El drama de la futilidad - Semanario Brecha
La incapacidad de las élites políticas para lidiar con el futuro

El drama de la futilidad

Paso Severino, departamento de Florida, en julio de 2023. HÉCTOR PIASTRI

No es sencillo desentrañar si reflexionan sobre el futuro quienes animan la marcha del país desde la política partidaria o las responsabilidades estatales clave. Esa interrogante no es una exageración, ya que acabamos de lidiar con las consecuencias de una ceguera para entender el porvenir ante la crisis del agua potable en Montevideo. Esa posibilidad fue predicha durante años, y que finalmente ocurriera reveló que sucesivos gobiernos fueron incapaces de pensar y actuar frente a un futuro en clave ambiental. Asimismo, como puede ahora comprobarse, no aprendieron nada de esas circunstancias, y es así que OSE sigue careciendo de un plan de contingencia por si volvemos a padecer una sequía.

Del mismo modo, desde hace décadas se vienen lanzando alertas sobre futuros que se describían como paulatinos deterioros en otras áreas, como la educación y la seguridad. Tampoco en esas cuestiones se desencadenaron las reacciones necesarias para evitar las debacles.

Pero, al mismo tiempo, esos mismos actores aparecen obsesionados con sus porvenires electorales. Siempre están anticipando acuerdos o desacuerdos electorales, alianzas y alejamientos, denuncias y silencios, ojeando la próxima elección. Es como si, a sus ojos, el único porvenir relevante fuese aquel que confecciona listas electorales para la próxima votación.

Mientras sus intereses están en esas cuestiones, nuestros futuros se problematizan cada vez más. Si se considera la temática ambiental, la información disponible muestra que, de seguirse con las mismas estrategias de desarrollo, volcadas a la apropiación intensiva de recursos naturales, como con la celulosa, y además embebidas en químicos, como ocurre con la soja transgénica, el futuro es sombrío. Se agravará la contaminación de suelos y aguas superficiales, todas las grandes cuencas estarán afectadas, se repetirán los episodios con cianobacterias. La diversidad de las especies de árboles nativos dentro de nuestros bosques se deteriorará más, acosados por la tala y la invasión de especies exóticas. Los animales autóctonos serán cada vez menos y vivirán escondidos y aterrorizados ante los cazadores, las maquinarias y los agrotóxicos. Las tendencias actuales indican que estamos cercenando a las futuras generaciones de uruguayos la posibilidad de disfrutar de un ambiente sano y de contemplar el patrimonio natural del país.

EL INVENTO DEL FUTURO

Esta incapacidad de lidiar con el futuro, o hacerlo de una manera acotada a intereses particulares, se repite en otros países con otros actores políticos. Esta condición, exacerbada en estas décadas, es llamativa, porque los modos para anticipar posibles futuros y poder reaccionar, por ejemplo tomando medidas para evitar desastres y promover soluciones, son una construcción de nuestros tiempos modernos. Deberían haberse fortalecido en las últimas décadas, aprovechando los aportes científicos y las experiencias acumuladas. Pero eso no está sucediendo.

Recordemos que en la Edad Media europea no existía una categoría análoga, y las personas lidiaban apenas con «lo futuro», lo que es un concepto radicalmente distinto al de «el futuro». En aquellos tiempos, ese porvenir podía ser, por ejemplo, la llegada de los fríos o las lluvias, o la sucesión de las estaciones. Hacia el año 398, San Agustín, en sus Confesiones, dejó en claro la dificultad para imaginar eventos en un futuro, ya que este aún no «es», y en ocasiones llega a calificarlo como una distracción, incluso innecesaria, dado que ese porvenir era inevitable por estar en manos de Dios. El futuro no era concebido como una condición que podía ser construida por las personas desde el presente.

Ese fatalismo ante lo inevitable recuerda, por momentos, a dichos desde nuestro gobierno ante la reciente sequía, insistiendo en declarar que fue un evento que escapaba a sus capacidades. Era responsabilidad del cambio climático, agregaron algunas autoridades, buscando con ello despojarse de culpas. Al escuchar esos argumentos, se hace inevitable la tristeza, porque algunos discursos desde la Torre Ejecutiva o desde algún despacho ministerial no son muy distintos a los esgrimidos al inicio de la Edad Media. Surge, por lo tanto, una pregunta fundamental: ¿por qué retrocedemos en nuestras capacidades para construir futuros, dando lugar a un inmovilismo fatalista?

Con el paso del tiempo, esa predeterminación se abandonó, y a fines del siglo XVIII se consolidó la concepción de «el futuro» como asunto de previsión del porvenir a cargo de los humanos como colectivo. No asumían que el destino estaba escrito de antemano por una deidad, y en cambio emplearon esa idea para forjar el porvenir que ambicionaban. Esa postura se hermanó con la compulsión por el progreso, ya en el siglo XIX, para difundirse a nivel global bajo distintos ropajes, hasta llegar a nuestros días. Es por ello que las concepciones sobre el futuro predominantes en la actualidad son parte de la modernización y ya cuentan con una rica y compleja historia.

LOS COMPONENTES PARA PENSAR LOS FUTUROS

Los actores políticos tienen responsabilidades claves para lidiar con el futuro. Ya sea que estén en los partidos políticos, en el poder legislativo o en otras reparticiones del Estado, sobre ellos recae la obligación de pensar y discutir sobre los futuros posibles y apuntar a aquellos que son deseados. Las demandas y los aportes desde otros sectores son de enorme importancia, desde aquellos que parten de una comisión barrial a los que se elaboran en un centro universitario, pero finalmente todo recala en esos decisores que están en el mundo político, porque desde allí se elaboran las políticas públicas y se origina la gestión.

Esas necesarias articulaciones enfrentan varios problemas, y algunos de ellos son muy evidentes en Uruguay. Consideremos en primer lugar que la información científica es clave en cualquier abordaje contemporáneo sobre el futuro. Es así que es apropiado recordar que existe una evidencia abrumadora de que el planeta está recalentándose y en este año se están rompiendo tantos récords climáticos que ya lidiamos con condiciones nunca antes vistas, todo ello debido a las emisiones de gases de efecto invernadero. No solamente ocurrirán ciclos de sequías e inundaciones o se sufrirán olas de calor, al mismo tiempo parecería que estamos a las puertas de una crisis ecológica planetaria más rápida y severa de lo previsto. Las causas de todo esto no están en el destino, sino que las responsabilidades son humanas y, por lo tanto, las soluciones también están en nuestras manos.

Al mismo tiempo, la información que provee la ciencia, sea en el campo social o en el ambiental, es crecientemente compleja. Están involucradas varias disciplinas y no existe un indicador mágico al estilo del PBI que pueda resumir un porvenir social o uno ecológico. No solo eso, sino que dentro de muchas disciplinas existen además disputas internas sobre cómo interpretar las coyunturas. Las predicciones en muchos casos no pueden asegurar certezas, sino que son probabilísticas e indican las chances de la ocurrencia de distintos eventos. O sea, como el aporte de las ciencias es mucho más complejo de lo que se asume, no son pocas las veces en que queda en evidencia que el ministro o el legislador de turno poco o nada entiende, lo que lleva a decisiones desafortunadas.

También ocurre que los aportes de las ciencias, y en especial de sus expresiones tecnológicas, no son neutras, sino que están teñidas por intereses económicos y políticos. Por ejemplo, asumir que la problemática agroalimentaria se resolverá con más variedades transgénicas finalmente sirve al interés de grandes empresas transnacionales, pero no asegura alimentos más sanos ni una mejor calidad ambiental. Estas y otras condiciones deben ser tenidas en cuenta al momento de pensar en el futuro.

Sumado a esas consideraciones se agrega que el actual gobierno muestra incapacidades para dialogar con la ciencia. Esto se expresa no solo en la falta de apoyo en recursos financieros, sino que parece no comprender las alertas que brindan los académicos. Se podrá rebatir esta afirmación al recordar el manejo de la pandemia por coronavirus, en la cual se repitió una y otra vez que el gobierno decidía con base en los aportes científicos. Sin embargo, con el paso de estos años va quedando en evidencia que eso probablemente se debió a una postura personal del entonces ministro de Salud Pública, Daniel Salinas, porque después de su alejamiento eso no se repitió ni en esa área ni en otras.

Una de las expresiones más notorias tanto del alejamiento de la ciencia como de la incomprensión de la información que brinda ocurrió con la crisis del agua potable, cuando la actual ministra de Salud Pública, Karina Rando, minimizó la presencia de potenciales tóxicos en el agua (demostrando que no reconoce aquella dimensión probabilística de efectos cancerígenos), y el ministro de Ambiente, Robert Bouvier, inventó la etiqueta de «agua bebible» (exhibiendo que no comprende las implicancias sanitarias y ambientales del concepto de agua potable).

Todo esto afecta la calidad de la gestión pública. Prevalecen las decisiones basadas en futuros inmediatos adjudicados a pretendidos beneficios, casi siempre económicos. Las limitaciones para pensar los futuros llevan a minimizar los impactos sociales y ambientales en tanto tardan más en hacerse evidentes. Se consolidan las dificultades para construir políticas públicas orientadas a un futuro preferido. Los problemas en áreas como la educación y la seguridad no solo no se resuelven, sino que siguen empeorando, y, aunque ello no siempre es reconocido, nos sumergimos en un desplome en la calidad y la efectividad de las políticas públicas. Estamos rodeados de los síntomas de esa condición, como la reciente ola de denuncias de corrupción y prácticas ilegales dentro de la Policía, mientras la violencia en las calles es cotidiana. Las respuestas sociales actuales son paliativas: persiste la incapacidad para crear soluciones efectivas para los grupos más empobrecidos y marginalizados.

No puede dejar de advertirse que si bien se padece el descalabro en las políticas públicas, al mismo tiempo eso no ocasiona las reacciones sociales de alarma que podrían esperarse. Es más, una crisis como la del agua potable que sufrió el área metropolitana en otros países hubiera significado el alejamiento del ministro de Ambiente y los demás jerarcas involucrados y un duro golpe en las encuestas de apoyo al gobierno.

Pero aquí ocurrió una pequeña caída en la imagen presidencial.

LA NEGACIÓN A CONSTRUIR FUTUROS COLECTIVOS

Una explicación posible a la falta de reacciones populares más enérgicas ante las limitaciones en construir futuros alternativos y políticas públicas que no operan en ese sentido puede deberse a que la sucesión de publicidades y gestos es lo suficientemente efectiva como para disimularlo. Dicho de otro modo, las llamadas políticas pompita alimentan y reproducen sensaciones de una actividad febril que estaría atacando en unos casos la pobreza, en otros, la criminalidad y, más allá, la calidad ambiental. No se hace con efectividad ni se responde a futuros soñados, pero se crea esa ilusión.

Se arriba así a una cuestión clave en la presente reflexión, ya que esas políticas en su esencia son una negación de la construcción de futuros colectivos. Son acciones que se desvanecen en el aire, en las que se enfatizan colores y movimientos, pero que finalmente estallan, operando siempre en un instante presente. Su éxito está en que deben ser inmediatamente seguidas por otras burbujas para seguir alimentando esas fantasías. Nada de esto es vivido con incomodidad en el elenco gubernamental porque allí prevalece la idea de que las fuerzas del mercado (tales como los malla oro) son los motores del desarrollo, y el porvenir resulta de la acción de esos agentes económicos. Es más, la construcción de un futuro desde el Estado implicaría intervenciones, por ejemplo, en el mercado, que los ideólogos en el ámbito de Lacalle Pou no aceptan.

Esas son las posturas neoliberales en su sentido estricto y no en los usos vulgares con los que muchas veces se emplea ese rótulo. Bajo ese neoliberalismo, el futuro no se construye, sino que es apenas una consecuencia. A pesar de que esa actitud política es un producto de la modernidad, su expresión práctica está en anular uno de los atributos de la modernización, como es la ambición de construir un futuro. Pero se vuelve fútil a partir de cómo se conciben las prácticas políticas. Es por ello que, con toda sinceridad, el gobierno dice no tener responsabilidades frente a situaciones como la sequía, asumiéndola como una fatalidad ajena.

Estamos ante los riesgos de unos modos de entender la política que se asemejan a aquel pensamiento medieval según el cual el futuro no es previsto ni tampoco construido colectivamente, y solo unos pocos se sorprenderían si la próxima publicidad gubernamental citara a San Agustín afirmando que el porvenir siempre está escondido.

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