El círculo vicioso de la vida

The Lion King. Estados Unidos, 2019.

The Lion King. Estados Unidos, 2019.

Como si no existiera la memoria, como si los clásicos no soportaran el paso del tiempo y hubiese que aggiornarlos, la factoría Disney viene embarcada en una ola de remakes de sus grandes éxitos animados. Recientemente fueron La bella y la bestia, La cenicienta y El libro de la selva; este año, Dumbo y Aladín; ahora le tocó el turno a El rey león,1 y ya están anunciados los estrenos de Mulan, Peter Pan, Blancanieves, Pinocho, Fantasía, La sirenita, La espada en la piedra, Lilo y Stitch y El jorobado de Notre Dame. Es el eterno retorno: un círculo vicioso del que sólo podría salvarnos un estrepitoso fracaso comercial.

Pero eso, al menos de momento, está lejos de ocurrir. A dos semanas de su estreno, esta nueva El rey león ya ha cruzado la barrera de los 1.000 millones de dólares de recaudación en la taquilla internacional (y va en aumento) y ha superado incluso a Toy Story 4, que lleva más de un mes en cartelera. Para este tipo de remakes, Disney viene contratando a directores consagrados: Dumbo fue dirigida por Tim Burton, Aladín por Guy Ritchie y La cenicienta por Kenneth Branagh. Nuevamente, dirige esta vez Jon Favreau, quien, luego de abocarse a varias propuestas familiares (algunas realmente notables, como Zathura y Iron Man), incluido El libro de la selva, ya debe de tener aceitado el espíritu para esta clase de superproducciones.

Ahora bien, desde el punto de vista de la audiencia que asiste a ver una película y ya vio la original, ¿qué buenas razones pueden existir para que una remake se justifique? Primera: que la original tenga una buena historia, pero carezca de calidad, o que hoy se vea avejentada. Segunda: que la nueva versión aporte diferencias sustanciales en el libreto, que resignifiquen o redimensionen aquella obra. Tercera: que la nueva película gane en intensidad, emoción, fuerza; que el espectáculo esté provisto de un empuje cinematográfico que realmente aporte su inyección de vitalidad y convierta la experiencia en algo más gratificante. Teniendo en consideración estos puntos, ninguno de ellos es cubierto, ni de cerca, por esta versión: El rey león (1994) fue y es una de las grandes películas de Disney, un clásico que supo apelar a diferentes audiencias, ampliando el espectro del público familiar de las producciones animadas y trasladando al exótico mundo de los animales salvajes la dramaturgia de Shakespeare. Lo cierto es que fue, además, un prodigio de animación en 2D, cuya fuerza continúa impactando hoy.

La decisión parece haber sido respetar su libreto original al detalle: son pocas las líneas de diálogo cambiadas y los cambios hechos, poco relevantes o sustanciosos. El Cgi de esta nueva versión le aporta un tinte neorrealista a la película, al punto de que, por momentos, parece que estuviéramos asistiendo a un documental de National Geographic. Pero son varias las cosas que se pierden en el camino: fueron eliminados muchos de los gestos corporales y faciales de los personajes, y se perdió así mucho del humor, la expresividad y el carisma, elementos fundamentales de aquella historia. El mítico “Hakuna matata” nunca había sonado tan impersonal.

1    The Lion King. Estados Unidos, 2019.

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