El corazón al mango

Rompe la quietud, de Lalo Barrubia. Criatura Editora, Montevideo, 2019. 245 págs.

Rompe la quietud, de Lalo Barrubia. Criatura Editora, Montevideo, 2019. 245 págs.

Las novelas generacionales ofrecen ventajas al lector cuando hablan de un período que lo involucra. No significa que dejen de ser atractivas para quienes nacieron después y se interesan por el pasado. En cualquier caso, una de las habilidades de Lalo Barrubia (Montevideo, 1967) es seducir a los lectores convirtiéndolos en cómplices, persuadiéndolos de que está hablando de ellos, o de algo que es o pudo ser fundamental en sus vidas.

En Rompe la quietud despliega un juego de tiempos sobrepuestos. Si bien cubre tramos de la infancia y de la adolescencia del protagonista, incorporando coordenadas de la novela de aprendizaje, su interés principal es narrar la vida adulta. Con este fin, propone un relato de aventuras existenciales y sentimentales, en el que la obsesión por una mujer que aparece y desaparece de la vida del personaje introduce la fascinación del amour fou, que anuda el vértigo y el estrago, busca la fusión extrema y lleva al abismo.

El título de la novela, Rompe la quietud, es el comienzo de “Canción para el tamborero”, de Eduardo Mateo, y, además de cifrar el homenaje, anuncia otro nivel del argumento: la convulsión, madurada en los ochenta, aunque iniciada en los setenta y continuada en los noventa, de una historia posible de la música uruguaya. En la obra de Lalo Barrubia la música siempre tiene lugar. Esta vez, hasta hay versos de canciones disfrazados en el texto. Al final del libro se incluyen los títulos, un mapa musical que cruza las historias de una generación de músicos, huérfana, hasta esta novela, de relato literario.

Capaz de manejar varios registros sin perder el nervio de su voz y el pulso narrativo que la caracteriza, la autora acierta al elegir a un músico de 60 años para contarla. Y la inspiración de una mujer diez años menor. Desde el lugar de la melancolía que frecuenta la madurez, él quiere poner en palabras el deseo insondable que abrasó sus encuentros azarosos a lo largo de tres décadas, describir el sexo “sucio, desesperado, agónico clandestino (…) una cortada por donde bajar a esos lugares a los que uno no termina de renunciar”. Hay otras cosas, de las que nunca habló, que también quiere contar, aunque la mujer sea la razón por la que cuenta, y escribirle una canción sea el anhelo inalcanzable que hace posible el relato de una historia de la música uruguaya.

El narrador, el Pálido, como lo apodaron los negros del Barrio Sur que le enseñaron a tocar el tambor cuando era niño, y por eso es percusionista, recuerda e interpreta, de modo que el relato es, a un tiempo, crónica de la realidad, imaginación y reflexión sobre su tiempo y la naturaleza humana: la infancia junto con una madre enojada con el mundo, el pozo negro de la dictadura, el liceo Zorrilla de la adolescencia –“entre la más estúpida de las inocencias flower power y heroicos sueños guerrilleros”–,su relación con el alcohol,la euforia de creer que la magia y la música que ellos querían hacer volvería una vez recuperada la democracia. En la frontera con lo ficticio, la autora pinta una sociedad en un momento histórico que la tuvo como testigo. Quienes leemos con interés sus ficciones generacionales, asistimos a la intensificación de una propuesta estética que ha ido madurando en audaces variaciones sobre el mismo tema. Seduce su observación del comportamiento humano y la utilización de los materiales narrativos para producir el efecto deseado. El relato confesional permite reconstruir el escenario de lo público y de lo privado, seguir el ritmo de un recorrido circular que recrea sucesos e interroga vidas. Como si el azar y la ironía hiciesen aflorar, de improviso, los términos de la paradoja brutal en que todo es posible que consista.

El Pálido tocó las tumbadoras en grupos de candombe, acompañó otros de canto popular y jazz, habla del reggae, de la murga y la comparsa. Son tantos los músicos que citarlos aquí resulta una quimera, ni a los admirados ni a los imprescindibles. Hay anécdotas sabrosas y lances infaustos, peripecias del crecimiento, desde “tocar por el vino” hasta el profesionalismo y la invención de la industria vernácula. Hay homenajes y hay críticas. “Mi generación le hizo algo a la música uruguaya. Agarró todos los colores y los entreveró (…) venía de antes (…) cuando el baile se transformó en candombe, el candombe en tango, o como sea (…) cuando los roqueros de los sesenta crearon el candombe beat, el jazz rock, la milonga popular (…) redes y más redes (…). La música era la forma en que nos relacionábamos. La música cambiaba todo el tiempo mientras nosotros crecíamos y nosotros cambiábamos con ella.” El Pálido vivió todo eso, en pensamiento y acto, desde el lugar sesgado de quien no tuvo un rol central en el reparto. Su visión, agitada e intensa, se torna comprensiva, porque los años nos cambian. Sucede igual con la autora, cuando reincide en su proyecto de hacer ficción con su background biográfico. Y una vez más conquista al lector.

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