron los sondeos le están dando alrededor del 25 por ciento de los votos el 11 de junio. Se convertiría en el más votado, pero no le bastaría para gobernar en solitario. El PS, por su lado, está dividido entre quienes hablan de refundar integralmente al partido y proponen incluso rebautizarlo como Partido Demócrata (caso de Manuel Valls), para acercarlo a la centroderecha macronista, y quienes se inclinarían por volcarlo hacia la izquierda. Una escisión estaría tal vez en puerta. Por lo pronto, el programa de los socialistas para estas legislativas aparece como bastante más lavado –más susceptible de ser digerido por Macron y los suyos, según el diario Le Monde– que el que defendió su candidato, Benoit Hamon, en la primera vuelta de las presidenciales.

  1. De la mayoría que de ahí surja saldrá el nuevo primer ministro, que sería en principio distinto al primer ministro de transición que Macron designaría el lunes próximo.

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