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Embellecer la simpleza

Stéphane Brizé.

Fotograma de Una mujer, una vida

A partir del estreno en Montevideo de “Una mujer, una vida”, repasamos la carrera de Stéphane Brizé, uno de los cineastas franceses más interesantes del siglo XXI.

La primera película de Stéphane Brizé se llama Le bleu des villes (“El azul de las ciudades”, 1999) y es una comedia dramática. En ella una agente de tránsito muy particular recorre la ciudad mientras Patrick –su marido– trabaja como auxiliar en la sala forense de un hospital. Patrick busca un regalo para su mujer; aunque su amigo le aconseja lencería femenina, él le compra una cafetera. Cuando recibe el regalo, Solange mira el electrodoméstico aburrida. Treinta años es una buena edad para cambiar las cosas.

Experto en adaptar y transformar guiones preexistentes, Brizé siente una fascinación por los personajes que desean cambiar sus vidas y que, aunque por fuera sostienen semblantes calmos y cuidadosos, tienen un verdadero tumulto interior. Ese contraste entre lo que se muestra a los demás y lo que de verdad se siente, y cómo esos dos universos se permean entre sí, es uno de sus grandes temas. Pero más allá del devenir de las historias –que por lo general reflejan, además, la realidad de la clase trabajadora–, para lograr esa tensión profunda que sucede dentro de los personajes hacen falta actores que compongan con solidez esos conflictos tan sutiles. Dirigir actores es para este cineasta el desafío más grande del cine, mucho más que decidir cómo poner la cámara o moverla (aunque la realización de sus películas es siempre impecable en términos técnicos). La atención principal a la hora de construir los planos no está puesta en la posición de la cámara o la perfección de los encuadres, sino en cómo contar a las personas, sus movimientos involuntarios, sus pequeñas expresiones, sus silencios.

En su segunda película, Je ne suis pas là pour être aimé (“No estoy aquí para ser amado”, 2005), también las interpretaciones son parte esencial de la sensibilidad y el potente efecto emocional de las escenas. En esta, Jean-Claude Delsart, agente judicial de 50 años, está resignado desde hace mucho tiempo a una vida sin emoción ni belleza. Pero un día decide aprender a bailar tango en una academia que queda frente a su trabajo y se encuentra con Françoise, que intentará traer algo de color a su vida. De manera tranquila y pausada comienzan a entreverse sus carencias emocionales, y su incapacidad manifiesta para expresar los sentimientos convierte su existencia en una prisión, signada por deseos reprimidos y resignaciones momentáneas que se van convirtiendo, con el paso del tiempo, en características inamovibles. Algunos pasos de comedia también encuentran su lugar aquí, en esta película que puede verse como transición dentro del trabajo del autor francés. En ella inaugura otro modo de filmar, más netamente dramático: las secuencias cargadas de simbolismo –por ejemplo cuando Jean-Claude sube las escaleras de manera cansina, como metáfora de lo empinada que resulta su vida– serán un recurso que se repetirá de forma continua en el resto de su filmografía, dotando a su cine de una gran capacidad de creación de síntesis visuales que resumen y potencian los estados emocionales de los protagonistas.

Fue en su siguiente película, Mademoisselle Chambon (2009), que Brizé encontró al actor que sería su álter ego, el cuerpo perfecto para dar vida a sus ideas, no solamente en cuanto a las historias puntuales, sino como representación de una masculinidad obrera, recia, que no suele encontrarse en los actores franceses. En varias entrevistas, Brizé cuenta que había imaginado un personaje más joven y que tenía un actor italiano para encarnarlo, pero no le convencía demasiado su actitud. A la salida de un restaurante se encontró de casualidad con Vincent Lindon, y se obsesionó hasta tal punto con que fuera él, que reescribió el guion para hacerlo posible. La dupla, junto a la delicada Sandrine Kiberlain, dio a luz una de las historias de amor prohibido más sensibles e impactantes de los últimos tiempos. Él encarna a un albañil felizmente casado y ella a una maestra recién llegada al pueblo. La película está llena de silencios, miradas, respiros; tímidos pasos que crujen súbitamente y contagian al espectador de un erotismo difícil de trasmitir en palabras. La sencillez que rodea la historia, sus espacios y temporalidad, junto al foco siempre puesto en la expresión de los personajes, logran una densidad muy fuerte en términos de identificación. No hay aquí despecho, persecuciones o agresiones, más bien adultos haciendo lo posible por vivir sus deseos como pueden.

En su siguiente película, Quelques heures de printemps (“Algunas horas de primavera”, 2012), Brizé filma la muerte. Del mismo modo que la anterior, es un lúcido retrato de la clase trabajadora en la sociedad francesa actual. Lindon compone aquí un camionero que acaba de salir de la cárcel tras 18 meses de encierro por problemas de droga. Conseguir trabajo no es nada sencillo y tener que ganarse la vida separando basura dista mucho de reencontrarse con la dignidad. Pero lo más impactante es lo que supone para el personaje volver a vivir con su madre, viuda y jubilada. El modo que madre e hijo encuentran para transitar todo el proceso de enfermedad y muerte al que la mujer se ve sometida es de una hondura y una humanidad tremendas. Nuevamente las interpretaciones actorales parecen ser el secreto: pocos personajes, mucha atención a los cuerpos, realismo silencioso en el que los sonidos ambiente derivan en una opresión casi inconsciente.

En 2015 Brizé estrenó La loi du marché (titulada aquí La medida de un hombre), también con Lindon como protagonista: su variedad de expresiones mantiene una presencia única, a la manera del “tipo físico” perteneciente a otra época, cuyos máximos exponentes tal vez sean Humphrey Bogart y John Wayne. Lindon siempre es Lindon, y esta vez encarna a Thierry, un hombre que ha estado desempleado un año y medio luego de haber perdido su trabajo en una fábrica. A los 51 años de edad debe empezar como guardia de seguridad en un supermercado; la obligación de lealtad hacia su jefe para mantener el puesto lo obliga a convertirse en espía de sus compañeros. El registro testimonial se explora aquí fuertemente, de un modo muy cercano a los principios formales del cine de los hermanos Dardenne. La película está compuesta por planos secuencia de larga duración que funcionan como unidades sintácticas, como entidades autónomas en las que una acción empieza y termina. Las acciones dentro de cada plano suelen estar estructuradas con base en confrontaciones de diálogo, porque el protagonista se encuentra en un constante estado de conflicto. La sucesión de secuencias no tiene un nexo evidente, no están ordenadas por un criterio de causa y efecto. Se busca un sentido global que dé forma al conjunto, porque el tiempo aparece como un elemento trivial: como siempre sucede frente al cine de Brizé, nos queda la sensación de que las situaciones así se repiten todo el tiempo, son estampas de la vida corriente.

La película Une vie (que se estrenó en Cinemateca con el título de Una mujer, una vida, 2016) corta de algún modo con la lógica habitual de la cinematografía del autor. Es la adaptación de una novela de Guy de Maupassant ambientada a principios del siglo XIX, y no le permite escudarse en el realismo social al que todos sus materiales apuntan. Sin embargo el estilo es el mismo, pero ahora el lugar donde se suceden los acontecimientos es un enorme castillo abandonado y frío, en el que asistimos a la terrible vida de una mujer que, con el paso de los años, observa cómo se escurren sus ilusiones como arena entre los dedos. La hermosísima Judith Chemla interpreta con sutil compromiso a Jeanne, la heredera de una familia burguesa en la Normandía de 1819. Víctima de una crianza terriblemente sesgada, para la cual el conocimiento de la vida y las relaciones humanas estaban vedados para las mujeres, Jeanne va cayendo en la miseria y en la locura mientras sufre a la distancia por los desmanes de su hijo, que está en Inglaterra. El espesor dramático en cuanto a la psicología de la protagonista se complementa con la exquisita manera con que Brizé retrata ese mundo en decadencia, logrando una pintura de época que no tiene absolutamente nada de pintoresquismo mainstream o complaciente.

Consultado sobre las razones de introducir el cambio temático en su filmografía, acostumbrada a tratar temáticas de la clase urbana trabajadora, Brizé afirmó que, más allá de que se sitúa en otro ambiente, Una mujer, una vida continúa la línea de su película anterior. En El precio de un hombre es un varón el que tiene que sufrir las consecuencias de aceptar su condición, y en esta película es una mujer la que tiene que acomodar su vida a la frustración de sus expectativas. Sensible, personal, político, Stéphane Brizé se nos presenta como uno de esos cineastas a cuya carrera hay que estar particularmente atentos. En el Cannes de 2018 presentó En guerre (“En guerra”), protagonizada nuevamente por su álter ego Vincent Lindon, que esta vez ya no hace de desempleado sino de un sindicalista que conduce la intersindical que dará batalla frente al cierre de la empresa y al plan social que quiere brindar, como consuelo, el gobierno alemán. Esperaremos ansiosos su estreno, porque no es moneda corriente encontrarse con trayectorias autorales tan sólidas, desafiantes y honestas.

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