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El último de la barra

Tenía 84 años y una carrera prolífica y despareja. Aun así, nos dejó un puñado de películas que no sólo son estupendas sino también una parte entrañable de la memoria de al menos tres generaciones. Cineasta y cinéfilo, se ocupó en esas películas de las personas y de la historia, con mayúscula y minúscula, y no se olvidó de homenajear en ellas a aquellos de sus colegas que amaba y admiraba.

Ettore Scola durante el festival de cine de Roma, en octubre de 2015 / Foto: AFP, Tiziana Fabi

Ettore Scola hizo 40 películas entre Se permette parliamo di donne (1964) y Qué extraño llamarse Federico (2013), entre ellas unas diez que pueden figurar en esa lista de filmes de firme arraigo en la memoria del cine italiano, que –al menos para las generaciones mayores– es tanto como decir también nuestro cine. Nacido en 1931, Scola se enganchó con naturalidad en ese tren robusto y gozoso, con muchas vías, que comenzó en la posguerra con el neorrealismo y continuó luego con algo llamado el posneorrealismo, y ya sin mucha clasificación se abrió por caminos de humor, de crítica, de denuncia, de sueños, de relecturas históricas, de miradas acres, o feroces, o elegantemente desencantadas. Esto es, después de De Sica, Rossellini, Germi y Visconti –y paralelamente a ellos–, el aluvión de Dino ...

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