El nuevo clásico

En fútbol, la cuestión no pasa tanto por elegir aquello a lo que nos queremos parecer, sino aquel a quien queremos derrotar. Nuestro enemigo, nuestro “tradicional rival”, aquella media naranja necesaria para completar eso que todo equipo decente aspira a tener: un clásico.

Suárez festeja su cuarto gol ante Chile por eliminatorias 2011 / Foto Alejandro Arigón

El fútbol está plagado de ejemplos de clubes creados más por “oposición a” que por “tener ganas de”. En Uruguay, sin ir más lejos, Nacional fue creado por un grupo de estudiantes universitarios que tenían bronca porque el fútbol era patrimonio exclusivo de ingleses y alemanes. Y así fue que, dotado con los colores de la enseña artiguista, salió a enfrentar a “los ingleses del Curcc”, de los equipos fundadores de la hoy Asociación Uruguaya de Fútbol es el único que logró proyectarse en el tiempo (algunos dirán que hasta 1915, otros que hasta nuestros días).

En otros países esa situación se potencia: hay equipos que tienen como clásico rival a una institución creada por socios propios que –molestos con tal o cual situación– decidieron “cortarse solos” para así crear una institución diferente. Tal fue el caso del Internazionale de Milán, fundado por 44 disidentes del A C Milan, su –desde entonces– eterno rival. Esos iracundos milaneses sólo sabían que querían crear un cuadro para ir y ganarle al Milan, no tenían otro objetivo en la vida.

Por decir fútbol

Desde que la pelota es redonda, el fútbol uruguayo encontró su eco en el argentino. Contra Argentina jugamos (y perdimos) los primeros partidos amistosos, contra Argentina jugamos (y ganamos) las primeras finales, y los campeonatos oficiales disputados entre los equipos rioplatenses hasta mediados del siglo anterior eran toda la competencia continental que necesitábamos: si le ganabas a los argentinos eras el mejor de América, así de sencillo.
Pero llegó el día en que Argentina se dio cuenta de que tenía más de 30 millones de habitantes, y de que ya no podía seguir midiendo fuerzas con esa ex provincia anclada eternamente en 3 millones. Nosotros también colaboramos: superados los rebotes del maracanazo y de la primera mitad de los años sesenta, en la que Peñarol se convirtió en el equipo más poderoso de América, el fútbol uruguayo ingresó en un período de profunda crisis cuyos ecos se prolongan hasta nuestros días. Y el fútbol argentino decidió que su nuevo clásico rival sería Brasil. Pues para un argentino es mucho más “odiable” un brasileño que un uruguayo: el uruguayo les despertará el mismo sentimiento cuasi paternal que un equipo sanducero le podría despertar a un equipo grande montevideano.

Pero no hay cosa peor que un desamor no correspondido. Que para nosotros jugar contra Argentina sea cuestión de vida o muerte, y que a ellos tanto les dé, es algo que no podemos asimilar, una afrenta histórica que nunca podremos digerir del todo. Por eso cuando algún jugador (generalmente veterano) o entrenador desliza “contra Uruguay es un clásico, y como tal hay que afrontarlo”, nos tranquilizamos. Pero nos guste o no, el clásico de Argentina es Brasil, del mismo modo que el clásico del Real Madrid es el Barcelona, por poco que le guste a los hinchas del Atlético de Madrid.

En cualquier caso, si algo nos habrá dejado la Copa América es la definición de un nuevo “clásico” rival para nuestra selección. ¿No disfrutaría usted con que nos toque el último partido de la eliminatoria ante Chile, en Santiago, y que los dejemos fuera con un gol de Cavani quien, tras anotar, emprenderá una alocada carrera mientras se golpea las nalgas con una mano y pide silencio con la otra? La definición de clásico en el fútbol actual, más que por una cuestión de tradición, pasa por que cuando el equipo rival pierde el placer experimentado sea comparable (o incluso mayor) al registrado cuando el equipo propio gana. Y siempre y cuando el sentimiento sea mutuo: si vos te morís por ganarle a X pero perdés y a X tanto le da, no hay clásico.

Esa es la gran victoria de Chile en esta copa: su devenir, de ahora en adelante, ya no nos será indiferente. Al menos por un tiempo, querremos que pierda. Tanto, que este domingo, cuando comience a rodar la “cachaña” sobre el parejo césped del Estadio Nacional, la mayoría de los uruguayos y uruguayas que hace casi exactamente un año gritaron el gol de Götze, harán fuerza para que Messi vuelva a ser ese macaquito de Play Station manejado por un jugador experto en modo amateur. Y desparrame chilenos por acá y por allá, y la toque al medio (porque tampoco le vamos a pedir que meta goles con la selección) y por el medio llegue Pastore, o Agüero, o Tinelli, o Perón, quien sea, tanto nos da. Y que sea gol. Y que la historia se repita dos, tres, siete veces de ser posible. Y que la cámara muestre a Bachelet, que ya no festejará como quien hace sonar maracas invisibles sino que mirará al campo sin comprender que con nosotros no se jode.
Porque estas son las Provincias Unidas del Río de la Plata, papá.

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