El lado de Chifflet - Semanario Brecha
Hombre flaco y alto, buzo a rombos, saco a cuadros, pelo cano, flecos plateados y una voz particular

El lado de Chifflet

Guillermo Chifflet en 1990. Marcelo Isarrualde.

Una tarde de abril de 1983, aún en dictadura, como integrante de la Asociación de Trabajadores de El Día, fui a un instituto de ayuda sindical ubicado en la calle Uruguay casi Gaboto para explicar la situación de inminente envío al seguro de paro por la que atravesábamos los empleados del diario fundado un siglo antes por José Batlle y Ordóñez.

En la vieja casona de altos donde funcionaba la Comisión de Estudios Sociales y Sindicales (CESS), conversaba un grupo de personas que yo –con mis veintipocos años de edad y una trayectoria limitada a las secciones de deportes y cultura– entonces no conocía: eran Víctor Vaillant, Ernesto de los Campos, José D’Elía, Andrés Toriani, Richard Read, Jorge Núñez y otros que no recuerdo.

Me sumé a la reunión y escucharon con atención mi versión de lo que ocurría en El Día, hasta que llegó otro «desconocido»: un hombre flaco y alto, buzo a rombos y saco a cuadros, pelo cano con flecos plateados. Empezó a hablar de un documento, algunas de cuyas páginas, que ya traía escritas, comenzó a leer a los presentes; narraban la historia de los mártires de Chicago.

Yo, educado bajo la censura de la dictadura, desconocía los detalles de aquel episodio de lucha popular que ese hombre elegante y de particular tono de voz –luego supe que estudió periodismo en Yugoslavia– narraba suave pero apasionadamente. Me emocioné cuando leyó la frase de August Spies: «Nuestro silencio será más poderoso que nuestras voces que estrangula la muerte».

LETRISTA DEL PIT

El documento lo tomó Read cuando la reunión se disolvía. Los más jóvenes, representantes de sus centros laborales, me invitaron a participar de otro encuentro en un lugar cercano. Mientras el barbado Toriani montaba su bicicleta, me metieron en la parte trasera de la combi pintada con antióxido que conducía Read para llevarme por Gaboto hasta la calle José Enrique Rodó.

En la casona donde funcionaba Acción Sindical Uruguaya había una veintena de dirigentes de las asociaciones profesionales que recientemente habían sido permitidas por la dictadura a través de una norma impulsada por el ministro de Trabajo, general Néstor Bolentini. El anfitrión del encuentro, Mitil Ferreira, explicó que nos reuníamos para organizar la conmemoración del Primero de Mayo.

Allí se constituyó una «mesa representativa» integrada por los principales sindicatos. Toriani por la salud, Read por la bebida y Carlos Pereyra por Funsa fueron tres de sus integrantes. Aquel documento leído en el CESS, que se había llevado Read, se lo quedó Pereyra y terminó siendo parte sustancial del manifiesto sindical al abrir el acto frente al Palacio Legislativo.

Desde el estrado, frente a miles de uruguayos, en aquel episodio clave de la lucha en contra de la dictadura, Carlitos Pereyra, la primera voz del Plenario Intersindical de Trabajadores (PIT), leyó palabras que había tecleado aquel hombre flaco y alto, buzo a rombos, saco a cuadros, pelo cano, flecos plateados y particular voz llamado Guillermo Chifflet. Lo escuché a él cuando citó a Spies.

EL «HERMANÍSIMO»

Por trabajar en «espectáculos» de El Día, antes que al Yuyo Chifflet, conocí a su esposa, Julia Amoretti, extraordinaria actriz y comediante. Y luego de aquella tarde en el CESS, con él pude compartir teclados y salas de redacción en publicaciones como Convicción, La Voz, Tiempo de Cambio, Alternativa y Brecha. Aprendí sobre periodismo, política y humanismo.

En Convicción, la publicación que funcionó como herramienta de organización y convocatoria del PIT, Chifflet fue una de las plumas de la formativa «Enciclopedia Sindical», que educó a buena parte de los nuevos dirigentes sindicales. En La Voz –continuidad de Convicción, tras su clausura– recuerdo su fuerte alegato por la liberación de Wilson Ferreira Aldunate, preso al volver del exilio.

Tiempo de Cambio fue un diario modelo que duró un suspiro; Alternativa un semanario oficial del Partido Socialista en el que Chifflet planteaba los temas que le ocupaban políticamente, y Brecha la escuela de un periodismo en el que se amoldaban aquellas firmas que habían escrito en Marcha con las de los jóvenes del 68 que volvían del exilio –o el insilio– y los más jóvenes de la naciente generación 83. Allí, Chifflet –con su «tuteo de usted» y aquel saludo: «¡Hermanísimo!»– rompía todas las barreras intergeneracionales y eventuales diferencias políticas o sindicales que pudieran distanciar a los integrantes de aquella redacción de escritores, revolucionarios, profesionales, académicos, militantes, sindicalistas, activistas o simples atrevidos, que pretendíamos ejercer el párrafo.

DEL LADO CORRECTO

En el llamado Archivo Berrutti se pueden ver las 148 menciones que los militares hicieron sobre Chifflet desde 1963, cuando aparecía en la Lista 4190 de la Unión Popular como suplente del entonces procurador Raúl Sendic, quien, a su vez, lo era del segundo candidato titular, Vivián Trías, en una lista a Diputados que encabezaba Enrique Erro.

Militante social desde la época de la revolución española, Chifflet ingresó en 1940 al Partido Socialista de Emilio Frugoni, donde fue secretario de Trías y edil departamental. Fundador del Frente Amplio, jamás dejó de participar en actos por pequeños o remotos que fueran, y separó siempre su actividad partidaria de su labor como periodista en Época, El Sol, El Oriental, Izquierda, Hechos y Marcha.

Los archivos de inteligencia policial o militar lo registran en buenas causas: abriendo Casa del Pueblo (1984), siendo electo como diputado (1990), militando por plebiscitar la ley de empresas públicas (1992), haciendo lo propio contra la presencia de Pinochet (1993), por el asilo de los vascos (1994), por la cuota femenina (1995), por las radios piratas, por reparar a militares demócratas (1996) y por las causas de derechos humanos en general.

Le adjudican a Leonard Cohen la frase «A veces uno sabe de qué lado estar simplemente viendo quiénes están del otro lado». En el caso de Chifflet, bastaría saber de qué lado estaba él para comprender cuál era el correcto, porque, durante los 93 años que vivió, siempre tomó posición y se comprometió con el lado que debía.

A 100 años de su nacimiento, sigo escuchando su voz.

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