El miedo como legitimador

Máquinas que leen el iris, las manos, el rostro, cámaras térmicas que detectan la presencia humana, detectores de dióxido de carbono que descubren la respiración. Las fronteras entre países sofistican sus métodos de control, y la tecnología, que se presenta como neutral, construye un modelo de viajero que tiene más o menos posibilidades de ser aceptado según sus características. Brecha habló con la antropóloga argentina Estela Schindel, sobre los controles biométricos en las fronteras.

—En su presentación habló sobre los dispositivos de control biométricos en los aeropuertos, pero su investigación aborda también las fronteras marítimas y las terrestres. ¿Podría explicar cuál es el lazo que las vincula?

Me interesa cómo se construye la situación del cruce de fronteras y cómo se construye al sujeto que la cruza. Las materialidades, las tecnologías, las logísticas y qué revelan acerca de la situación de cruce. En el caso de la valla de Melilla todavía no hice el trabajo de campo, pero por lo que estuve explorando hay algo muy interesante, que también aparece en las fronteras de agua: el contraste extremo entre la intemperie y la sofisticación de la técnica al servicio del control de fronteras.

Hay un dispositivo que consiste en tres cercas diferentes, con cuchillas, censores, cámaras térmicas. Las personas que tratan de cruzar se fabrican sus elementos protésicos como para poder engancharse a la valla y cruzarla. Los hacen mientras viven en un campamento en el monte Gurugu, del lado de Marruecos. Acampan durante meses en situación de desprotección extrema hasta encontrar el momento en que puedan cruzar. Tratan de organizarse, de estructurarse, en una situación que no está exenta de conflictos entre ellos, pero sobre todo con las autoridades marroquíes que cada tanto les arrasan el campamento. Ese contraste entre la artesanía tan básica de los ganchos, los implementos que agregan a sus zapatos para trepar, y la tecnología de primer nivel, es algo que hay que pensar.

Donde sí estuve fue en la frontera marítima entre Grecia y Turquía. Es una zona que se usa de manera muy intensiva para el cruce desde Turquía. Y lo que pasa ahí, igual que en el Mediterráneo y –salvando la distancia topográfica– en el desierto entre México y Estados Unidos, es que las medidas de securitización y vigilancia empujan a las personas a correr mayores peligros: hacen recorridos más largos, cruzan por zonas del mar más complicadas, viajan cerca de costas rocosas, más escarpadas… Mi hipótesis es que se reproduce una especie de operación racializante, racista, muy profunda, como afianzada en el imaginario eurocéntrico, que construye al no europeo como más cercano al mundo de lo natural.

—¿En los aeropuertos esa construcción se produce mediante la tecnología, por los controles biométricos?

En cada uno de los dispositivos se da de distinta manera. Hay ciertos cuerpos que aparecen como no compatibles con la tecnología biométrica. Porque la tecnología está programada para registrar y percibir ciertos cuerpos normalizados: individuos de una determinada altura, un determinado color de piel, en una determinada etapa de la vida que no es de niño ni anciano, porque a un anciano tal vez se le borran un poco las huellas digitales y un niño no tiene la altura para que la cámara lo capte. Es una construcción que produce una serie de exclusiones. Las fronteras marítimas son las más terribles porque son letales, son rutas más peligrosas a raíz de la vigilancia, la gente se muere por tener que estar más tiempo en el agua. Ahí lo que veo es cómo se movilizan o suscitan las llamadas “fuerzas naturales”, las corrientes marinas, los vientos, el clima. Todo eso se pone al servicio de disuadir a los inmigrantes. Esta operación de exponerlos a una zona de mayor peligro “natural” está resultando letal, está muriendo más gente cada año. Pero tratando de pensarlo más allá de la coyuntura, como continuidad, mi impresión es que se están produciendo sujetos más cercanos a la biología, distintos a otros más sofisticados y más compatibles con el mundo tecnológico, que en el imaginario eurocéntrico se asocia con la civilización.

—¿Qué discursos legitimantes están detrás de la incorporación de las tecnologías biométricas?

Desgraciadamente no es necesaria la legitimación, porque no hay tanta resistencia ni discusión. El gran legitimador por supuesto, es el miedo, muy apoyado por los atentados de los últimos años y esta asociación de la inmigración con el terrorismo. A quienes cruzan una frontera sin documentos se los trata como a los contrabandistas de sustancias ilegales. Sin embargo estas discusiones no están suficientemente activas y podrían significar un cambio civilizatorio. El mundo de la tecnología en general, y de la biometría en particular, es muy opaco. Las empresas y los gobiernos trabajan muy estrechamente ligados. Hay poco control público. Hay, por supuesto, organizaciones no gubernamentales, políticos, miembros del Parlamento Europeo que piden informes, pero es muy difícil seguirle el ritmo a los desarrollos. En Alemania hubo algunas discusiones puntuales. Por ejemplo, hace algunos años había un escáner de cuerpo entero que se estaba usando en el aeropuerto de Ámsterdam, en Holanda, que fue muy discutido porque daba una imagen del cuerpo que era muy cercana a la desnudez. Eso generaba mucha incomodidad, se lo consideraba muy invasivo, entonces se discutió y ese escáner no se está usando en todos lados y se ofrece una alternativa para quien se niega.

El almacenamiento de datos de huellas digitales se comenzó a aplicar a muy gran escala con un sistema que se llama Eurodat, que registra las huellas dactilares de quienes solicitan asilo en Europa, y se acopló a las Regulaciones de Dublin, en Europa, que establecen que quien quiera solicitar asilo sólo lo puede hacer en el primer país de la UE donde puso el pie. Esto durante muchos años puso en una situación muy difícil a los países del sur de Europa, que es a donde, por una cuestión geográfica, llegaban en primer lugar los solicitantes de asilo. Recién en 2015, con la afluencia de refugiados, sobre todo de Siria, el sistema empezó a colapsar. Además algunos refugiados trataban de quemarse las huellas para ser irreconocibles.

—Hablando de aspectos éticos, en su ponencia mencionó tecnologías de segunda generación, que permiten controlar sin que la gente lo perciba.

El conocimiento sobre lo que está ocurriendo es muy deficiente respecto al ritmo y la velocidad a la que se está avanzando en este campo. Parece que lo que está entrando en crisis es una cierta noción del ser humano, de su integridad, de su protección, y un cierto consenso básico en términos de derechos fundamentales que se había establecido luego de la Segunda Guerra Mundial. Consensos que luego igual no significaron protección, porque la llamada Guerra Fría en nuestros países no fue fría en absoluto y hubo grandes masacres y violaciones a los derechos humanos, pero funcionaba esta idea de que hay un cuerpo humano y una ciudadanía y una serie de derechos vinculados a ese cuerpo humano que hay que proteger. Es como si eso estuviera resquebrajándose. Y podríamos realmente ir en camino de una recatalogación de lo humano en la que no todos los cuerpos son leídos y registrados y valorados de la misma manera.

—¿Qué cuerpos serían valorados positivamente y cuáles quedarían fuera?

Se disputa y se negocia la cuestión del acceso a derechos y la propia definición de lo humano, a través de un eje muy propio de la modernidad occidental que construye el progreso, la civilización y la superioridad en términos de poderío y acceso tecnológico, y desplaza a otro -no europeo- a una zona de desguarnecimiento y de más contacto con la naturaleza. Esto da lugar a una serie de paradojas, porque las personas que cruzan ilegalmente a Europa no son seres de “la naturaleza” sino todo lo contrario. Viajan equipados con teléfonos celulares, smartphones, se sirven de las redes sociales y tienen una logística al servicio del cruce. Esto irrita mucho a los guardias de frontera. Dicen: “Cómo puede ser, vienen acá con sus teléfonos de última generación”, como si escapar de una guerra, cruzar una frontera o tener una situación económica difícil, significara que no tienen derecho a eso. De hecho, en las denuncias de abusos cometidos por las patrullas cuentan que les tiran los teléfonos al mar.

—El uso y almacenamiento de los datos obtenidos genera otro problema ético. ¿Cómo se resolvió en Europa?

Del todo resuelto no está. Se está trabajando en un gran proyecto llamado Eulisa, que la Comisión Europea aspira implementar para 2020. Tuvo una etapa piloto y actualmente se está evaluando. La tendencia es centralizar todos los datos en un registro único, que es la tendencia también de las organizaciones policiales; quieren tener todo disponible. Los críticos de esta práctica dicen que esto va a dar lugar a lo que llaman “deslizamiento de la función”, una información que fue capturada para un uso es utilizada para otra cosa. Por cómo se están diseñando estos bancos de datos podría suceder.

—En su trabajo habló de “racialización digital”. ¿A qué se refiere?

Esto ocurriría en los controles biométricos a partir de los programas que decodifican los rasgos, hay una programación que, por ejemplo, lee un iris occidental pero tiene dificultades para leer un ojo asiático. Ahí hay una construcción de un cuerpo que es normal y otro que no lo es. El cuerpo que no es legible es un cuerpo que no es blanco, adulto y no discapacitado. Las dificultades o anomalías aparecen con una piel muy oscura, un iris muy oscuro, una huella dactilar que se ha borrado porque la persona es anciana o ejerció trabajos manuales y se ha desgastado con el tiempo, o porque la mano es muy pequeña. Hay una construcción del individuo ideal para el control biométrico donde la anomalía la genera el cuerpo que no responde a esa función. La tecnología tiene la capacidad de hacernos pensar que las cosas son así por una situación de hecho, como si fueran neutrales. La tecnología trae siempre una serie de valores y de definiciones de lo que es lo humano.

—¿Y qué pasa con las posibilidades de evadir estos nuevos controles? Cuentan que aquí, en una empresa donde los trabajadores hacían trampa y uno de ellos marcaba tarjeta por varios, pusieron un identificador de huellas. Al poco tiempo esos trabajadores se construyeron unos dedos de silicona o algo similar y uno de ellos llevaba una bolsa con los dedos falsos y marcaba por el resto…

La huella dactilar como control de ingreso se está usando desde en las cárceles hasta en Disneyword. Me parece que lo que demuestra ese ejemplo es que no hay forma de control que no traiga consigo una forma de resistencia. Si bien todo este mundo es muy opresivo y amenazante, tampoco quisiera dar una visión apocalíptica, porque pienso, como Foucault, que el poder nunca es absoluto sino que es una relación, y en todo caso da lugar a nuevas formas de resistencia. Lo que me parece importante pensar es a qué terreno se desplaza esa disputa de poder. Pareciera ser un terreno muy íntimo y demasiado acoplado con el cuerpo humano. Supongo que no es lo mismo falsificar un documento que una huella digital. Y es posible que desde el poder y la industria, que son los que más ganan con todo esto, se estén desarrollando nuevas maneras. Tal vez falsificar un iris es más difícil que una huella digital, y también por eso, y para aumentar el control, se recurre a la biometría multimodal, se combinan varios controles (huella, iris y reconocimiento facial).

La tecnología es íntima, la tenés en tu cuerpo. Y es vulnerable. Porque vos podés decir este pasaporte no es mío, pero no podés decir este iris no es mío. Y ahí se abre un mundo. Los hackers van a tener un protagonismo importante, porque hay que comprender y en todo caso burlar estos métodos. La programación no está al alcance de todo el mundo.

  1. Doctora en sociología, investigadora en el Centro de Excelencia Bases Culturales e Integración Social (Dfg-Universidad de Konstanz, Alemania).

 

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