Elogio de la desobediencia - Semanario Brecha

Elogio de la desobediencia

“El territorio del poder”

“El territorio del poder”

La fila llega hasta la calle. El cartel de “localidades agotadas” del día 22 se repite el 29 de marzo y probablemente volvería a repetirse de haber agregado una función más. Es el cierre de la micro gira que llevó El territorio del poder1 a varios puntos del país. En el escenario Leonardo Sbaraglia agradece al equipo técnico, presenta a sus músicos, cuenta que su madre está entre el público, dice lo feliz que lo hace actuar en el teatro Solís. Prueba el micrófono. Pregunta si se escucha. Lo apaga. Habla un poco en el viejo estilo de impostar la voz para que llegue hasta la butaca más alejada. Vuelve a prenderlo. Recién entonces comienza la obra.

El prólogo, sobre el tiranicidio de Julio César y su espejo en la muerte de un gaucho a manos de una turba, entre los que está su ahijado, desconcierta. Es como si el diálogo de minutos antes le hubiera restado concentración, aunque es el formato habitual del espectáculo. De cualquier manera la carta de crédito es grande. Así que el terreno se recupera rápidamente. Las imágenes que se proyectan sobre el fondo a modo de ciclorama amplifican las ideas del texto. Dialogan con lo dicho. Lo visten. Lo envuelven. La música en vivo es el tercer vértice del triángulo. Pone los énfasis. Debería sostener los climas. A veces también conspira. Deja la sensación de que la dicción desnuda hubiera sido lo mejor para ciertos pasajes, o al menos el formato con piano que presentó en Cartagena de Indias. Pero Sbaraglia se amolda al fluir de lo que está ocurriendo ahí arriba. Con la perilla del control de su micrófono va subiendo o bajando el volumen de su voz. Modula.

Aquel comienzo dubitativo –con puntos a favor como el fragmento sobre la Inquisición y otros en contra como la desacertada interpretación de “Masa”, de César Vallejo– es seguido por momentos altos como el tramo sobre el electroshock, en el que los tres vértices del triángulo aparecen afiatadísimos, o el trabajo actoral sobresaliente de Sbaraglia encarnando a una superviviente de un campo de exterminio nazi.

Será la cercanía brutal con el tema. Será que la obra nació, en cierta manera, en el espacio de la memoria de la ex Escuela de Mecánica de la Armada. Será, simplemente, que fue el clímax donde el equipo de El territorio del poder se desempeñó mejor esa noche. Lo cierto es que cuando Sbaraglia sitúa el paralelismo entre los vuelos de la muerte y el mundial de 1978 –cuya final ocurría en el mismo barrio de Núñez donde estaba uno de los principales centros de detención y tortura de la dictadura– el resultado es estremecedor.

Tan alta había dejado la vara que cuando se puso a cantar “Los dos gallos”, de Sánchez Ferlosio, la partida estaba ganada. Ya no importó demasiado que la versión sonase demasiado débil para esa historia de coraje que es la pelea entre el gallo negro y el gallo rojo. Asunto secundario. El final real había sido aquel de los vuelos y el arquero. La canción de los gallos era casi un bis. Por eso no extrañó que Sbaraglia hiciera cantar un fragmento a la platea que lo aplaudía de pie y entregada, reconociendo la solidez de un actor que no parece temerle al compromiso.

Cuando ya se iba, un grupo de mujeres se acercó al escenario. No le entregaron un ramo de flores sino un ejemplar de Las palabras guardadas, con textos de ex presos políticos y de familiares de desaparecidos. Imposible encontrar un obsequio más adecuado.

 

  1. De Leonardo Sbaraglia y Fernando Tarrés. Con Leonardo Sbaraglia (actuación), Fernando Tarrés (composición, arte visual e intervención del sonido en tiempo real), Damián Bolotín (violín), y Jerónimo Carmona (contrabajo). Producción: Ana de Rogatis. Teatro Solís. 29 de marzo de 2018.

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