El espacio vacío - Semanario Brecha
La izquierda y la seguridad

El espacio vacío

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En una entrevista reciente con la revista Nueva Sociedad, los historiadores Vania Markarian y Aldo Marchesi reflexionan sobre las dificultades que tienen las izquierdas para comprender las crisis actuales y proyectar futuros posibles. El «imaginario progresista» está en zona de incertidumbre, en un «encierro temporal» que –al menos en el Cono Sur– no permite moverse más allá de las referencias a los derechos humanos, acotados a las lógicas discursivas propias de la transición democrática.

Atadas a las nociones de una democracia inalterable y de un capitalismo periférico con el que hay que convivir, las izquierdas se han desprendido de sus ideas más fuertes ante el imperio de lo posible, de lo que hay. Esta profunda crisis de sentido no es fácil de resolver en ninguna parte. En este marco, los investigadores proponen la necesidad de un esfuerzo genealógico, es decir, de mirar el pasado desde otras perspectivas que permitan resituar los procesos. Por ejemplo, sería relevante pensar las violencias contemporáneas en relación estrecha con las peripecias autoritarias de los sesenta y setenta. Y agregamos nosotros que quizá los propios procesos autoritarios deben ser rediscutidos en clave socioideológica más comprensiva.

Hace algunas semanas, el filósofo Sandino Núñez señalaba en Brecha que vivimos en sociedades psicóticas que ya no pueden distinguir entre el adentro y el afuera, entre el yo y el objeto, entre la ficción y la realidad; ya casi no hay margen para hablar desde el partido, el Estado, la nación, la justicia, las clases sociales y las relaciones simbólicas de producción. Todo parece arrasado por la lógica fría de la economía y de las tecnologías empresariales. El sentido queda reducido al funcionamiento del mecanismo desnudo del capital, al tiempo que el poder parece estar diseñado para destruir el propio principio de realidad. Y en ese contexto agobiante, las sociedades, los grupos y los individuos navegan entre la apatía, la anemia intelectual y las descargas descontroladas y fanáticas de sentido.

Por un lado, el sujeto –la izquierda– enfrenta una crisis y debe buscar nuevos horizontes de sentido. Por otro, el propio sentido ha desaparecido del mundo y lo que queda es un mero mecanismo. Tal vez ambas posturas sean extremas, pero en su exageración hay un estímulo productivo para pensar asuntos decisivos. Decir que a la izquierda el espacio está vacío y que el mundo es una maraña de coacciones que engullen la vida y la experiencia como promesas de algo distinto no debe tomarse dogmática ni literalmente, sino como una inspiración para pensar problemas de fondo.

Por ejemplo, cuando hablamos de violencia, criminalidad e inseguridad en su vertiente académica, en su encuadre normativo o en su formato político, los puntos de vista deben ser integrados. Cuando la izquierda ha tenido que asumir los problemas de la seguridad, lo ha hecho primero con base en referencias a dinámicas socioeconómicas, luego reconociendo la especificidad de la victimización (el delito golpea a los más vulnerables) y finalmente absorbiendo sin resistencia las razones que emanan del sistema penal y de la lógica preventiva, anclada en la vigilancia y la privatización de servicios. A este proceso mimético muchos le han llamado maduración, pero lo cierto es que se ha ido conformando a través de tres vías principales: vía realismo de derecha (en Uruguay esto tuvo su expresión más clara entre 2010 y 2019), vía planes tecnocráticos (más visible en la gestión actual) y vía impulsos represivos escondidos (que anhelan, en semisecreto, a Nayib Bukele, que justifican operativos de limpieza urbana o que ponen bajo socialización militar a adolescentes infractores).

Esa posibilidad de algo a la izquierda en el campo de la seguridad se va diluyendo por efectos de fuerzas y dinámicas que imponen sus condiciones sobre lo que se dice y se piensa. La incomodidad y las contradicciones se resuelven con resignaciones, autojustificaciones, realismos y adaptaciones. Y la sensación de vacío (por no hablar de ineficacia, además) se hace todavía más evidente. Un trabajo genealógico sobre las violencias, tal como lo sugieren Markarian y Marchesi, sería crucial.

Pero, al mismo tiempo, en este presente, no hay forma de construir un espacio ideológico sin un anclaje radical en las desigualdades sociales. Y eso tiene que ver con razones estructurales, pero también con experiencias situadas, con dinámicas de desprecio y reconocimiento, con emociones que se tramitan en espacios normativos concretos, con condiciones económicas y laborales que moldean los propios contextos de sentido. Si el conocimiento social no ayuda a clarificar algo de todo eso, se torna incierto.

Esto tiene como telón de fondo un conjunto de tendencias que se han ido consolidando. Primero, las víctimas en general y las víctimas del delito en particular han ganado centralidad en las sociedades contemporáneas. La producción de víctimas se vincula con conflictos reales y potenciales, con la expansión silenciosa de daños y traumas, y con la generalización de un cierto sentimiento de victimismo. La suma de situaciones muy distintas deriva en una matriz emocional colectiva, y allí las causas últimas de la victimización desaparecen, se encarnan individualmente, se despolitizan, al tiempo que también son capaces de desatar reacciones morales y demandas represivas infinitas.

Segundo, la razón represiva no ha dejado de expandirse, tanto para sostener el poder geopolítico como para controlar y neutralizar a los sectores más vulnerables. La lógica del capital se impone, pero al precio de desarmar, romper, desintegrar, y eso mismo luego exige de nuevos impulsos represivos. El control de las clases bajas, la demonización del otro, la criminalización de las protestas son complejos mecanismos que reproducen la lógica de un orden.

Tercero, la vigilancia y los controles constantes pautan las interacciones sociales. Lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos están bajo monitoreo constante, que moldea las conductas, multiplica las reacciones, achica las distancias y neutraliza las incubaciones de resistencias.

Cuarto, a la violencia delictiva hay que sumarle una violencia implosiva que también destruye subjetividades y lazos sociales, que nos deja indefensos, aislados y también reactivos (entre la indignación y la impotencia). Las incertidumbres y los miedos ya no son simples murmullos, como diría Max Weber, sino poderosas fuerzas escondidas, reprimidas y manipuladas por intereses de toda índole, mientras que las causas que las producen permanecen implacablemente silenciadas.

La izquierda debe pensar el problema de la seguridad desde las claves de la desigualdad, pero al mismo tiempo tiene que tener un proyecto de igualdad, de reconstrucción de lo social y lo público. No hay caminos lineales para eso, aunque ciertamente hay que sortear dos escollos. En primer lugar, hay que asumir que el sistema penal es parte del problema, porque rompe, perfora y golpea siempre en el mismo lugar.

La violencia estatal no es un asunto secundario, un exceso controlable, un daño colateral, sino un proyecto arraigado (pocas veces visible) para reproducir un orden social injusto. El segundo escollo nos obliga a vincular estrechamente la violencia con el capital, los mercados legales con los ilegales. No son dos mundos opuestos, sino sustancialmente articulados.

Hace algunos años atrás, en plena cruzada «antichorro», alguien aseguró a viva voz que el narcotráfico nada tenía que ver con el capitalismo. Pues me temo que todos esos mercados ilegales se propulsan bajo la racionalidad capitalista, reproducen desigualdades y sostienen el sistema en sus aspectos económicos, sociales y políticos. La «guerra contra las drogas» es el perfecto atajo ilusorio para mantener en un cono de sombra las lógicas más desembozadas del capital. Parafraseando a Núñez, el capital genera violencia, pero la violencia también genera capital.

No es sencillo llenar los espacios vacíos de izquierda con nuevo sentido. Hay que buscar motivos en los propios motivos de la gente, en los restos de subjetividad que todavía no han sido arrebatados, en las demandas más escondidas, en las esperanzas todavía activas. Pero para que eso tenga traducción real hay que crear las condiciones, hay que hacer más de lo que en apariencia se puede hacer, hay que reconstruir las instituciones para que funcionen de otra manera. Hay que pensar y conocer de forma distinta, renunciar a ciertos esquemas más allá de las presiones ambientales, despojarse de experiencias que han sido poco edificantes, asumir la intemperie y buscar nuevos aliados. En definitiva, procurar vivir con sentido, aunque el mundo ya no lo quiera.

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