El striptease del presidenciable colorado

Ernesto Talvi.

Ernesto Talvi en el acto lanzamiento de su precandidatura por el Partido Colorado / Foto: Adhoc, Javier Calvelo

En las primeras décadas del siglo XX, Uruguay experimentó un modelo socioeconómico que, años después, en el resto del mundo sería conocido como el Estado de bienestar. José Batlle y Ordóñez fue el impulsor de esa característica de la sociedad uruguaya, en la que el Estado se transformó en un componente principal de la economía, la educación y la protección de los sectores de menos recursos. De allí surge la frase tan manida por los colorados de que el Estado es el escudo de los débiles. Durante el gobierno de Batlle y Ordóñez se aprobaron, entre otras cosas, la jornada de ocho horas diarias para los trabajadores y la extensión de la enseñanza pública con la creación de los liceos departamentales. El batllismo, que desde entonces fue una de las banderas del Partido Colorado (PC), tuvo su segundo impulso en la mitad del siglo pasado, hasta que en 1958, después de 93 años de mantenerse en el gobierno, fue derrotado por el Partido Nacional.

A pesar de esa impronta, entre los colorados existieron otras concepciones, y paulatinamente el batllismo fue perdiendo espacio en el universo del pensamiento del PC, dando paso a corrientes neoliberales que promovieron la reducción del Estado, con la idea de que este dejara paso al mercado como el principal asignador de recursos en la sociedad. La concepción viró hacia reservar al Estado el papel de juez y gendarme sin intervención en otros asuntos. Sin embargo, la apelación a Batlle (José) es parte del discurso del candidato a la presidencia de la República de los colorados (Ernesto Talvi).

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Talvi es un economista, egresado de la Udelar, que hizo su doctorado en la Universidad de Chicago; en los noventa ingresó como asesor de Ramón Díaz (un estandarte del neoliberalismo) al Bcu, estuvo vinculado al gobierno de Jorge Batlle y se desempeñó, en la órbita privada, como director de Ceres, un think tank del pensamiento liberal en economía. Tras resultar vencedor en las internas de su partido con un discurso de centro (con un cierto perfume progresista), cambió de postura en las últimas semanas (quizás motivado por el descenso en las encuestas de intención de voto), dejando de lado sus referencias al batllismo (a pesar de manifestarse heredero de aquel pensamiento), y puso énfasis en la reducción del papel del Estado con la destitución de funcionarios públicos como principal bandera y forma esencial de abatir el déficit fiscal. Y lo hizo por convicción, sin mirar lo que ocurría en la otra orilla del Plata, donde el presidente argentino, Mauricio Macri (en su momento un referente de la oposición uruguaya), ensayó ese camino y no hizo más que hundir a su país nuevamente en una crisis, sin que el despido de miles de empleados estatales solucionara los números de la macroeconomía y menos una realidad social pauperizada, cuya expresión más dramática fue la necesaria aprobación, por parte del Congreso, de una ley de emergencia alimentaria vigente hasta 2022. Con los despidos, Talvi parece convencido de haber encontrado la llave mágica para resolver el rojo de las cuentas nacionales.

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Ese derrotero ha llevado al asombro de propios y ajenos por algunos razonamientos del candidato colorado. Días atrás contradijo las cifras de desempleo oficiales (9,2 por ciento de la población activa), sosteniendo que ese porcentaje sería del 13 por ciento si se cuentan los 70 mil funcionarios que ingresaron a la administración pública en los años de gobierno frenteamplista.

En todo caso, los cuestionamientos a la veracidad de las cifras podrían venir por la metodología utilizada. Desde hace décadas (es decir, el método ha transitado por todas las administraciones nacionales), el Instituto Nacional de Estadística no considera desocupada a aquella persona que haya trabajado una hora en la semana anterior a ser encuestada. Cuando eran oposición, varios dirigentes del FA (y también sindicales) criticaron esa forma de medir el desempleo. Empero esa modalidad continúa en uso.

Talvi eligió otro camino para desacreditar los porcentajes de desempleo y cometió varios errores en su enunciación, confundió cargos con número de empleados. Los 70 mil son cargos funcionales y no funcionarios. Los puestos corresponden a 46 mil empleados, pues en la administración pública, como en el caso de la enseñanza o la salud, una persona puede ocupar más de un cargo. Más allá de esa confusión, Talvi dio a entender que el Estado estableció una especie de refugio para personas que no tendrían las capacidades para trabajar en el ámbito privado. El humorista Darwin Desbocatti lo “atendió” y le recordó que su compañero de fórmula (Robert Silva, funcionario de la Ursea y del Codicen hasta el momento de su candidatura) osciló entre su condición de empleado estatal y la de dependiente de la empresa Teyma Construcciones, por lo cual no deja de ser un ejemplo que contraría su afirmación de que quien llega a la administración pública es porque está negado para otro trabajo. Pero el desmentido a su afirmación puede ir más allá de la peripecia del candidato colorado a vicepresidente; basta con constatar que docentes de la educación primaria y media reparten su labor entre institutos estatales y privados.

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En 1991 el Parlamento aprobó una ley por la cual se suspendía el ingreso a la administración pública. Para evadir esa normativa, los gobiernos blancos y colorados recurrieron a mecanismos que enmascararan los vínculos laborales con el Estado. Es así que aparecieron los contratos de arrendamiento de servicios, contratos de obra, etcétera, etcétera, todas modalidades que significaron gasto público aunque no revistaran en la planilla del Estado. Lo que hicieron los ejecutivos frenteamplistas fue regularizar esa relación. Un ejemplo de ello fue la incorporación a la Anep de las auxiliares de Primaria. Talvi, a la vez que propone crear 136 liceos públicos de tiempo extendido, plantea reducir en 50 mil (en cinco años) el funcionariado público. La interrogante es cómo hará para completar los nuevos puestos que esa iniciativa demandará.

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El cambio en el discurso del presidenciable colorado, abandonando el aura batllista de las internas y reivindicativo del modelo chileno con su bagaje neoliberal, demuestra que, como dice la canción de Fernando Cabrera, “el empedrado está tapado, pero allí está”. Sólo bastaba sentir que perdía votos por derecha para que dejara de jugar al “liberalismo progresista” y apareciera en su esplendor la concepción de un Estado cuya actitud debe ser la de laissez faire, laissez passer.

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