Ante el fallecimiento de Heber Píriz (1956-2021)

El cantor y el tambor

La muerte de este cantante se une a la reciente del tocador de tambor Gustavo Oviedo para agregar incertidumbre a varias preguntas, algunas referidas de modo directo al mantenimiento de la tradición cultural afrouruguaya y otras más genéricas sobre cómo cuidamos, si es que lo hacemos, esas porciones del patrimonio artístico doblemente valiosas: por su calidad y por su rareza.

Gentileza de Mercedes Xavier

La música es un arte sonoro. Borges, en su «Otro poema de los dones», en el que agradece por un montón de cosas, dice en el verso 82, que es el último: «Por la música, misteriosa forma del tiempo». La música es un arte que transcurre, una de las que más se relacionan con el tiempo. Esa exactitud es a veces engañosa, porque la verdadera música suele estar más allá de metrónomos y (ya que estamos) de diapasones. Cuando el músico descubre esto, empieza a bucear en aguas oscuras que no son reductibles con facilidad a principios racionales. Sí, también pasa con todas las demás artes, sin excepción. Pero por algún motivo la música es la que con más frecuencia cae en la trampa de la falsa perfección. Es muy difícil argumentar en discusiones sobre este tema; siempre está aquello de «sobre gustos no hay nada escrito» y de la subjetividad, y de que quién sos vos para decirme a mí que Gardel cantaba mejor que el botija de esta nueva orquesta de cumbia cheta que tiene un solo tema, pero con 140.000 millones de visitas en Youtube. Lo cierto es que hay músicos que, paradójicamente, parecen estar fuera del tiempo. Hay intérpretes que hacen malabares con los pentagramas y los relojes, y crean un arte nuevo que se parece un poco a una conversación de dioses. Hay cantores que cantan como los dioses, aunque nadie haya oído jamás cantar a una divinidad. Son cantores que transmiten emociones de una forma tan sutil que no dan ganas de analizarla por miedo a romperla.

Heber Píriz (él usaba su apellido materno; el paterno era González) falleció el viernes 3, a los 65 años, tras una larga y compleja enfermedad. Heber Píriz murió en la pobreza, como tantos grandes. Heber Píriz tuvo varias internaciones en los últimos tiempos y, cada vez que salía de una, llamaba a alguien para ensayar algo nuevo. Los artistas populares siguen muriendo, muchas veces solos y pobres; ni la muerte los tiene en consideración.

Heber subía a los ómnibus y cantaba. Iba con un chico (un tambor) y hablaba un poco, siempre muy amable y serio, pero no solemne, explicando alguna cosa sobre el candombe. Recuerdo una vez que dijo que iba a hacer una llamada y la hizo, nomás, él solo. No sé cómo hacía para tocar de modo de dar la sensación de una cuerda entera de tambores pasando. Le miré las manos y parecían estar tocando algo muy simple, que no dejaba sin tocar ninguna semicorchea, si se me permite el sincretismo. Era una cuestión de acentos, nomás, y de sutiles variaciones tímbricas. O sea, no estaba tocando lo que hace ninguno de los tres tambores del candombe, pero se escuchaban los tres juntos; era algo que había inventado él.

Heber tuvo una carrera prolífica: empezó, cuando era preadolescente, en Serenata Africana. Luego cantó en una de las múltiples formaciones de Los Plateros. Sí, The Platters, los de «Only You» y «The Great Pretender» (véase recuadro 1). Fue parte de la última formación de la mítica Días de Blues y actuó junto con los integrantes de una larguísima lista de figuras en ambas márgenes del Plata, porque vivió unos años en Argentina. Aparte de cantar candombe, incursionó en géneros como el blues, el rock y la bossa nova. Su calidad interpretativa era tal que cuesta entender que no fuera más conocido en su propio país. Para dar una idea, grabó una canción de Rubén Blades y el propio Blades le agradeció desde su cuenta de Twitter, en marzo de este año, con las palabras: «Hola Heber Píriz! Gracias por esta excelente versión de Cuentas del Alma. Un abrazo grande! Rubén». Y aclaraba abajo: «Desde Uruguay, recomendada versión de “Las cuentas del alma” en ritmo de Candombe». Tras esto se incluía, en el mismo tuit, el enlace a la versión en Youtube.1 Estoy contando esto porque, si hay algún despistado que piensa que estoy exagerando al hablar de lo bien que cantaba Píriz, es probable que se le vayan las pavadas al ver que Blades opina lo mismo. Porque un cantorazo al que un capo como Blades felicita públicamente resulta que en el Uruguay abierto, libre, orgulloso de su cultura, el de los grandes escenarios para el arte nacional e internacional, tiene que cantar en los bondis. Salvo que vaya a Got Talent y tenga suerte.

Pero no escribo esta nota para quejarme de este país, sino para recordar a un músico. Heber Píriz también escribía letras y hacía sus propias melodías, pero creo que –sin desmerecer para nada sus creaciones de índole más típicamente «compositiva»– su gran talento estaba en la interpretación. En lo corporal, es difícil encontrar un cantor que se comprometa tanto con el sonido y el texto que está interpretando sin que suene a pose impostada de cantor de tangos. Y, en lo estrictamente vocal, yo diría que era un cantor libre. Gran improvisador de tarareos complejos, no le tenía miedo a ni quedar pagando por meter una nota difícil o alta y salía airoso gracias a esa convicción. Sí, tal vez convicción sea la palabra que mejor lo describe. Cero pose, cero actuación: convicción. Y talento, claro. Y swing, y un amor inconmensurable por su tarea. Cuando él cantaba, sonaba de verdad. Y esa verdad, en el sonido, en el toque de un instrumento o en las inflexiones de la voz, ese juego con las chiclosidades del tiempo y de las emociones, nada de eso se fabrica, nada surge de una agencia de imagen o de una brainstorming. Hablo de valores que no suelen registrar los sistemas medidores de éxito que utilizan indicadores como entradas vendidas, clics en videos de Internet o cuestiones similares. Sin mencionar, claro, los premios y los apoyos estatales, ni el inevitable derrape estético de equipos de jurados –aun los experientes y bienintencionados–, ni la función que con frecuencia terminan asumiendo, que consiste en sacarle de encima, al encargado de turno, la responsabilidad de qué hacer con la plata que se le asignó para «cultura».

Hay un verso, en el mismo poema de Borges que cité al principio, que dice, simplemente: «Por una mañana en Montevideo». Y viene bien, por más que ya había pasado el mediodía cuando en esta misma ciudad, frente a la sede de Mundo Afro, unos férreos tambores se acercaron a un ataúd que estaba en una camioneta fúnebre de la intendencia y le dieron sus respetos a uno de los suyos.

1. Disponible en youtube.com/watch?v=1mfcJSd0gjg.

Sobre Turista en carnaval, el último disco de Heber Píriz

Contra el vacío

Es increíble, casi absurdo, que un cantante y compositor con el talento de Heber Píriz haya quedado tan poco representado en grabaciones profesionales. En todo caso, su carisma especial y la simpatía que suscitó en tanta gente le valieron, casi a último momento, la realización de este disco,1 producido con todo cariño por Damián Gularte, con la participación de varios compañeros. Con esta entrega, Píriz suma un total de dos largaduraciones completos (hubo otro antes, editado en Argentina), algunas canciones sueltas en trabajos colectivos y participaciones en discos de colegas. Es poco, muy poco, pero en todo caso es más que lo que han grabado tantos referentes del candombe que trabajan en las comparsas carnavaleras, una categoría en la que es obligatorio que las composiciones sean originales y en la que, por lo tanto, se producen varias decenas de temas cada temporada, de los que solo unos poquitos terminan permaneciendo.

Heber Píriz era un cantante formidable, con una voz excepcional: esto era bien sabido. A pesar de conocer algunas de sus canciones, nunca había tenido la oportunidad de apreciar un compendio que reuniera varias de ellas y constituyera un panorama de sus enfoques y características. Estas 11 composiciones suyas, muy distintas unas de otras, están teñidas de un misterioso toquecito nostálgico, agridulce. Los giros de las melodías y armonías son como una pátina tenue que enriquece las muchas descripciones de emociones positivas.

Parte de esa nostalgia está en las formas musicales mismas. Vivimos en una época en que casi toda la producción de canciones se hace sobre ciclos armónicos breves, con melodías pensadas como construcciones de corto plazo. Pero Heber parecía existir compositivamente en un mundo sonoro influido por el bolero y el samba de los años cincuenta y sesenta. Compárese, por ejemplo, el inicio de «Turista en carnaval» con el de «A voz do morro», de Zé Kéti (1955). Pero la similitud se encuentra solo en cierto esquema armónico subyacente al inicio, del que la canción de Heber es una variante. «Turista en carnaval» está pensada, como casi todos los temas de este disco, como una progresión, con un sentido de avance hacia un objetivo, pasando por matices diversos: luz y sombra, ritmo marcado o más libre, más hacia el grave o más hacia el agudo, ámbitos restringidos o saltos amplios. El inicio melodioso pero de ritmo algo indefinido, al redondear, da paso a una segunda parte («Y dará comienzo la función…») en la relativa menor (un tono más oscuro, más serio), pero con una curva melódica más amplia, que de pronto se detiene en una sección menos melodiosa con el ritmo repicado («La comparsa alegrará…»), que acumula la energía que se descarga gozosamente en el clímax («o-o-o-o-o-o-o rumor»).

Pero no son solo las armonías y los gestos melódicos los que pautan el tono agridulce: también las letras. En «Turista de carnaval», el personaje que canta se reencuentra con su lugar de origen –algo que le habrá pasado muchas veces al propio Heber en su vida viajera– para encontrar que nada ha cambiado: ahí están las mismas baldosas flojas, el mate amargo. Es una sensación gratificante porque permite el reencuentro con el mundo añorado, pero implica también un componente de estancamiento. Sin embargo, como la música misma de la canción, todo crece cuando el texto cuenta que empieza la comparsa. Los elementos chiquitos de la vida cotidiana son avasallados por la fuerza del candombe, expresada en alguna figura poética muy linda: «La comparsa otra vez cantará en tambor viejas historias dándole brillo al dominó/ soplan nuevos vientos desde el sur». Es decir, son viejas historias, pero transmiten su brillo y en ellas hay, ahora sí, elementos de renovación.

Otra canción muy rica es «A los santos». El texto es una descripción de una llamada de tambores e incluye un trozo que es como la descripción más vívida (y a un tiempo exacta) de la atrapante dinámica de los cueros: «Ya está sonando alineada la escuadra sonora/ de pronto se escucha bajar la madera/ Los tambores crecen cual ola en la calle/ una ola gigante como si bailara enardecida Yemanjá». Ese crecimiento está emulado en la melodía, quizá la más linda del disco. Cuando llega esa estrofa que cité, la melodía crece en escalones, pero en forma imparable toda una novena (un intervalo amplio), y la voz de Heber arriba a su registro más agudo. Canta esforzado, casi gritando, y al mismo tiempo el ritmo de las sílabas se pica hasta detenerse, triunfante, en el -já largo (de Yemanjá). Lo poético es que, más allá de esa conexión formal, la música esquiva la ilustración directa de describir una llamada con un candombe. Se conecta a través de su ritmo afro en 6/8, ritualístico, con las muchas menciones de orishás que hay en el texto.

En vivo, muchas veces una parte del show de Heber consistía en ostentar sus dotes vocales privilegiadas improvisando, haciendo todo un acopio de timbres y referencias estilísticas. En este disco, se limitó a cantar, un placer sutil y quizá más profundo. Esto se nota en la regrabación de su clásico «Milongón de la mama vieja», otra canción preciosa. Hay que ver la gracia de sus toquecitos: «mamma vieja», «enarrbolado» (regodeándose, respectivamente, en la m y en la r), las terminaciones cortitas y picaditas de palabras («compás») alternadas con otras que se extienden, disfrutadas en la boca, con un vibrato generoso («milongón»). Así, la emisión precisa y lisa de casi todas las notas da paso, de repente, a los portamentos en «[Mama] dulce, dame [tu encanto]», que son la dulzura y el encanto mismos.

Ahora, si quieren impresiones más fuertes, está «Moreno», única composición ajena del disco (de Antonio Machín), que Heber canta a capela. Ahí, con su voz solita contra el vacío, ornamenta más y saca a lucir su manejo libre –pero nunca despojado de tensión expresiva– de las duraciones, de las diferencias de apertura u oscuridad en la colocación de cada vocal, imprimiendo una garra formidable, atávica, muy sentida y comunicativa para esta canción sobre el racismo y la esclavitud. Y aún más sensacional es lo que hace en «Historia de trenes». No está propiamente a capela: hay tambores apoyando esa melodía increíble, pero no hay instrumentos armónicos, quizá porque nadie encontró una armonía razonable para la invención algo excéntrica de Píriz. Qué pedazo de cantante.

Todos los acompañantes brillan: Damián Gularte es un capo en el candombe con guitarra pulsada, hay un par de intervenciones valiosas y llenas de ideas y picardía rítmica de ese guitarrista tan original que es Diego Azar (responsable también de la masterización del disco). También están Alexis Leaden, Leroy Pérez, Darío Terán y Álvaro Salas en tambores, Martín Muguerza en batería, Gonzalo Gravina en teclados, Rodrigo Calzada en bajo, Líber Galloso en saxo y Ángela Alves en coros. Se trata de un disco muy valioso y muy bello, un tremendo legado para que extrañemos un poquito menos a ese talentazo que se nos fue.

Guilherme de Alencar Pinto

  1. Turista en carnaval, de Heber Píriz. Tambora, 7632-2, 2021.

 

Cantar con el alma

A principios de 1979 yo me encontraba siendo parte de una obra de teatro escrita por Ángel Armagno y dirigida por Elena Valdea, y estábamos en un ensayo en el Teatro de los Pocitos, y vino alguien representando a Los Plateros, y yo no quería ir. Ángel o yo, no sé cuál de los dos, pensó en Heber, y el que se fue con Los Plateros fue él. Después volvieron y ahí sí yo dije que sí. Ensayamos acá en Montevideo, en Sayago. La banda era argentina, pero la dirigía un uruguayo, Horacio (no recuerdo el apellido). Era una especie de franquicia de Los Plateros para el Cono Sur. Y anduvimos recorriendo toda la Argentina, algo de Paraguay, Uruguay y Brasil, dos años sin parar. Teníamos que decir que éramos de Estados Unidos. En un momento nos fuimos, cansados de eso, pero ahí pudimos arreglar para poder «ser uruguayos». Teníamos cada uno un tema solista. Heber hacía «Yesterday» y la rompía. Se ponía a bailar y se ganaba al público. Fue un aprendizaje maravilloso y, si bien ya nos conocíamos con Heber, esa convivencia tan larga fue muy importante. El tipo tenía talento. Es una pena que haya nacido en Uruguay, que en estas cosas es muy discriminador y muy racista. Si no tenés el perfil que se espera, quedás en el montón; lo diferente acá no cuadra. Y Heber fue eso, diferente, desde todo punto de vista, desde donde lo miraras, desde donde lo escucharas. Heber era exactamente eso: Heber, no otra cosa, no otra persona. Era él, grande, enorme, leal, uno de los mejores cantores que ha dado este país, más allá de que muchos de los que leerán esto no lo escucharon, o al menos no lo escucharon en su plenitud. Era absolutamente completo: su musicalidad, el dominio del escenario, del instrumento llamado voz, de las técnicas rítmicas para el canto. Hasta en el ensayo más informal ponía el alma para cantar; siempre cantaba con el alma.

Néstor Silva

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