Con Sonia Serna Botero, productora de la película Igualada: Ventanas de esperanza -
Con Sonia Serna Botero, productora de la película Igualada

Ventanas de esperanza

El documental que relata la historia de Francia Márquez, hoy vicepresidenta de Colombia, y la lucha colectiva que dio desde el poblado La Toma hasta llegar a la política institucional ha pasado por varios festivales del mundo y ha cosechado premios y menciones. Igualada se presentó en el festival Tenemos que Ver y Sonia Serna, una de sus productoras, estuvo en Montevideo para acompañar las proyecciones.

↑ Sonia Serna Botero. MAGDALENA GUTIÉRREZ

-¿Cómo nació el proyecto de la película?

—Nuestra relación con Francia, la del director Juan Mejía y yo, tiene al menos una década y media. Juan, hace muchos años, empezó a acompañar la lucha de Francia por la defensa territorial, en contra de la minería a gran escala y el extractivismo. Empezó a registrar lo que estaba pasando alrededor de 2009, 2010. A partir de ese material se produjeron dos cortos cinematográficos, uno que se llama La toma y otro que se llama Independencia para quién, que no están precisamente centrados en Francia sino en la lucha de la comunidad en contra de la minería. Y de ahí, pues, nació una relación de amistad. De compadrazgo, de compañía, de conocernos. En ese periplo pasaron muchísimas cosas en la vida de Francia, que es lo que cuenta la película. En pleno confinamiento por la pandemia hubo una masacre de cinco menores de edad afrodescendientes en Cali. Jóvenes negros, perfilamiento policial… Ahí, en Cali, el suroccidente del país, la zona en la que nació Francia y en la que ha vivido. A raíz de eso, un día ella tuiteó: «Quiero ser presidenta de este país». Y fue como «¿esto es en serio, amiga?». Cuando supimos que era en serio, decidimos hacer la película. Al principio ella dijo que no, pero luego lo pensó superbién. «No hay películas sobre gente como yo. Sobre mujeres como yo. Hagámoslo», dijo. Y arrancamos. Desde entonces, Francia no ha parado, y ahora es la vicepresidenta. Nuestra película creció con ella.

—¿A qué se refería al decir «gente como yo»?

—Campesinas, mineras, madres solteras. Trabajadoras del servicio doméstico representadas como algo más que como ese estereotipo de lo que es una mujer negra. Porque una mujer negra es siempre alguien que está en un lugar de subordinación, nunca es el sujeto o la sujeta de la acción. Pero Francia es una mujer aspirando al poder, disputando la representación, disputando la democracia. Planteando nuevas reglas de juego. Ganando votos, aprobación. Despertando esperanza. Inspirando a otras mujeres que tampoco hemos visto lo suficientemente representadas, ni en el cine de ficción ni en el documental. Francia siempre ha sentido mucho pudor, porque ella dice: «Yo soy el eslabón de una cadena y la cadena no se rompe. No se acaba conmigo». Siempre habla de ella misma en un sentido plural: «Yo soy mis ancestras. Yo soy mi comunidad». De hecho, su movimiento político se llama Soy porque Somos, lo que quiere decir que alguien es en tanto somos colectivamente. Si no somos colectivamente, pues yo no puedo ser, nadie puede ser. Así que Francia siempre dijo: «Esta no es una película sobre mí, es una película sobre una lucha, la que conecta a mi gente con las personas que llegaron esclavizadas desde el continente africano, la que conecta resistencia con resistencia».

—¿Cómo es la relación de Francia con el movimiento feminista colombiano?

—Pues yo no puedo hablar en nombre de ella. La película muestra momentos muy claros que arrojan mucha luz sobre lo que pasa. A Francia le ha costado reconocerse como feminista porque el encuentro con el movimiento feminista, para ella, ha sido un poco violento. Cierto feminismo siempre le reclama, le impugna que ella debe ser de tal o cual manera y esa, en cierta medida, es la lucha que Francia siempre ha tenido con el patriarcado, con las élites blancas. Es que a una mujer negra todo el tiempo le dicen qué debe hacer, cómo debe comportarse. ¿Y la interseccionalidad? Porque cierto tipo de feminismo le pide que se posicione de cierto modo frente a unas luchas y no frente a otras, lo que ha sido complicado. Ella siempre lo dice: «Yo era fácil, yo solo era una mujer que no quería que nos sacaran de la comunidad para hacer megaminería. Y un día me dijeron: “Usted es una defensora de los derechos humanos”, y luego me dijeron: “Usted es defensora medioambiental”, pero yo lo que quería era estar en el río, el río que es padre y madre. Quiero estar aquí con mis hijos, no quiero que mis hijos se vayan a la ciudad a vender bolsas de basura en los semáforos».

—Su lucha no parte de conceptos políticos sino de su experiencia de vida.

—Claro, ella sabe que el feminismo puede ser una etiqueta. Pero eso no quiere decir que Francia no sea feminista. El suyo es un feminismo de la defensa de la tierra, de la vida. Es la lucha en contra de la militarización de la vida cotidiana de la gente. Implica detenerse en cómo la disputa por los recursos trae a los territorios un montón de grupos armados y pensar cómo ponerle límites a la violencia que esos grupos ejercen sobre los cuerpos de las mujeres, de las niñas.

—Francia fue madre con 15 años.

—Claro. Entonces la película es, también, sobre qué significa criar niños sola. Yo no sé cómo diagnosticar la relación de Francia y el feminismo en este momento, pero lo que creo es que Francia invita a las feministas a pensar. Porque todas hablamos muy alegremente de la interseccionalidad, pero luego no nos gusta que nos disputen ciertos puntos de vista. Francia es una mujer que rompe los sentidos, rompe los esquemas, pero al mismo tiempo abre ventanas de pensamiento, de esperanza, de ilusión, de posibilidades.

—¿Cuáles son los conflictos que está enfrentando el gobierno colombiano y cuál ha sido el papel de Francia en ellos?

—A ver, llegar hasta el poder fue un proceso maravilloso: solo esperanza, solo emoción, todo el tiempo era ganar: ganar espacios, ganar visibilidad, ganar ilusión, ganar esperanza. Juntar sectores que antes no se imaginaban juntos. Después vino el ejercicio del poder, y eso ha sido bastante difícil. Colombia es un país que estuvo 200 años gobernado por una élite. Es la primera vez que tenemos un gobierno de izquierda. Y Francia no es la presidenta, es la vicepresidenta. Eso también la ubica en cierto lugar dentro de la estructura del poder, porque para tomar decisiones o generar acciones depende de un montón de otras personas y otras circunstancias… Yo siento que hemos puesto en ella una carga enorme de expectativas sobre cosas que no van a poder pasar en cuatro años. Eso es un período de gobierno corto frente a la oposición, que está todos los días en los medios de comunicación diciendo que nos vamos a convertir en Venezuela. Es difícil materializar las promesas. Que eran reales, pero el lugar de la vicepresidencia es un lugar bien particular. Francia lo dijo: «Tenemos el gobierno pero no tenemos el poder, ¿cierto?». La verdad es que cada vez que veo la película pienso obsesivamente en esa frase. Y, no obstante, Colombia es un país en el que, en este momento, la protesta social se puede ejercer sin que haya represión policial. Eso es nuevo. Hay esfuerzos progresistas por instaurar políticas públicas, por garantizar derechos para quienes nunca nunca los han tenido. O sea, el trabajo se está haciendo. Y sí, pues es difícil y hay mucha frustración, pero sé que Colombia ya nunca va a ser igual. El racismo al fin está sobre la mesa, las cartas están boca arriba. No podemos decir más que somos una democracia sin racismo.

—¿Francia sufre ataques racistas?

—Claro. Las estadísticas de sus redes sociales sobre ataques racistas son una barbaridad, y no solo en redes sociales, porque ha sido amenazada en marchas, en varios lugares. Ella lo sabe y lo dice: lo que les duele a los racistas es que una mujer que debería estar sirviéndoles el desayuno y lavando sus calzones sea su vicepresidenta. Y es cierto, eso es lo que gran parte del país no soporta. Ni siquiera la misma izquierda que gobierna con ella.

—Dentro de la izquierda también hay racismo.

—Ella lidia con eso todo el tiempo, todos los días. Millones de tuits diciendo cosas, haciendo comparaciones horribles. Es un debate público y continuo; en Colombia se está hablando de racismo, de reparaciones históricas, estamos discutiendo esas cosas. Y te lo juro que hace cuatro, hace dos años eso no pasaba.

—Estamos viendo la devastación de un montón de políticas progresistas en América Latina y también una exacerbación de ciertos medios de comunicación antiprogresistas. ¿Cómo contarías vos lo que pasa en tu país en este momento?

—Está supremamente difícil hacer las reformas necesarias en las condiciones que tenemos por cómo está estructurado el país, la Constitución. El presidente, en principio, quería pasar 35 reformas juntas para cambiar la Justicia, la salud, la educación. En dos años ha logrado pasar una sola. No hay mayoría en el Congreso. Mira, por ejemplo, Colombia es un país en el que la salud funciona a través de prestadores de salud. El Estado hace transferencias y bueno, es más parecido al modelo chileno o al modelo gringo, funciona a través de aseguradoras. La idea era reestructurar el sistema, pero solo ese debate ha consumido la energía, el tiempo de todo el equipo de gobierno durante estos dos años.

—¿En qué consiste el Plan Nacional de Desarrollo?

—Es un plan absolutamente inédito. Por primera vez el agua no es vista como un recurso meramente natural, sino como un instrumento principal de la política pública. Es un plan que piensa en el agua, en las personas LGBTIQ+, en los derechos sexuales y reproductivos. Es abarcativo, inclusivo, territorializado. Porque en Colombia el problema es territorializar todas las políticas, por las características del país. De ahí sale Francia, ella ocupa un lugar allí donde no había Estado, donde el Estado no llegaba. Pero cambiar las cosas es difícil, por la forma en la que opera el capital.

—Ya es más que una cuestión de clase, ¿verdad? Es una cuestión vinculada al poder extranjero, poderes que están fuera de Colombia.

—Eso también. O sea, sí. Pero también están las familias de siempre, las que siempre han gobernado. Siguen siendo los dueños de la tierra. Pero, pues, nuestro problema estrella es el narcotráfico. Hay un crecimiento brutal del narcotráfico en Colombia. En ciertos lugares hay guerras, como en el territorio en el que vive Francia, donde 15 grupos armados están disputándose los recursos, reclutando a menores de edad. Es un país complicado. El anterior gobierno, el de Santos, demoró ocho años en hacer un proceso de paz con un solo grupo armado, imagínate. Gustavo Petro también quiso hacerlo, llegar a lo que este gobierno ha llamado la paz total. Pero es muy difícil.

—¿Ustedes relacionan el crecimiento del narcotráfico con las operaciones políticas de la oposición?

—…

—¿Por qué te reíste?

—Yo tengo mis teorías, muy mías, pero lo cierto es que pasan muchas cosas y el gobierno anterior no hizo ningún esfuerzo por implementar, de hecho, el acuerdo de paz. Ninguno. Entonces, eso significó un cierto rearme de algunos sectores sociales, algunos grupos que, después del acuerdo, se volvieron a armar. No termina de ser un Estado de derecho. En la película hay un momento maravilloso, un debate en el que participa una senadora que es hija de una de estas élites políticas coloniales del suroccidente del país. Hija, nieta de expresidente, con sus fincas y su pedigrí. Ella pertenece al mismo departamento que Francia y está hablando porque acaba de ocurrir el estallido social en Colombia, y entonces habla de la importancia de la fuerza pública para garantizar la democracia. Y cuando termina de hablar, Francia le responde diciéndole: «Usted y yo somos del mismo departamento y la democracia social, la fuerza pública, aplica para usted pero no para mí, porque las mujeres como yo llegamos después de un día de trabajo en una casa de familia a enterrar a nuestros hijos, que han sido asesinados por esa fuerza pública, perfilados en los barrios por ser muchachos negros». Y eso es así, es totalmente cierto. ¿De qué democracia estamos hablando? ¿Para quién es esa democracia?

—¿Y el cine? ¿Cómo juega en esas preguntas?

—Ha sido muy lindo estar en este espacio, en el festival Tenemos que Ver, porque a veces una se siente tonta haciendo estos proyectos. Siempre está la duda sobre si el cine nos instrumentaliza o no, pero en este festival he tenido la oportunidad de ver un montón de películas de gente que cuenta historias chiquitas para entender de otro modo las historias grandes. Volvemos a hablar de la Segunda Guerra Mundial, pero nos cuentan otro punto de vista al hablarnos sobre el genocidio de los gitanos. Se nos ofrecen nuevas, diversas miradas sobre la dictadura de Chile, de Brasil, de Argentina. Pues por supuesto que vale la pena, tenemos un compromiso enorme. Al menos así lo vemos con Igualada, tenemos la obligación de hacer memoria para nosotras como colombianas, para Francia, para decirle «aquí está tu trabajo», pero también para contribuir con los procesos democráticos y de lucha de todos los pueblos de América Latina. Esta película también tiene que ver con tener un gesto de cuidado con ella, con guardar su figura y su historia. No quiero sonar condescendiente porque Francia es supersolvente, pero también se trata de eso, de cuidarla a ella.

—Es un gesto hermoso. Gracias por esta película.

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