El temple del instrumento – Brecha digital

El temple del instrumento

Enaltecida por la sangre de sus héroes y criticada por las maniobras de su aparato, la Unión de Juventudes Comunistas (Ujc) lleva seis décadas templando el acero. Quienes pasaron por sus filas fueron partícipes de una forma de “obrar, pensar y sentir” que marcó a cerca de 50 mil uruguayos.

Cumpleaños de 15 de una joven comunista, año 1972

“Con años que albañilean
y años de derrumbamiento.”
“El instrumento”
Benavides/Darnauchans

La Ujc todavía no había nacido cuando ya tuvo su toma de la Bastilla. Fue el 14 de julio de 1955. Hacía dos años que había muerto Stalin, pero una mano de hierro seguía apretando el cuello de los comunistas uruguayos. Era la mano de Eugenio Gómez. Su poder de asfixia los mantenía en el gueto de una trinchera imaginaria a fuerza de purgas internas. Rodney Arismendi, José Luis Massera, y otros dirigentes de una generación que rondaba los 40 años, tenían una idea muy distinta para el Partido Comunista (Pcu). Querían reparar la sala de máquinas de ese barco y ponerlo a trabajar por el crecimiento del entonces esmirriado caudal de la izquierda y del movimiento de masas. Ese embrión de “los tres círculos de la táctica” –pensaban– era la única ruta para navegar hacia el socialismo en aguas uruguayas. Aunque primero necesitaban tener el timón entre las manos.

Tirar a Gómez por la borda exigía una acción quirúrgica y sorpresiva. Mejor dicho, dos. Porque al mejor estilo de las dinastías autoritarias, Gómez tenía como uno de los pilares de su poder a su hijo y heredero, Eugenio Gómez Chiribao. Arismendi confió esa tarea a su joven guardia. Según el historiador Gerardo Leibner, un puñado de jóvenes comunistas comandados por Eduardo Bleier, que luego sería el poderoso secretario de Finanzas del Pcu, fue el encargado de quitarle las armas a los custodios de Gómez Chiribao mientras la gente de Arismendi se encargaba del padre. Sin revólveres ni bases, la dinastía se hundió rápidamente.

Recuperar un brazo juvenil orgánico pero blindarlo con autonomía para que tuviera mejor suerte que el anterior, borrado del mapa por Gómez una década atrás. La idea ya estaba en los planes de los conspirados, pero debe de haberse reafirmado en las conversaciones con Bleier las noches siguientes al 14 de julio. Ante el riesgo de un contragolpe de los Gómez, Arismendi durmió en la casa del entonces dirigente estudiantil, protegido por sus jóvenes seguidores.

Un mes y 11 días más tarde, con la adrenalina en niveles fisiológicamente normales, llegó el tiempo de formalizar los papeles. Quienes estuvieron ahí recuerdan que no eran más de sesenta. El calendario marcaba el 25 de agosto de 1955 y habían sido llamados a la sede partidaria de la calle Sierra al 1720 para firmar el acta de nacimiento de la Ujc. Igual que en la Piedra Alta, de cuya declaración se cumplían 130 años, tuvieron una ley de independencia –surgían como entidad autónoma– y otra de unión –serían los encargados de llevar la línea del partido allí donde estuvieran.

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“Si no hubiera sido de la Ujc, habría seguido los pasos de un veterano tahúr que paraba en el boliche Aguante la Tacada, en el Cerrito de la Victoria.” Así lo rememora Ruben Abrines. Sus maestros fueron varios, empezando por Artigas, viejo diariero de San Martín y Chimborazo, comunista e hijo de comunistas. La prensa del partido, que Artigas le pasaba con insistencia, fue su escuela política inicial, pero el primer libro de Lenin se lo dio un tal Papaleo, tapicero y burrero, “una tardecita que me sacó casi a empujones para afuera del boliche”.

Medio siglo más tarde todavía retiene el título: Materialismo y empiriocriticismo. En aquel 1964, con 25 años, su afiliación no vino de esas lecturas, sino del “deslumbramiento con la fuerza de la clase obrera, éramos hijos de aquella Central Nacional de Trabajadores (Cnt) que luchaba contra el Pachecato”. En su caso no se trataba de una lucha teórica. En la zona vivían algunos fascistas connotados, varios de ellos integrantes de la Juventud Uruguaya de Pie (Jup), como Miguel Sofía, acusado luego de ser uno de los integrantes de los escuadrones de la muerte.

La aspereza de la militancia cotidiana marcaba esos años. “Si algún facho le pegaba a un compañero, íbamos a buscarlo y si lo podíamos resolver a trompadas y a patadas, mejor, pero a veces había que resolverlo de alguna otra forma. O había un conflicto y venían a la fábrica los carneros con los milicos y los provocadores… Por supuesto que teníamos que tener… Teníamos.”

Era 1964, el año del golpe de Estado en Brasil, episodio que según Vania Markarian marcó un punto de inflexión en la opinión de los comunistas uruguayos sobre el uso de las armas. Se priorizaba la vía legal, siguiendo la línea marcada por el Che Guevara en su discurso en la Universidad de la República tres años antes; no obstante, se preparaba la autodefensa.

“Acá se olvidan de que un día le tiraron un bazucazo que atravesó tres paredes del local de la Juventud Comunista que estaba en Santiago de Chile y Canelones –continúa Ruben Abrines–, se olvidan de que mataron a Líber Arce y a Susana Pintos, se olvidan de los asaltos a los locales del partido… Claro que nos fajábamos con esos tipos, ¿cómo no nos íbamos a fajar?”

La mención a los primeros mártires estudiantiles de 1968, a los que debe agregarse a Hugo de los Santos, no es casual. Caídos por la represión del gobierno de Jorge Pacheco Areco, pasaron a formar parte del Adn de la Ujc, al punto que sus rostros se imprimieron en los carné de afiliación de casi todas las promociones posteriores a la dictadura.

Aunque la dirigencia no estaba de acuerdo con la radicalización de las movilizaciones del “68 uruguayo” –apunta Gerardo Leibner en su libro Camaradas y compañeros–, impulsó a sus militantes a no dejarlas en manos de “los ultras” y se intentó, de ser posible, conducirlas. Vania Markarian, que estudió la actuación comunista en el “68 uruguayo”, se refiere a cierta grieta que había entre la intención de la cúpula y el sentir de los militantes. “Muchos de esos jóvenes estaban en la calle antes de afiliarse a la Ujc y la vieron como el lugar indicado para continuar expresando su compromiso político, tanto por su capacidad organizativa y su énfasis en el trabajo de masas, como porque también había allí espacio para algunas prácticas combativas de carácter violento.”

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La consigna común para los jóvenes militantes del 68 era “hacer la revolución”. La discrepancia estaba en los caminos. Así era en el Iava, por ejemplo, donde funcionaban la mayoría de los Preparatorios, el equivalente a quinto y sexto de liceo en la actualidad. Ese año había marcado el final de Reafirmación, la agrupación de estudiantes blancos y colorados, y había dejado como actores principales al Frente Estudiantil Revolucionario (Fer), con simpatías hacia el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (Mln-T), y a la agrupación Ideas, que respondía a la Ujc.

Muchas veces esos diferentes puntos de vista –sobre el uso de la violencia o el papel de la Unión Soviética– dejaban el terreno de la dialéctica y pasaban al de los golpes. Batallas campales, con la fuerza de choque de obreros portuarios ayudando a los comunistas y los estudiantes de Bellas Artes apoyando al Fer. A pesar de esas tensiones, cuenta Guillermo Reimann, que fue integrante del Fer, primaba una comunión generacional “que apuntaba a una sociedad más justa, más allá de las diferencias en cuanto a los métodos y más allá de las estrategias que los mayores, el Pcu y el Mln-T, emprendieran de ahí en más”.

Al margen de los abismos metodológicos y de las discrepancias conceptuales de fondo, la mirada de Reimann sobre la Ujc de esa época no difiere tanto de la que los jóvenes comunistas tienen sobre sí mismos: “Rescato el grado de organización, la experiencia que arrastraban de secundaria, cómo sabían manejar la política gremial, y sobre todo la gran dedicación al trabajo de hormiga, el estar siempre, el valor militante, la entrega”.

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La definición axiomática de Rodney Arismendi sobre lo que implica ser un comunista, aquella que comenzaba diciendo “no somos una secta ni un grupo escogido de conspiradores”, parece resumir en su letanía todos los componentes de la cultura “bolche”. En su inicio de declaración de principios, en su crescendo dramático, y en su contundente final: “amamos el oscuro heroísmo del trabajo revolucionario de todos los días y no tememos, por eso, el otro trabajo, cuando toca; de vencer la tortura, las balas o la muerte”.

Una frase con una longitud que la convertía en pesadilla de los diseñadores de carnés (ocuparía la quinta parte de una página de este semanario). Irritante desde el punto de vista “de género” (“amamos el pan y el vino, la alegría de vivir, las mujeres y los niños”). Tan poco ortodoxa en términos publicitarios como para contener citas adentro de una cita (del dramaturgo latino Terencio, nada menos, pero también con sus referencias a Marx, Lenin, y Beethoven). Con un eco kitsch en alguna de sus partes (“la paz y la mano cordial del amigo, la guitarra y los cantos, las estrellas y las flores”). Y pese a todo, recordada con precisión casi mnemotécnica por tantos comunistas y ex comunistas a los que –aseguran– les sigue moviendo las fibras más íntimas.
“Ahí se resume”, dice Ruben Abrines.

Es que la Ujc –afirma– fue una “gran escuela de revolucionarios”, de gente que se formó para luchar y que lo demostró en la práctica. “Algún día los historiadores de este país –dice masticando con bronca las palabras– deberán reconocer el papel que jugó la Juventud Comunista en la resistencia. Después del gran golpe de la represión contra el Partido Comunista, en el 75, lo puedo asegurar porque yo caí preso tardíamente, caí en el 80, éramos la Cnt, el Frente Amplio, el Partido y la Juventud Comunista. Los cuatro en uno. No se trataba sólo de mantener la llama de la resistencia, así, en abstracto. Había que mantener vivas las estructuras. Funcionando. Y ahí la que se puso los pantalones fue la Ujc.”

La resistencia a la dictadura y sus dos etapas fronterizas, el 68 y la primavera democrática –opina el politólogo y ex Ujc Daniel Chasquetti–, fueron los tres momentos clave en la trayectoria política de la organización.

Las cifras no son seguras ya que no se cuenta con fuentes independientes, pero en general se acepta que a fines de los sesenta tenía entre 12 y 15 mil afiliados. Luego de la dictadura se alcanzó el pico de masividad, trepando de los pocos miles de militantes orgánicos de los años de la resistencia a la cima de 20 mil miembros en 1988. Unos 50 mil jóvenes a lo largo de su historia.

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Terminada la dictadura la dirección era consciente de que no sólo había que insistir en el tipo ideal que había matrizado Arismendi en su oración de carné. Se necesitaba proyectar una imagen que no se limitara al heroísmo de la resistencia. Así que los improvisados publicitarios se pusieron a buscar una modelo para que fuera el rostro de la Ujc en 1985.

Tres décadas más tarde Alicia Gómez (Inés en la clandestinidad, la China entre sus camaradas), la muchacha del afiche del 30 aniversario, recuerda esa foto como “una tarea más”, como si hubiera tenido que trasladar la prensa de la Juventud o repartir unos volantes en una barriada. “En esa época te decían ‘andá a tirarte abajo de un tren’ y vos ibas y te tirabas.”

Cuando se había afiliado en 1983, a los 18 años, y comenzó a funcionar un círculo en su casa, le mintió a sus padres diciendo que eran compañeros de liceo que iban a estudiar, sin embargo cuando instalaron un planograf en el sótano ya resultó difícil ocultar la verdad. El almanaque comenzó a correr a tal velocidad que cuando habla con otros compañeros de ese momento todos comparten el asombro de cuántas cosas se comprimieron en esos 24 meses finales de la dictadura.

“Fueron años de aprendizajes –asegura– que definieron cómo te ibas a mover después en la vida.” Al igual que los otros entrevistados para este artículo, para ella hubo un antes y un después de su ingreso a la Ujc. “Me ha pasado –dice Alicia Gómez– de encontrarme con gente que fue militante en esa época y yo no lo sabía, y la identificación es inmediata. Por la manera de pensar, por la manera de analizar la situación que se está viviendo. Fue la marca que nos dejó.”

Todavía hoy en las asambleas estudiantiles es posible identificar una “manera Ujc” de argumentar, dar una discusión, llevar adelante una estrategia de convencimiento, sostiene la politóloga Ana Laura de Giorgi. A veces quienes lo hacen son jóvenes comunistas. En otros casos son hijos de aquellos Ujc de los ochenta que, casi sin darse cuenta, aprendieron de sus padres esa cultura.

La memoria de Alicia Gómez no registra el acto del 29 aniversario, un año antes de que su cara estuviera en todos los afiches, cuando la Ujc se autolegalizó marchando por 18 de Julio. No obstante eso, sí tiene muy presente lo que ocurrió dos meses antes, en junio de 1984.

El regreso de Wilson Ferreira Aldunate desde el exilio no fue algo que haya involucrado solamente a los blancos. Para la Ujc fue el momento de sacar masivamente las banderas rojas a las calles. La noche anterior había estado en la casa de una compañera, en el Centro, replicando la tarea que hacían decenas de círculos clandestinos en ese mismo momento: fabricar banderas y banderines con nailon rojo, pintura amarilla y tubos de plástico como mástiles.

Algo similar ocurriría con los retornos de Alfredo Zitarrosa y Rodney Arismendi. Soledad Platero, que tenía 20 años y acababa de afiliarse, no podía creer que hubiera tantos comunistas. “Se armaron unas caravanas gigantescas que no he visto nunca más, de camiones y camiones, de ómnibus repletos de gente con ese mar de banderas rojas –dice, y hay un brillo que señala que la emoción no se ha borrado de un poco más adentro de las retinas, aunque convive con la mirada de hoy, que no deja de reconocer la inocencia naif de aquella sensación–, que yo pensé que la revolución era cuestión de días; porque si toda esa gente era comunista, ya está, la cosa estaba pronta.”

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El fin de la Unión Soviética le produjo al Pcu la peor debacle de su historia. La Juventud no sólo no fue ajena, sino que en cierta medida anticipó el quiebre. Despejado el humo de la batalla, el paisaje mostró una enorme y desarticulada diáspora de ex comunistas que desde entonces han estado buscando su lugar en el mapa político, en general dentro del archipiélago de la izquierda. Quedaron aquellos para los que irse no era una opción, por convencimiento ideológico o por tener un ancla afectiva demasiado fuerte. Testigos de ese tiempo recuerdan lo que dijo el músico Eduardo Darnauchans en una reunión del Seccional Cultura: “Si el Pcu se rompe en cinco partidos, yo me afilio a los cinco”.

Era un aparato tan organizado que su desplome fue no sólo ruidoso sino también “muy desgarrador para mucha gente”, como expresa Soledad Platero. “Todavía la izquierda adolece de esa ruptura –agrega–. No creo que haya vuelto a ser, en términos de organización, lo que fue cuando el Pcu y la Juventud tenían ese aparato”. Y aclara: “Mirá que digo ‘aparato’ en el mejor de los sentidos”. La aclaración parece ser necesaria, ya que “aparatear”, ese aprovechar la ecuación de número y organización para llevar adelante sus posturas, es una de esas palabras del argot de la izquierda que aparece en toda polémica sobre la actuación bolche en gremios estudiantiles y sindicatos. Algo que Daniel Chasquetti evalúa como uno de los errores de la Ujc de la época pos dictadura, entre 1985 y 1988. Todo el mundo tiene alguna anécdota de cómo se ganó tal o cual asamblea, dice Chasquetti, como ejemplo de acciones en las que se llegó a poner más énfasis en la profundidad que en la amplitud, para usar otra de las ecuaciones omnipresentes en la cultura del momento. Aunque en definitiva –relativiza Soledad Platero– “todo el que tiene aparato, aparatea, y vaya si la Ujc lo tenía”.

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Tras aquel impacto del meteorito de 1991 hubo un nuevo episodio de fractura, es verdad que mucho menor, en el año 2003. La mayor parte de la Ujc retiró su apoyo al Pcu y creó un Frente Artiguista Democrático Avanzado (Fada), que tiene como núcleo al llamado Nuevo Partido Comunista. El cisma, que no tuvo una expresión electoral medible ya que el Fada ha votado al lema Frente Amplio en elecciones nacionales, generó un debate no sólo político, sino también semántico. Quienes “se fueron” reivindicaron su derecho a usar el nombre de Ujc como brazo juvenil del Fada y “se llevaron” el periódico Liberarce y la cuenta de Facebook (“Ujc Uruguay”). Los que “se quedaron” recompusieron fuerzas con una fuerte ancla en el ámbito sindical y aseguran que Ujc hay una sola, que la línea de continuidad la da el haber permanecido junto al partido, y que los escindidos deben buscar otro nombre. También han bloqueado, a través del Pcu, las solicitudes del Fada de ser reconocido como un sector del Frente Amplio.

Cuando se produjo ese quiebre, Ignacio Bardesio estaba lejos de la política. No usaba camisas rojas sino una camiseta mitad blanca y mitad amarilla con el número 10 en la espalda. Tenía 18 años y estaba en la tercera del Club Bella Vista, donde entrenaba con Diego “Viruta” Vera, Egidio Arévalo Ríos y Agustín Viana. No imaginaba que en el futuro inmediato le esperaba lo que ahora recuerda como su primera experiencia de lucha. Bella Vista tenía un plantel unificado de tercera y primera división bajo la conducción técnica de Julio “Mellizo” Morales. Cuando al finalizar el torneo Apertura del año 2004 separan del equipo a Pablo Hernández, que entonces era dirigente del sindicato de futbolistas profesionales, y a Miguel Messone, estalló una huelga que tuvo a 32 jugadores colocados por el club “en lista de rebeldía”. Ignacio Bardesio –proveniente del interior del país– era el único que vivía en las instalaciones del Parque Nasazzi, así que fue el que llevó la peor parte. Sus compañeros de equipo lo ayudaron prestándole un apartamento en el Cerrito de la Victoria y con algunos gastos para su hijo recién nacido, pero las urgencias de la vida familiar le obligaron a buscar un ingreso permanente. El prospecto de carrera futbolística comienza a desmoronarse.

Regresa a Maldonado y empieza a trabajar en la construcción. Es entonces que se afilia a la Ujc del Pcu, al influjo de la experiencia sindical: “A la hora de analizar una situación o encarar una lucha, yo veía que los dirigentes comunistas se destacaban de los otros”.
Ese primer acercamiento lo introdujo en una organización que “me cambió la vida y me formó como ser humano”. Uno de los caminos para esa transformación fueron las brigadas solidarias del sindicato de la construcción. “Te inyectan ánimo, te levantan la moral, no hay manera de explicar lo que se siente ahí.” Por eso cada vez que puede se levanta a las dos de la madrugada, se dirige medio dormido hacia la terminal de Maldonado, baja dos horas más tarde en Tres Cruces y faltando quince minutos para las seis de la mañana llega al punto de encuentro de la Brigada Agustín Pedroza. En algunos casos está también la Brigada Codo a Codo, formada por estudiantes que comparten la salida de los sábados de mañana con el Sindicato Único de la Construcción y Afines (Sunca).

La Ujc intenta ser un motor de esas experiencias, “pero no con el fin de tener rédito político –acota– sino porque entendemos que las brigadas solidarias son una forma de construir valores, y eso es muy importante para gurises que de repente no han tenido la posibilidad de conocer los problemas que tiene su propio país, su propia sociedad en lo más profundo”.

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Los debates ya no son los mismos, pero la Ujc –además de la sensación, común a todos los entrevistados, de haber vivido en su seno algunos de sus mejores años– sigue cuestionando a los que pasaron por sus círculos estudiantiles, obreros y barriales. La pregunta se repite y en muchos casos la respuesta también. ¿Se sigue sintiendo comunista? Para Soledad Platero “la revolución, sea lo que sea que entendamos por revolución, está para repensarse desde casi todos los aspectos”, excepción hecha de “la indiscutible ecuación marxista elemental, esa que señala que si hay pobres es porque hay ricos”. Más allá de esa revisión, que entiende imprescindible aunque no necesariamente probable, se siente “totalmente convencida de la justicia de la idea comunista”.

“A veces tendríamos que apelar menos al sentimiento épico y un poco más a la vocación crítica”, reconoce, sin poder evitar el llamado de la épica: “Ver a los jóvenes comunistas es conmovedor. Que se cante la Internacional es conmovedor. Que haya esa especie de hermandad es conmovedor. Nada, pero nada, me resulta tan conmovedor como la Ujc”.

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Glosario bolche

El informe baja, como casi todo. El aparato aparatea. Las finanzas se hacen, aunque no solas. El círculo emula (y para eso crece, organiza y educa). El que todavía no se afilió pero mira a la Ujc con simpatía, es alguien “cercano”. Aunque no tanto como “un vínculo”. El que nunca se va a afiliar pese a que vota las listas, es “un compañero de ruta”. El que no va a las reuniones ni cotiza, “está desencuadrado”. El que se afilió pero duda, “tiene problemas”.

Un cuadro no es una obra de arte. Una mariposa no es un insecto, pero vuela. La gelatina no se come, se tira por las cañerías después de haber hecho las cien mariposas del hectógrafo. Las velas no son para los apagones, son para derretirlas con tinta y hacer crayolas para los muros. Una bomba brasilera no es pirotecnia para Navidad, es la manera de encender una mecha con un cigarrillo –La Paz, sin filtro– y que explote la caja de zapatos llena de volantes en la calle Grecia. Las tapas de luz no son el elemento más absurdo de la decoración de interiores, ahí se esconde el carné para evitar la redada.

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Estilo revolución

Los montgomery. Las polleras tableadas kilt. Los zuecos de Bergantiños. Las camisas rojas, que en realidad eran de un color burdeos desteñido. Las ruanas y los vestidos hindúes después de la dictadura. Hoy las camisetas de la Agustín Pedroza. En todas las épocas hubo prendas de vestir que hacían al identikit del militante de la Ujc. Porque, forzando la paráfrasis a Roberto Echavarren, la revolución no era una moda, pero sí un estilo.

Vistiéndose así, sobre todo en los sesenta, los jóvenes comunistas se diferenciaban de los dos extremos que según Leibner les repelían: “los pitucos” y “el lumpen”. A la vez se “identificaban dentro de la masa”, ya no como el ser “único y especial” que postula Echavarren, sino en la abstracción de una identidad colectiva.

Claro que no había una única forma de reflejarse en el espejo de cómo debía verse un joven comunista. Hijos del marxismo reproducían, sin quererlo, las inevitables diferencias de clase. Las capas medias y de los “seccionales de la costa” estaban mucho más sumergidas en el espíritu contracultural de su época. Fenómenos como el ya legendario suplemento “La Morsa”, en referencia directa a una canción de los Beatles, tenían poco que ver con las preocupaciones de quienes militaban en los barrios periféricos. En esos sesenta algunos se divertían en las peñas y en los ridiculizados “afíliate y baila”, mientras una minoría frecuentaba las boîtes de moda que la misma izquierda estigmatizaba.
A fin de cuentas los comunistas siempre buscaron estar inmersos en lo que significaba ser joven en su época, sin promover ni practicar el “ascetismo y la cultura del pobrismo” que primaba en la izquierda armada. Así lo registra Ana Laura de Giorgi, que estudió la Ujc tanto de los sesenta como de los ochenta, cuando se repitieron ejemplos de esas contradicciones culturales entre los sectores estudiantiles y los círcu-los obreros o barriales. En la primavera democrática que se extendió de 1985 a 1988 era usual leer en los suplementos juveniles de la prensa partidaria debates que hoy suenan a caricatura: ¿rock o canto popular?, ¿es revolucionario jugar a las maquinitas? ¿consumir drogas implica estar consumido por el sistema?

Desde seccionales de extracción obrera no se entendían esos énfasis y no son infrecuentes las tensiones, según refleja la investigación de De Giorgi. No es casual que eso ocurra en los sesenta y los ochenta, las dos etapas más masivas de la organización, ya que masificarse implica poner las fronteras a dialogar con la sociedad en su conjunto. Es que la Ujc no fue sólo política –explica De Giorgi–, sino esencialmente eso que Pierre Bourdieu llama habitus. Esa complejidad, tan humana, donde la acción se mezcla con la sensibilidad y el pensamiento.

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Pioneros

La afiliación a edades demasiado tempranas parece haber sido uno de los pecados de la Ujc. Menos extendido que el uso del “aparato” para llevar la influencia a centros de estudio o sindicales donde las fuerzas autóctonas no eran suficientes, pero más complejo por los efectos en sus protagonistas. “Si en el 80 con 10 años, con túnica y moña, andaba por ahí pegando pegotines de Vote No, ya en el liceo no quedaba otra que afiliarme”, escribe alguien en el grupo de Facebook “Yo fui de la Ujc”. Ese comentario despierta un hilo con otros que se afiliaron de túnica y moña. Muchas veces contra la voluntad de los padres (“cuando mi vieja me iba a buscar me escondía atrás de la puerta”) o de los hermanos mayores (“la cosa fue clara ‘o me afiliás acá o me afilio en la Utu’, le dije”). Pequeños grupos (“éramos tres de 11 años. No nos podían negar la afiliación. Militábamos más que muchos”) que cambiaban el paisaje de los círculos (“¿No se acuerdan de las reuniones, que parecían un jardín de infantes?”).

Los años pasaban rápidamente y desde ese final de la infancia llegaban a una primera adolescencia en la que se temía casi por igual a los padres y a la Policía. Alguien narró en el grupo virtual la anécdota de una pintada que salieron a hacer dos muchachos con la cobertura de que eran inocentes liceales paseando a sus mascotas.  Detectados por una patrulla salieron en frenética carrera. Aunque los pequeños perros falderos que apretaban debajo del brazo les dificultaban correr con mayor rapidez, nunca llegaron a soltarlos. El plantón en la comisaría era posible superarlo con heroísmo. La ira materna resultaba una cosa totalmente distinta.

Más recientemente, cuando llegó a Montevideo la diputada chilena Camila Vallejo, verdadera rock star para los jóvenes comunistas latinoamericanos, varios de los nuevos Ujc sorprendieron a los periodistas presentes con sus aspectos de párvulos y peinados de floggers.

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Fuentes

●     Entrevistas con Ruben Abrines, Ignacio Bardesio, Daniel Chasquetti, Ana Laura de Giorgi, Alicia Gómez, Soledad Platero, Guillermo Reimann.
●     Grupo en Facebook “Yo fui de la Ujc”.
●     “De las emulfiestas y contramarchas al abajo todos los muros. La Unión de Juventudes Comunistas entre la renovación y la crisis (1985-1991)”, de Ana Laura de Giorgi, en revista Encuentros Latinoamericanos, , vol VI, núm 2, Montevideo diciembre de 2012.
●     “La otra nueva ola. Jóvenes mujeres comunistas en el Uruguay de los 60”, de Ana Laura de Giorgi, En revista Izquierdas, núm 22, Santiago de Chile, enero de 2015.
●     Arte andrógino: Estilo versus moda en un siglo corto, de Roberto Echavarren, Montevideo, Ediciones de Brecha, 1997.
●     Camaradas y compañeros, Gerardo Leibner, Montevideo, Trilce, 2011.
●     “Ese joven es el héroe comunista”: Violencia, heroísmo y cultura juvenil entre los comunistas uruguayos de los sesenta, de  Vania Markarian, Editorial Eial, 2011.

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