El interregno y sus monstruos - Semanario Brecha
Disputas hegemónicas en tiempos de incertidumbre global

El interregno y sus monstruos

Atardecer en Gaza, enero de 2026. Xinhua Rizek Abdeljawad.

En la década del 30, Antonio Gramsci escribía los textos que hoy conocemos como Cuadernos de la cárcel. En una época marcada por la incapacidad de las clases dominantes para sostener su hegemonía y por la dificultad de las clases subalternas para construir una alternativa capaz de ordenar la crisis, Gramsci acuñó la idea de interregno: un tiempo histórico en el que «lo viejo muere y lo nuevo no termina de nacer». Es allí donde aparecen los fenómenos mórbidos o lo que luego se popularizó como los monstruos. Su reflexión surgía al calor de una Europa atravesada por el ascenso del fascismo, la crisis de las democracias liberales y el agotamiento de las reglas surgidas tras la Primera Guerra Mundial.

Todo interregno, dirían Mónica Hirst y Guadalupe González,1 supone una ruptura con lo preestablecido y la gestación incierta de un nuevo orden. En la perspectiva de un militante preocupado por el qué hacer, lo nuevo por nacer era la posibilidad de que la crisis orgánica del capitalismo generara las condiciones para su superación. Ello exigía una batalla intelectual y moral capaz de construir una nueva hegemonía.

Casi un siglo después, pareciera que el mundo atraviesa nuevamente un interregno. Y, otra vez, los monstruos campean. Donald Trump es quizás su expresión más visible, mientras que Gaza es la muestra obscena de una política del uso de la fuerza sin límite alguno, ni en el derecho –internacional o nacional– ni en actores capaces de oponerse. Ya no estamos en épocas de hegemonía, sino de dominación pura y dura. Cuando la persuasión no alcanza, se convence con el garrote. Y ya no solo «en nombre de la democracia», sino –peor aún– en el de una supuesta «civilización occidental» amenazada.

No sorprende que Estados Unidos respalde de forma irrestricta el genocidio en Gaza o amenace con «desaparecer a toda una civilización» en el caso de Irán. Tampoco que reclame a la Unión Europea un aumento sustancial del gasto militar para profundizar una escalada bélica cada vez más difícil de contener. A esto se suma una ofensiva comercial con grados variables de coerción: con México y Brasil se negocia, en Venezuela, Cuba o Panamá se impone. El «bilateralismo a la carta», como señalan Hirst y González, oscila entre la negociación y la amenaza, pero en todos los casos profundiza –y alienta– una fragmentación latinoamericana cada vez más aguda, como lo muestra la convocatoria al Escudo de las Américas.

El plan supremacista, xenofóbico, antizquierdas y antiderechos de Estados Unidos pasa a ser de recibo por las derechas locales, cuyos sectores fanatizados y extremistas gobiernan el clima de opinión pública y ganan elecciones. Nayib Bukele gobierna El Salvador en estado de excepción desde hace años. Si hay resistencia, como ahora en Bolivia o antes en Ecuador, el estado de excepción pasa a ser la regla. No es para menos. Como aprendimos de Hirst y González, América Latina es hoy un gran «laboratorio de control» donde Estados Unidos ensaya sus armas diplomáticas, arancelarias, militares y electorales. Es por eso que todo tiene una apariencia de ensayo y se despliega con marchas y contramarchas, anuncios desmedidos, amenazas, invasiones y una ilegalidad tan manifiesta que hace que quienes la aplauden solo colaboren al deterioro de la democracia y, finalmente, de la política.

Históricamente considerada el patio trasero de Washington, la región latinoamericana volvió a ocupar un lugar destacado en la política exterior estadounidense. Y, desde el secuestro de Nicolás Maduro contra todo derecho internacional, las sanciones y amenazas inhumanas sobre Cuba, la injerencia en procesos electorales y los intentos de disciplinamiento político, hay un efecto de vértigo que desorienta e impide la reagrupación de fuerzas y las respuestas orgánicas de la región.

Nuestro país no es ajeno a este «bilateralismo a la carta» que nos deja cada vez más aislados y librados a nuestras propias fuerzas, como muestran episodios recientes vinculados al portaaviones estadounidense, las presiones para una cumbre con Trump o las bravatas de la oposición para sumarse al Escudo de las Américas. Sin embargo, todavía existen márgenes de disputa: Uruguay preside la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, hay posibilidades de nuevos triunfos de la izquierda en Brasil y Colombia y, aun en un contexto de avance de las derechas y de agendas bukelizadas, buena parte de la ciudadanía latinoamericana sigue identificando a la pobreza como el principal desafío.2 Al mismo tiempo, el prestigio internacional de Estados Unidos e Israel cae de forma estrepitosa.

Esta transformación geopolítica comenzó a modificar las percepciones sociales dentro de la región. Los datos de Amlat Radar 2026 resultan en particular reveladores. La encuesta, organizada por la Fundación Friedrich Ebert y el Latinobarómetro, y desarrollada el año pasado en diez países latinoamericanos, muestra una opinión pública atravesada por la incertidumbre, la impotencia, la desconfianza y el deterioro de la imagen de las potencias occidentales tradicionales.

El estudio refleja un cambio profundo en la percepción del orden global. La desconfianza hacia el presidente estadounidense supera ampliamente a la que provocan otros líderes mundiales y, por primera vez en décadas, Estados Unidos deja de aparecer como el principal modelo de desarrollo para la región. China ocupa ahora ese lugar, en especial vinculada al desarrollo tecnológico, científico y educativo, y la Unión Europea conserva cierto prestigio en materia de normas y valores democráticos. El viejo orden unipolar parece haber dejado de existir, pero el nuevo todavía no termina de consolidarse.

En definitiva, el estudio refleja, un siglo después, aquel interregno del que hablaba Gramsci. Los pueblos latinoamericanos perciben el desgaste de la hegemonía estadounidense, el ascenso de China como actor global, la fragmentación del orden internacional y la creciente incapacidad de los organismos multilaterales para contener conflictos y garantizar estabilidad. En ese escenario de transición, vuelven a emerger los monstruos: figuras y proyectos políticos que hacen de la crueldad, el odio y la guerra una forma de gobierno. Los Trump, los Netanyahu y las nuevas derechas radicales no aparecen a pesar de la crisis del orden global, sino justamente como expresión de ella.

Pero los interregnos no producen únicamente monstruos. También abren disputas. Si el viejo mundo en efecto está muriendo, la pregunta central ya no es solo qué fuerzas impulsan la barbarie, sino también cuáles serán capaces de construir un horizonte distinto. Y en esa discusión, América Latina tiene todavía mucho para decir.

  1. «América Latina frente al nuevo tablero global», Nueva Sociedad, abril de 2026. ↩︎
  2. «Navegar la incertidumbre: miradas latinoamericanas sobre Europa y el mundo», informe desarrollado por Guadalupe González, Mónica Hirst, Carlos Luján, Carlos Romero y Juan Gabriel Tokatlian. Fundación Friedrich Ebert, 2026. ↩︎

Artículos relacionados

Un movimiento político de base cristiana en ciernes

La voz

opinion
Revisar la ley de corresponsabilidad en la crianza ya no es una opción, es una necesidad

Antifeminismos: la organización de la sospecha contra las mujeres

Con Gabriel Delacoste sobre Alberto Methol Ferré

El misterio del verticalismo

El papa Francisco frente a la trinidad de la extrema derecha global

El backlash del catolicismo