Un congreso hecho libro.

El encuentro fortuito

Un congreso hecho libro.

Ilustración: Federico Murro

Hay una frase célebre con la que solemos identificar al conde de Lautréamont (o Isidore Ducasse, o Maldoror, o todo eso junto, o nada de eso plenamente), y es una asociación entre algo bello y “el encuentro fortuito sobre una mesa de disección de una máquina de coser y un paraguas”. Y esa misma frase, que ha servido como base a la inspiración surrealista por encontrar belleza en lo forzoso (lo político) de unir elementos que naturalmente no tenderían a unirse, también es útil para describir la belleza insólita de los encuentros de los que se hablará en esta nota: el encuentro fortuito entre un congreso de 38 ponentes de diferentes procedencias y un libro de esos 38 autores, y el otro encuentro fortuito entre el conde de Lautréamont, mayo del 68 y el erotismo como temas centrales de este acontecimiento literario sin parangón.

HECHO POR TODOS, NO POR UNO. Hace unos días, en medio de una noche festiva en el Teatro de Verano, Patti Smith recitó una frase célebre de Isidore Ducasse, en una pausa antes de comenzar a tocar su siguiente canción: “La poesía debe ser hecha por todos, no por uno”, dijo acomodándose los cabellos blancos de bruja, pronta para seguir bailando como un duende. Sin ponerme a especular sobre cuántas personas lograron o no reconocer la cita o vincular el nombre del conde de Lautréamont con uno de los tres famosos poetas franco-uruguayos, el concierto, lleno de consignas sobre la necesidad de combatir a la extrema derecha mundial y de sumarse al activismo a favor del medioambiente, quizás pudo ser percibido por algunos espectadores como una cantinela anacrónica, dado que al menos los sociólogos han intentado convencernos desde hace treinta años de que en la época contemporánea ya no nos interesan los grandes relatos y más bien sólo queremos “pop para divertirnos”, evocando a un gracioso (y “gracioso” rima con “peligroso”) personaje de Capusotto.

Pero más allá de lo que significó el concierto para el público uruguayo, entretenido o politizado, la frase del conde se hizo materia airosa, fue pronunciada intentando con o sin éxito funcionar como mesa de disección para que se dieran encuentro la música rock, las consignas políticas y el baile de nuestras pieles sudorosas de alcohol y bañadas de noche.

¿Qué lugar tiene el conde de Lautréamont en nuestra cultura uruguaya? En el prólogo del libro titulado Revuelta rima con poema, la compiladora y editora del volumen, Alma Bolón, responde que “la poesía ducassiana no ha dejado de propiciar encuentros entre las diferentes artes”. Sin embargo, cuando enumera algunos de esos encuentros, y descubrimos que conocíamos (al menos quien escribe estas líneas) pocos de esos ecos pictóricos, escriturales y musicales, cabe plantearse si Ducasse no estará ingresando por la inercia de nuestra desidia a las aguas olvidadizas del río Leteo (y, ¡ay!, “Leteo” rima con “Montevideo”). A la nómina de homenajeadores que el prólogo menciona, cabría sumar algunos más: Emir Rodríguez Monegal, Diego Techeira, Amir Hamed o Ruperto Long, entre otros que seguramente estoy olvidando o desconozco.

Pero lo cierto es que el libro resulta, en sí mismo, una refrescante recordación de que la obra del conde está viva y sigue tendiendo redes a lo largo del mundo, con relación a diversas temáticas. Académicos de Uruguay, Argentina, Brasil, Chile, Canadá, Italia y Francia escriben sobre tres ejes temáticos: el primero es la tríada Lautréamont-Ducasse-Maldoror, el segundo refiere al mayo del 68 y el tercero se denomina “Erotismo y sexualidad”. Treinta y ocho personas hacen efectiva en sus páginas la poesía del pensamiento, y la hacen entre todos, no de a uno. Por esa sencilla razón, aunque hay más, este libro es un acontecimiento a la vez estético y político.

Finalmente, y si bien no harían falta razones onomásticas para que el libro exista, se dieron ciertos cruzamientos que sirvieron como excusa para el encuentro: los 150 años de la publicación del canto primero de Los cantos de Maldoror y los 50 años de mayo del 68. Los textos que componen el volumen fueron ponencias leídas durante tres días en un congreso celebrado en Montevideo en junio de 2018, que terminan este 2019 en nuestras manos a través de la décima entrega de la Serie Montevideana, esfuerzo conjunto entre el Departamento de Letras Modernas de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (Udelar) y la librería Linardi y Risso.

AUTOR O TEXTO. Como veremos a lo largo del libro, el vínculo de sus ejes temáticos será más cercano de lo que en un principio parece. Ahora bien, hay uno que se consolida con bastante cuórum: la importancia que mayo del 68 vio en Lautréamont radica en la frase que al principio de la nota cedí a Patti Smith: la poesía debe ser hecha por todos. Con la “muerte del autor” auspiciada por Barthes, el libre flujo de textos anónimos llenó los libros, las películas, las cabezas y los muros de un París convulsionado. Hay una acción política en darle primacía a la interpretación del lector y no a la intención del autor a la hora de dotar de sentido a un escrito. Por lo tanto, en la primera sección de este libro, notaremos una clara escisión entre tirios y troyanos: algunos de los investigadores (Pierssens, Rocca, Saliou, Walbecq y Benítez Pezzolano) centran su interés en la falta, en el enigma del misterioso autor (casi diría el fetiche del autor), en el dato que no está confirmado, en la posible lectura de tal libro que habría hecho el conde y que debe ser corroborada fehacientemente, en la interesantísima lectura que podría hacerse si tal evento de su pasado se confirmara. De este modo, su crítica literaria se perfila como un juego policial de peritos especializados en descubrir casos para dotar de sentido la obra final, que, por supuesto, como si de un rompecabezas se tratara, necesita descubrir su sentido final, permanente, conclusivo, feliz. Por otro lado, tenemos el agrado de leer textos (no todos, pero la mayoría) luminosos, inteligentes, dispersos, que vinculan textos libremente, pero que sobre todo están centrados en el estudio literario de los escritos, y no en la probable situación contextual que determinó o limitó tal o cual acción u omisión del autor. En este segundo grupo se agolpan los textos de Rodríguez, Rivero, Nucci y Rossi, Álvez Francese, Urrutia, Dumas, Lagos y Giordano, Gapenne y finalmente Bolón. Entre estos, destaca el de Luca Rodríguez, quien al estudiar el mismo tema que Benítez, es decir, el mar o el océano en la poesía de Lautréamont, logra un trabajo con vínculos mucho más finos e interesantes. Luego interesa una serie de ensayos sobre autores deudores del conde: Sergio di Nucci y Ana María Rossi estudian la repercusión que los textos de Lautréamont tuvieron en la poesía de Ungaretti, pero distanciándolos en el uso de las imágenes poéticas. Francisco Álvez Francese estudia la relación de Lautréamont con el García Lorca surrealista de Poeta en Nueva York. Tanto Fernando Urrutia como Isabelle Dumas se encargan de estrechar lazos entre Lautréamont y el nuevo maldito de las letras francesas que es Houellebecq. Para Urrutia es importante la “abyección” que los hermana, mientras que para Dumas la importancia del cotejo radica en lo animal, en el erotismo violento, en la poesía como absoluto y en el poeta como moralista. Camille Gapenne se luce anticipando la sección siguiente y enlaza a Lautréamont con la revolución y con mayo del 68, teniendo como eje la “poesía impersonal” que los mayosesentaiochistas agradecieron a Lautréamont, en vínculo con las teorías estructuralistas del momento. Por último, la primera sección del libro cierra con el trabajo de Bolón, que estudia la influencia de Ducasse en Cortázar, sobre todo en Rayuela y en el cuento “El otro cielo”, y en el cine de Godard, en especial en la película Weekend, para ensalzar el collage como “postura política” que “pone en tela de juicio –la niega y la afirma– la autoría individual”.

LA IMAGINACIÓN AL PODER. La segunda sección, la que atiende a mayo del 68, es la más pareja del libro, dado que el nivel que alcanzan y el interés que generan los ensayos allí compilados son altos. Patrice Vermeren traza un mapa de relacionamientos de los participantes del pensamiento del mayo francés, específicamente de la revista Las Revueltas Lógicas, ejemplificando la interrupción que existió de cierto pensamiento para tomar un desvío hacia otro. El ejemplo paradigmático es el que toma Vermeren: un Rancière que enfrenta al Althusser que propone un marxismo clásico, en que la ideología se combate con ciencia, para alimentarse de Foucault y la memoria perdida de los archivos, reivindicando las voces de los márgenes. Violeta Percia toma el caso de la Internacional Situacionista y a uno de sus más renombrados integrantes, Guy Debord, autor de La sociedad del espectáculo, para analizar el problema político de la proliferación de imágenes, oponiendo, como plantea Debord, la “imagen espectacularista” que produce el capital, con la “imaginación”, esa que los estudiantes franceses quieren llevar al poder.

Ducasse. Maldoror. Lautréamont. Mayo del 68. Erotismo. Sexualidad. Y contra el hombre que los hace esclavos, Alma Bolón (ed.). Linardi y Risso, Montevideo, 2019. 427 págs.

Debord parece ser un actor crucial para muchos, porque los siguientes dos ensayos también estudian su participación y su pensamiento. Pierre-Ulysse Barranque dialoga con la primera sección del libro, porque trata el tema de la lectura que Debord hace de Ducasse. Propone que los surrealistas habrían perfilado su revolución encabezados por el binomio Rimbaud-Marx, porque había que “cambiar la vida” y “transformar el mundo” a la vez. Debord y los situacionistas cambian a Rimbaud por Ducasse, y Barranque se pregunta qué se juega en ese corrimiento. Lo que se juega terminan siendo los conceptos de “plagio” y “reescritura” que Ducasse defiende en “Poesías”. Reescritura que les permite, por ejemplo, poner en escena a Marx en el 68 habiéndolo descontextualizado del estalinismo. El otro ensayo es el de João Arthur Pugsley Grahl, que intenta demostrar que Debord y Godard fueron precursores además de actores del mayo francés. Tendría mis reparos con la idea de que el mayo francés haya tenido “precursores”, porque dada la propia naturaleza del pensamiento del 68, el de que las teorías surgen de las prácticas y no las anteceden, es difícil que dos actores hayan podido “cursar antes” (“precursar” no sería otra cosa) el camino que cursan los mayistas franceses.

Walter Romero aborda la teoría del “matema de la revolución” de Badiou para analizar el fracaso de la revolución de mayo del 68. Con ideas traídas de la matemática, pero también de la sociología, Badiou dictaminaría, como si de un oráculo se tratara, que las revoluciones siempre fallarán a menos que los cuatro grupos sociales (jóvenes universitarios, jóvenes de las periferias, masa de trabajadores e inmigrantes indocumentados) que las pueden llevar adelante actúen en conjunto. A la unión de los cuatro puntos, Badiou la llama “acontecimiento”. Por otro lado, Romero analiza el teatro del filósofo francés y sus posibilidades revolucionarias.

Javier Ignacio Gorrais escribe sobre un posible encuentro entre Blanchot y Perec en el entendido de que ambos trabajan con “la posibilidad de dar voz a lo silenciado, a lo desaparecido”. López Delacruz, por su parte, indaga en el tema de la “muerte del autor” barthesiana y el abandono del concepto de “obra” por el de “texto”, para traer a colación el ya mentado cuestionamiento a la autoridad del autor. El trabajo de Verónica D’Auria toca un tema que no venía siendo trabajado y que enlaza la sección de mayo del 68 con la siguiente y última del libro, la de erotismo y sexualidad. La autora realiza un estudio muy interesante de Metroland, de Julian Barnes, mientras que, siguiendo en las derivas temáticas poco tocadas, Espinosa Cárcamo indaga en el contenido sexual explícito en la música popular de los años sesenta, para aterrizar en “Je t’aime… moi non plus” de Serge Gainsbourg y sus dúos candentes con Brigitte Bardot primero y con Jane Birkin después. Para finalizar la segunda sección del libro, se unen dos ensayos sobre la figura tanto biográfica como voz textual de Margarite Duras. Lucía Vogelfang traza las idas y vueltas de la escritora con el pensamiento de izquierda y el Partido Comunista Francés, y Manuel Eloy Fernández junto con Santiago Herrera Yáñez incursionan en la política del amor que surge de los textos de Duras, describiendo el proceso de resquebrajamiento del sujeto en el imposible vínculo o comunión con el otro que pretende el amor.

DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS. La última sección, “Erotismo y sexualidad”, se abre con el interesantísimo ensayo de Jean-Jacques Vincesini, que se pregunta por las dimensiones históricas, estéticas y antropológicas del arte de amar en la Edad Media. Entre muchas de las ideas provocadoras, indaga en el amor como “invención de la literatura”, comenzando por los trovadores del siglo XII.

La Edad Media vuelve algunas veces más. Y eso es removedor, porque el sentido común que la generaliza como una suerte de larga tiniebla, de mil años de soledad y de teocracia autoritaria, no permite ver la riqueza de concepciones sobre el amor que ha habido durante ese período. El segundo ensayo es de Susana Artal Maillie, que con erudición recorre los mitos y relatos que transitan a lo largo de la historia y que pueden ser considerados protoversiones de la Bella Durmiente. Victoria Raffaele analiza la voz femenina en la literatura y sus diferentes figuras en relación con el verbo “actuar”, básicamente en tres modalidades: provocación, puesta en escena y escucha. Estela Blarduni escudriña la sexualidad y el erotismo en la obra de Pascal Quignard, quien, entre otras cosas, revisa la cultura grecorromana para sugerir ideas potentes. Por otra parte, Soledad Campaña Fuenzalida se interesa por la obra poética de Yves Bonnefoy para vincular la emergencia de mitos (específicamente, Eros y Psique) que surgen en su lectura con “la conceptualización de la experiencia en el mundo” que el poeta propone. Pedro Agustín Gari Barbé enlaza a Julio Herrera y Reissig con Charles Baudelaire, pero encuentra discrepancias entre el “erotismo luminoso” del uruguayo con el erotismo baudelaireano, descrito como “lúgubre, abyecto, oscuro y mucho más violento que el de Herrera”. Valeria Castelló-Joubert analiza el espacio poético de los “invernaderos” asociados con la podredumbre y la muerte en la narrativa decimonónica, y pone el énfasis en La Curée, de Zola, donde ocurre un incesto y también se simboliza el espacio donde la técnica humana genera decadencia. Ana María Peña se dedica a Paul Éluard, para concluir, quizás en cierta contradicción con la filosofía surrealista, que el francés sugeriría que el acto sexual “es un instante de plenitud y de exaltación, que permite recomponer una unidad perdida: dos mitades que se reencuentran y se funden en un solo ser”. El ensayo de María Julia Zaparart es sobre el erotismo de los objetos en Trésors à prendre, de Violette Leduc, un diario de viaje por el sur de Francia. La autora sintetiza que, “al descubrir una serie de objetos cotidianos a través del prisma de las emociones eróticas, la narradora los vuelve cómplices de la escritura. El acto de escribir y el de amar se confunden: amar es escribir y escribir es manifestar una relación amorosa, erótica, hacia la lengua, los objetos y los seres humanos”. Al finalizar el libro, Claudia Moronell escribe sobre el erotismo y el dolor en Se perdre, de Annie Ernaux. Se trata de un diario íntimo en el que, como todo diario, se pone en juego la intimidad de la autora, o la construcción que el yo que escribe hace de ella; “… la diarista explicita la conciencia de la pérdida de sí que supone la relación erótica, una especie de abismo invivible entre lo imaginario, lo real y el deseo”.

Todos los ensayos en lenguas extranjeras fueron traducidos por Alma Bolón, y la decisión de dejar las citas textuales en el idioma original, sin traducción, también deberá entenderse como un gesto político de acercamiento del lector hispanohablante lego en lenguas extranjeras a la experiencia de lo otro, lo casi incomprensible. Y el “casi” es fundamental. Con las consultas pertinentes en diccionarios y el buscador de Internet, es decir, con el ánimo curioso de indagar, ese desafío es posible y enriquece aun más lo que ya de por sí implica la grata experiencia de leer y estudiar este libro.

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