El trazo, las letras y la noche – Brecha digital
Ombú, Fernández, Espínola, Onetti, Idea, Darno, Marosa

El trazo, las letras y la noche

Tuvo que ser en el 82 que conocí a Fermín Hontou y, junto con él, a su notable adaptación del «Rodríguez» de Paco Espínola. Los originales de la historieta estaban desplegados sobre una mesa en la vieja casona de Arca y él se los mostraba a Mario Arregui. La escena es tan perfecta y oportuna que cae bajo mi propia sospecha, pero me apuro a decir que la cronología me ampara. «Rodríguez» se publicó en enero de 1983, en una edición especial de El Dedo, dedicada enteramente a la historieta uruguaya que «existe y está viva», según declaraba su editorial. Fue otra conjunción perfecta, porque ese número extraordinario, en el que Ombú encabezaba la lista de una nueva generación de historietistas, iba a ser piedra angular para la fundación o refundación del género en el país. Yo estaba entonces descubriendo el archivo de Espínola, que había permanecido oculto y refugiado en la Biblioteca Nacional durante la dictadura. Había aprendido que «Qué lástima» se llamó antes «Las tres ilustres borracheras» y estaba entusiasmada. Lo que me deslumbró de la recreación de Ombú fue la capacidad para pintar la noche y para hacernos sentir su silencio incomparable. Es esa noche la que hace la diferencia entre Paco y los otros criollistas. Todo en sus cuentos pasa en ese territorio librado a la imaginación y lo extraordinario. En los cuadros de la historieta de Ombú los dos jinetes atraviesan el silencio y la noche, y todo lo que no puede ocurrir ocurre inevitablemente ante nuestros ojos.

Diez años después de aquella primera revelación, ya ambos trabajábamos en Brecha. En el 92, se hizo una exposición de sus dibujos en el Museo Blanes, Ombú, alias Fermín Hontou, y, para celebrarlo, yo armé una contratapa de Brecha con base en diversos testimonios. Guillermo Fernández, su maestro, evocó entonces precisamente el día en que Fermín lo sorprendió llevándole al taller la historieta de «Rodríguez»: «Cuando me cayó con eso armé un revuelo. Quedé manijeado. Viendo la historieta me dije: “Acá con la pintura estamos fuera de la Troya”, y le dije: “El asunto no es ser pintor de cuadros. Eso no significa nada, porque está lleno de cuadros que son como pascualinas”. El asunto estaba en tener un lenguaje y él lo tenía». Maestro y alumno compartían la admiración por Paco Espínola, a quien ambos dedicaron retratos geniales y guiños secretos. También compartían una originalísima manera de mirar las cosas del mundo y del arte y una forma de enunciar esas originalidades con descarado encanto. Lo de los cuadros como pascualinas es tan Guillermo, pero es también muy Fermín. Sabiéndolo, en más de una ocasión los invité a presentar los libros póstumos de Espínola. La voz de Guillermo da cuenta todavía de Carlitos en Jerusalén en el sitio web dedicado al escritor: http://paco.com.uy/. Fermín, en cambio, no quedó grabado cuando, para la presentación de los Cuentos completos, empezó por recordar el juicio de Arregui la tarde en que le mostró su historieta. «Está bien dibujado, pero Rodríguez no era gordo. Era flaco y cagaba poco.» Y con el público ya en su bolsillo, pasó a otras cosas inteligentes e imprevistas.

OTRAS NOCHES

Era capaz de dibujar cualquier rostro que le pidiesen. Conocía su oficio. Pero tuvo, además de oficio, una ética de artista que le reclamaba conocer la obra de esos otros artistas que caían en sus manos. «Después de la tercera caricatura que hice de Cervantes, leí el Quijote completo. Y lo mismo me pasó con la Comedia de Dante, que, pasado el Infierno, no es tan fácil, y con el Ulises de Joyce. Sentí la obligación y acabé agradecido», le dijo a Diego Barnabé. Entre la cantidad de retratos de escritores uruguayos que dibujó, hay algunas constancias que acaso esconden una privilegiada intimidad. En distintas proporciones creo posible que incluyan a Marosa di Giorgio, Idea Vilariño, Juan Carlos Onetti y Eduardo Darnauchans. El pathos de Idea y el de Darno. Pudo tratarse de una afinidad con la sensibilidad nocturna de sus creaciones o de una inconfesa empatía suicida. Sé que fue a partir de su caricatura sobre la emblemática foto de Idea con su gabardina negra que empecé a llamarla Morticia. En cuanto al Darno, solo puedo esgrimir la inconsolable tristeza que acumulan sus ojos y la ternura un poco desafiante de incluir la escarapela en el dibujo.

Todas sus caricaturas destacan por la mirada de sus protagonistas: el rabillo del ojo de Copi que escruta al lector, una seducción ambigua en la mirada de Juana, los ojos ciegos y sin embargo inteligentes de Borges. Las que ensayó para Onetti multiplican exponencialmente el efecto y reclaman descripciones imposibles de referir en una frase. El encuadre de los lentes subraya la imantación de la mirada. Los ojos pierden el rumbo, envejecen, se envilecen, pero siguen mirando. Y todo eso sin hablar de las manos de Onetti, que se salen de cuadro, fuman solas, escriben solas o sostienen el libro de Conrad y se adelantan al hombre en gran angular. La tensión es con él. En ocasión del centenario, invitado a hacer una «historieta» para el libro Confesiones de Santa María, eligió las últimas páginas de Cuando ya no importe, transcribió las palabras en primera persona y lo dibujó 15 veces, solo a él o a sus manos. Lo dibujó en todas las páginas, con y sin lentes, de traje y desnudo, recitando su texto frente al lector, confesando. Aparte de eso, dibujó una vez el rostro de Idea envejecida y dos veces una tumba con su apellido, en «un cementerio marino más hermoso que el poema…, y, además, como ya fue dicho lloverá siempre».

LAS MAROSAS

El jardín de Marosa conoce la noche, pero está lleno de luz. No hay noche tampoco en los fenomenales dibujos que le dedicó Fermín Hontou. En cambio, se resistió a hacer un retrato en blanco y negro para El País Cultural. Discutió con Alsina Thevenet, sin éxito. El genial resultado ilustra este artículo. Su niña Marosa consiste en un dibujo lineal y delicado del que salen instrucciones cromáticas para su improbable impresión: magenta, fucsia y verde veronés, amarillo cromo, rosa marosa en la cara y rosa mariposa en los brazos; y, para el fondo, un ombú aterciopelado al 97 por ciento. El desquite llegó con reina Marosa, madura y adosada a una mesa circular del Sorocabana, con estridencia de naranjas, rojos, sus lentes estampados y la melena en flor. Secretamente, hubo otro dibujo que revela cuál es el camino de la noche que los une. Marosa no está sola, mira al público y sonríe con sonrisa de Monalisa, escoltada por los poetas Elías Uriarte y Alfredo Fressia. Fue un recital de poesía que se llamó Los siete poetas capitales y organizó Teresa Amy en 1996. Rescatado de la pared de Fressia en Rua Aurora y de la circulación privada, se publicó en el álbum Marosa. Fermín dibujó los nombres de cada uno y, enfrentándolos, su firma en exacta perspectiva. Fueron de ellos esas noches urbanas de poesía, de soledades y dandismo compartido.

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