Butazzoni y los Nazis

El genocidio no prescribe

Los que nunca olvidarán, de Fernando Butazzoni. Alfaguara, Montevideo, 2020, 375 págs.

El 23 de febrero de 1965, un grupo de agentes del MOSAD ejecutó a un criminal de guerra nazi en una casa del balneario Shangrilá. El cadáver, escondido en un baúl, fue descubierto 11 días después gracias a una denuncia efectuada desde Düsseldorf por los autores del homicidio, a quienes urgía que el cuerpo fuese encontrado, porque, según las leyes alemanas de aquel entonces, la fecha de prescripción de los crímenes de guerra nazis era el 30 de mayo. Por eso, para transmitir un mensaje al Bundestag y a la comunidad internacional, el gobierno israelí resolvió llevar adelante una acción de castigo, que no reivindicaría para no dañar sus incipientes vínculos con muchos países, sobre todo después del escándalo que provocó el secuestro de Adolf Eichmann en Argentina.

¿Quién fue el criminal elegido? Herberts Cukurs, una estrella de la aviación europea que durante la ocupación de Letonia colaboró con los nazis y condujo a la muerte a miles de judíos. Al repasar su biografía, Fernando Butazzoni reconstruye las masacres cometidas en el país báltico y, entre otras personalidades, la del general de las SS Friedrich Jeckeln, su máximo perpetrador, que, finalizada la guerra, fue colgado por los soviéticos en la plaza de Riga. Un día después, Cukurs viajó con su familia a Brasil para empezar de cero. Dos décadas más tarde lo alcanzó un espía encubierto que, con enorme paciencia y una oferta comercial difícil de rechazar por un empresario arruinado, lo persuadió de viajar a Montevideo. El crimen no podía consumarse en Brasil porque un comisario lugareño con fama de asesino protegía a Cukurs y tenía amenazadas a las organizaciones judías a fin de que nada le ocurriese.

El título elegido por Butazzoni, Los que nunca olvidarán, reproduce la consigna adoptada por el comando para comunicar su acción y refleja el espíritu de la historia, ya que quienes asesinaron a martillazos a Cukurs «llevaban marcadas a fuego las cicatrices del Holocausto». La ejecución causó revuelo en los medios uruguayos, pero hoy pocos compatriotas recuerdan el incidente y menos que el comisario del caso fuese Alejandro Otero. De los hechos no existe historia oficial. La construcción del relato está surcada por voces heterogéneas y la porfiada contradicción de los archivos. Hay testimonios de primera mano, artículos de prensa, libros, películas, canciones, obras de teatro, performances, ensayos, tesis. ¿Qué hace Butazzoni con este acervo colosal? Un trabajo tenaz, de rastreo y cotejo, desde el que organiza su propio relato, una suerte de diario de la búsqueda donde anota todo lo que le sucede mientras avanza la investigación. Su voz en primera persona guía al lector para pensar juntos los sentidos del pasado. Sabe que la memoria necesita un marco de referencia, una puesta en escena que encuentre sentido en el presente. Por eso va más allá, ilusionado con la posibilidad de localizar algún secreto bien guardado que permita exponer las falsedades y los errores, sobre todo los cometidos por el MOSAD, que, si no fuese por la gravedad de los hechos, resultarían absurdos y moverían a la risa.

Los que nunca olvidarán continúa el proyecto narrativo del autor iniciado en libros anteriores. Combina historia y periodismo, novela de espionaje y thriller político; enfrenta memorias rivales e interpretaciones alternativas. Butazzoni piensa, como Juan Carlos Onetti, que la manera más aborrecible de mentir es decir la verdad pero ocultar el alma de los hechos. Por eso persigue algo que sólo la literatura es capaz de expresar: un plus, una excedencia que otra clase de discursos deja de lado o no alcanza a enunciar. Sólo así podrá aportar su versión de lo que considera la verdad, sólo así podrá luchar contra el olvido. No teme a las palabras y está habituado a la polémica. En Los que nunca olvidarán reintroduce la pregunta por la justicia a partir de un motivo que, en su opinión, subyace a ella: la venganza. Presume que en el presente puede leerse la ejecución de Cukurs «como un acto de venganza primitivo y oscuro, perpetrado, para colmo, por un Estado». Este es uno de los nudos que amarran el dilema ético de esta historia y él se propone desatar. Otro es el de la obediencia debida. Más que encontrar respuestas definitivas a la constelación de interrogantes planteados, persiste en el lector la redundante puesta en relación de fechas, nombres, circunstancias, antecedentes, imágenes, escenas e incertidumbres que el autor expone con hartura, porque nunca está todo dicho y hay que contar y contar…

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