Lo que divide a la clase trabajadora de Israel

El racismo en la base

A pesar de una buena tasa de sindicalización, las patronales y la ultraderecha siguen dominando la política israelí. El proyecto sionista impide la unidad obrera y lastra el desarrollo de cualquier opción de izquierda.

Campo de refugiados palestino con la ciudad israelí Ashkelon de fondo Afp, Mohammed Abed

La elección anticipada celebrada el mes pasado en Israel –la cuarta en dos años– volvió a centrarse en la incapacidad del primer ministro, Biniamin Netaniahu, de formar gobierno en el marco de los múltiples escándalos de corrupción que lo tienen como protagonista. De hecho, desde mayo hay manifestaciones semanales en los cruces de carreteras de todo el país en las que se ondean banderas negras e israelíes, y se pide su dimisión, su procesamiento y el fin de la corrupción gubernamental.

Pero ese movimiento, que pretende hablar en nombre de toda la población israelí sin importar filiación política, no llega a enfrentar ni a reconocer la mayor injusticia en Israel: la ocupación. La elección también puso en evidencia la situación de un sionismo liberal prácticamente derrumbado. Los partidos del sionismo laborista (Haavoda) y del sionismo socialista (Meretz) fueron, en su día, la piedra angular del proyecto colonial y dominaban todas las esferas de la sociedad israelí: el gobierno, el Ejército, la mayoría de las empresas, los sindicatos y los kibbutzim.

En las elecciones de este año, cada uno de ellos apenas pasó rozando el umbral de votantes requerido para entrar en el Parlamento israelí (la Knéset) con un 5,92 por ciento y un 4,55 por ciento, respectivamente. Los principales partidos de oposición a Netaniahu y a su partido de derecha, el Likud, son los de centroderecha Yesh Atid y Kahol Lavan. Los partidos de derecha dominan ahora por completo el panorama político israelí, tras conseguir más de 100 de los 120 escaños de la Knéset.

Lo que queda del liberalismo sionista sigue defendiendo, de boquilla, una vacía solución de dos Estados –rechazada, según las encuestas, por una clara mayoría de la sociedad israelí, que apoya la plena ocupación–, solución que Israel ha hecho imposible con décadas de expansión de las colonias. Sus partidos han buscado robar votos a la Lista Conjunta palestina, una coalición de tres partidos políticos que representan a la mayoría de la población palestina con ciudadanía israelí. La Lista Conjunta es posiblemente la única coalición de izquierda real en el ámbito electoral de Israel. Pero mientras rechazan aliarse con la Lista Conjunta, el laborismo y Meretz están perfectamente dispuestos a formar parte de un gobierno con los partidos de extrema derecha de Israel: por encima de todo, tanto sus líderes como su base de votantes siguen comprometidos con el sionismo (el año pasado, una encuesta encargada por el liderazgo de Meretz mostró que apenas el 0,7 por ciento de su base lo votaría sin dudarlo si el partido se presentara como partido judeoárabe en lugar de exclusivamente judío, como lo hace ahora).

Fuera de la esfera electoral, en la sociedad israelí opera un puñado de pequeños grupos de izquierda, de los cuales un número aún más pequeño se organiza en la Cisjordania ocupada con líderes palestinos. La organización israelí de derechos humanos B’Tselem y el portal de izquierda +972 Magazine reconocen la realidad del apartheid israelí y de las campañas de limpieza étnica de 1948 (la Nakba), al igual que lo hacen grupos de activistas como los shministim, quienes se niegan a servir en el Ejército israelí. Pero todos estos grupos varían en su posición sobre el llamado derecho al retorno, un principio central de la lucha palestina. Estos grupos de activistas combativos son, en su mayoría, de clase media y media alta. No tienen base en la clase trabajadora y carecen de conexión con los sindicatos, por lo que tienen poco poder político.

SEGREGACIÓN SINDICAL

La Histadrut, la mayor central sindical de Israel, constituyó el corazón del movimiento sionista en los años veinte, cuando dirigió campañas de presión sobre las empresas para que contrataran a trabajadores judíos y boicotearan la mano de obra palestina. Durante la masiva huelga general palestina de 1936 a 1939, la Histadrut movilizó rompehuelgas judíos para sustituir a los trabajadores palestinos y colaboró con las fuerzas de la administración colonial británica para sofocar el levantamiento.

Esta central supo dirigir la economía del país como sindicato, patrón y proveedor de servicios de salud para la mayoría de los trabajadores judíos de Israel hasta la década de 1980. Tras una oleada de privatizaciones, su peso disminuyó de forma considerable, pero siguió negándose a organizarse más allá de las líneas nacionales. Incluso cuando abrió sus filas a las comunidades palestinas que habían adquirido ciudadanía israelí en la década de 1960, la Histadrut evitó explícitamente organizar a los trabajadores provenientes de Cisjordania.

En la actualidad, más de 130 mil palestinos (el 18 por ciento de la población activa palestina) trabajan en Israel y en sus colonias ilegales. La legislación israelí prohíbe a los sindicatos palestinos organizarse en las colonias, pero la Histadrut se niega a representar a los obreros no judíos que trabajan en ellas.

El siguiente sindicato más grande de Israel es el más derechista Histadrut Leumit, vinculado al partido Likud de Netaniahu. A la izquierda, y tercero en importancia, está Koach La Ovdim, que aunque trabaja para organizar a obreros palestinos dentro de Israel, no reconoce que la principal causa de la grave explotación que sufren sea la ocupación, algo que los sindicatos palestinos han exigido explícitamente.

El único sindicato israelí que organiza a los trabajadores palestinos provenientes de Cisjordania es WAC-MAAN, que comenzó a sindicalizarlos en 2008 y ha conseguido algunos logros sin precedentes. Recientemente, por ejemplo, lograron que la Justicia pusiera fin a la práctica de 50 años de la Histadrut de cobrar millones de dólares en cuotas a cientos de miles de trabajadores palestinos a los que no representaba y por cuyos convenios no se beneficiaban; una victoria significativa para un pequeño sindicato con sólo un par de miles de miembros.

UNA ECONOMÍA DE APARTHEID

Los sindicalistas judeoisraelíes mantienen la práctica de luchar por una justicia laboral separada de la «cuestión nacional». Siguen apoyando el proyecto de asentamiento colonial de Israel y, en muchos casos, participan en la subyugación violenta de la población palestina a través del servicio militar en el Ejército israelí. Por ello, ni siquiera WAC-MAAN ha conseguido cambiar las inclinaciones políticas de sus miembros judíos, que suelen votar al Likud.

Compárese con movimientos sindicales de otros países. Aunque el sindicalismo en Estados Unidos deja mucho que desear, los trabajadores de diversos orígenes étnicos militan juntos. Tienen intereses comunes, porque la reducción salarial y el empeoramiento de las condiciones en un lugar de trabajo repercuten negativamente en las de otros lugares.

Un estudio reciente publicado por el American Journal of Political Science mostró que en Estados Unidos las personas blancas que se afilian a un sindicato se vuelven menos racistas, sobre todo en los sindicatos más orientados a las bases. Los autores del estudio, los politólogos Jacob Grumbach y Paul Frymer, sostienen que esto se debe tanto a que las personas se organizan juntas para conseguir mejores condiciones como a que los sindicatos requieren una fuerza de trabajo dispuesta a traspasar las líneas raciales para ampliar su membresía. Sostienen que la educación política en los sindicatos, aunque sea mínima, desempeña un papel importante en la organización de la clase trabajadora.

No es así en Israel. Aunque las tasas de sindicalización son de más del doble que las de Estados Unidos, los trabajadores israelíes siguen comprometidos con el apartheid y la ideología racista que lo sustenta. Para reclutar miembros, los sindicatos de Israel han debido dejar de lado la cuestión de la ocupación; de lo contrario, se condenan a la marginalidad.

Tal es la naturaleza del trabajo en una economía de apartheid. La separación casi total significa que, por diseño, judíos y palestinos rara vez trabajan juntos como compañeros de trabajo. Por el contrario, están segregados de maneras que afianzan el racismo y garantizan que la lealtad nacional se imponga a la conciencia de clase. Tres cuartas partes de los trabajadores palestinos carecen de ciudadanía y nunca compiten por empleo con los judíos. Tampoco se les reconoce el derecho a organizarse juntos para conseguir buenos puestos de trabajo. Por el contrario, los trabajadores palestinos de Cisjordania en Israel o en sus colonias ocupan los escalones más bajos de la economía, ganan menos del salario mínimo y no tienen beneficios ni jubilación. Sus intentos de organizarse para conseguir mejores condiciones chocan con la amenaza de revocación del permiso de trabajo. Y los que son indocumentados se encuentran en una situación aún más precaria.

Terminar con la segregación del mercado laboral israelí supondría la competencia por puestos de trabajo, la devolución de riqueza robada y un potencial desplome económico para muchos obreros judeoisraelíes. El fin de la ocupación amenaza su estatus material, por lo que la mayoría de ellos se opone a que haya derechos democráticos para todos.

Mientras tanto, la ausencia de una base clasista impide a la izquierda israelí tener la capacidad y la influencia para impulsar el cambio, ni que hablar de la situación de subordinación de la población palestina. La construcción de la solidaridad de clase requeriría más derechos sociales, civiles y políticos para las y los palestinos. El obstáculo subyacente es el colonialismo.

    (Publicado originalmente en Jacobin con el título «In Israel, zionism prevents working-class solidarity». Traducción del inglés de María Landi.)

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