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En Alemania, la extrema derecha vuelve al parlamento por las urnas

El quiebre

Angela Merkel triunfó en las elecciones federales alemanas, pero la victoria tiene un sabor amargo. Su partido, la Unión Demócrata Cristiana, registró su peor resultado electoral desde 1949, perdiendo casi 9 puntos porcentuales de apoyo. Y más de medio siglo después de la experiencia nazi, Alemania cuenta nuevamente con ultraderechistas en el parlamento nacional. El partido Alternativa para Alemania ya es la tercera fuerza política del país.

Dirigentes de Alternativa Para Alemania durante una conferencia de prensa, el 25 de setiembre en Berlín. A la derecha de la imagen, la vocera del partido, Frauke Petry / Foto: Afp, Tobias Schwarz

Desde su primer éxito electoral en 2005, la canciller alemana, Angela Merkel mantuvo la misma estrategia: incluyó dentro de la agenda conservadora de su partido temas de centro e incluso algunos de la socialdemocracia. Sumado a su imagen moderada y pragmática, este corrimiento al centro le permitió a los democristianos captar parte del electorado que disputaban con la socialdemocracia hacia su izquierda, mientras que no le hacía perder el apoyo de los sectores más a la derecha que, a pesar de quedar desatendidos, no tenían otra alternativa política que votar por la Unión Demócrata Cristiana (Cdu). Los resultados de las elecciones del domingo pasado cambiaron esta lógica.

A los partidos que históricamente han sido mayoritarios en Alemania –la Cdu, la Unión Social Cristiana de Baviera (Csu) y el Partido Socialdemócrata (Spd)– se los denomina como los Volkspartei (partidos populares). El pasado domingo estas formaciones se hundieron, perdiendo en conjunto 13 puntos porcentuales. Mientras que durante la segunda mitad del siglo pasado los Volkspartei eran capaces de abarcar un amplio espectro ideológico y concentraban el 90 por ciento de los votos, y en 2002 todavía recogían el 80 por ciento de las voluntades, hoy apenas cubren el 54 por ciento del electorado. Otras cuatro formaciones, con un espectro político mucho más acotado, cuentan con un apoyo en torno al 10 por ciento.

El corrimiento hacia el centro de la Cdu, y la “gran coalición” entre los democristianos y los socialdemócratas que gobernó durante ocho de los últimos 12 años, ha generado un enorme desgaste en los Volkspartei y el correspondiente crecimiento del resto de los partidos. En las elecciones del domingo los democristianos de Merkel perdieron votantes que emigraron a todos los demás partidos. El trasiego de votos favoreció especialmente a Los Liberales (Fdp), que recibieron 3 puntos porcentuales de ex votantes de la Cdu, y a la ultraderecha, que se llevó 2 puntos porcentuales de democristianos desencantados.

FRAGMENTACIÓN. En el próximo Bundestag estarán presentes siete partidos que conforman seis fracciones, algo inédito desde que en 1953 se estableció la regla del mínimo del 5 por ciento del voto a nivel nacional para ingresar al parlamento. Dados estos resultados, alcanzar una mayoría para formar gobierno será más difícil. Esta fragmentación puede dar lugar a coaliciones tripartitas a nivel nacional y es probable que los gobiernos surgidos de esos acuerdos sean más inestables.

Tanto el debilitamiento de los partidos tradicionales como la fragmentación del sistema de partidos son fenómenos que hace tiempo existen en la mayoría de los países de Europa. Sin embargo, todavía no se habían consolidado en Alemania.

Durante décadas hubo sólo tres bloques en el Bundestag: los conservadores, los socialdemócratas y los liberales. Estos últimos actuaban como partido bisagra para alcanzar la mayoría. En 1983, cuando Los Verdes entraron en el parlamento federal, se generó un reagrupamiento: conservadores y liberales ocuparon del centro hasta la derecha del espectro político, y los socialdemócratas y verdes del centro a la izquierda. Esto volvió a cambiar tras la reunificación –anexión de hecho–, cuando el entonces Partido del Socialismo Democrático (Pds), que hoy es parte del izquierdista Die Linke, llegó al Bundestag y se colocó a la izquierda de los socialdemócratas.

Además de fragmentar el espectro partidario, las elecciones del domingo dieron paso a otro fenómeno europeo: el crecimiento de la ultraderecha. Aunque para Alemania, con su pasado nacionalsocialista, esta experiencia es particularmente incómoda.

El partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (Afd) consiguió 12,6 por ciento de los votos (por encima de lo que indicaban las encuestas de opinión) y 94 de los 709 escaños del parlamento federal. Y con la llegada del Afd al Bundestag, el tablero político alemán volvió a cambiar, rompiendo esta vez un axioma aceptado en la política alemana desde hacía décadas: “A la derecha de la Unión (Cdu-Csu) no puede haber ningún partido democráticamente legitimado”, una máxima de Franz Josef Strauß, quien es considerado el político más emblemático de la Csu.

DE TODAS PARTES VIENEN. Si bien una parte importante del apoyo a la ultraderecha proviene de ex simpatizantes de la Cdu-Csu que encuentran en Afd postulados conservadores que el partido de la canciller, en su corrimiento al centro, ha descuidado, el partido también consiguió adhesiones de otros lados. Se trata de una formación que ha mutado desde el euroescepticismo hacia posturas ultraderechistas y xenófobas que llegan a posiciones neonazis. Con una visión simplificada de la realidad, más que a favor de un determinado programa político, Afd está en contra del estado actual de las cosas. Sus enemigos declarados son: el establishment político, la Unión Europea, la inmigración, la multiculturalidad y, sobre todo, el islam. Han construido una lógica binaria de “ellos contra nosotros” que logra atraer sectores que no participaban en las elecciones. Otra fuente importante del crecimiento de la ultraderecha son los sectores más vulnerables de la sociedad, que sufren la precarización laboral y el desmantelamiento de los programas sociales, y que están desencantados con los partidos existentes.

De los nuevos votantes de la ultraderecha, que creció 8 puntos porcentuales con respecto a los votos que consiguió en 2013, hay un 40 por ciento que eran abstencionistas, un 25 por ciento son ex votantes democristianos, mientras que otro 25 por ciento viene del Spd o el partido de izquierda Die Linke. Según las estadísticas, casi un 60 por ciento de las personas que votaron por Afd le entregaron su voto movidos por la “decepción” que les causaba el resto de los partidos y no necesariamente por estar de acuerdo con el programa del partido.

El Afd es un partido que difícilmente pasa desapercibido. La gente que no lo vota, que son el 87 por ciento de los alemanes, lo desprecia. Muchos incluso se avergüenzan de que la ultraderecha haya conseguido tantos votos en las elecciones del pasado domingo. En una nota publicada por el Süddeutsche Zeitung, Heribert Prantl, uno de los periodistas más influyentes del país, opinó que “la llegada del Afd como la tercera fuerza al Bundestag es un retroceso histórico para la sociedad alemana. Es una amargura para la cultura democrática y un golpe al artículo primero de la Ley Fundamental que protege la dignidad de todas las personas, incluidas las de los refugiados”. En tanto el filósofo Michael Hampe expresó: “ahora los abstencionistas de derecha y los que se fueron del ala derechista de la Cdu están representados. La derecha y sus resentimientos se han hecho más visibles públicamente, aunque ya existían desde antes. Tal vez su visibilidad no sea algo malo”.

Si bien Merkel ha sido rotunda al decir que no trabajará con Afd, y lo mismo ha hecho el resto de los partidos políticos, es inevitable que algunos de los temas y la retórica que maneja la ultraderecha se cuelen en la agenda pública y que sus diputados utilicen el atril del Bundestag como escenario para sus provocaciones. Además, los parlamentarios del Afd participarán de las comisiones parlamentarias, ya sea las ordinarias o las de investigación. Esto incluye aquellas en las que sus miembros reciben información clasificada.

POSIBLES COALICIONES. Con los resultados sobre la mesa, a Merkel sólo le quedan dos posibilidades de formar coaliciones que le permitan gobernar en mayoría en su cuarto período al frente del Ejecutivo alemán. La primera es intentar reeditar la “gran coalición” entre los democristianos y los socialdemócratas. Esa opción quedó rápidamente descartada ya que Martin Schulz, el candidato del Spd, en su primera aparición pública dijo que la tarea de la socialdemocracia en los próximos cuatro años es liderar la oposición. La segunda posibilidad es la denominada coalición Jamaica. Se la llama así por el color de los partidos que la integrarían: la Cdu-Csu (negro), Los Liberales (amarillo) y Los Verdes. Un gobierno tripartito a nivel nacional sería toda una novedad.

En el caso de que la coalición Jamaica no pueda conformarse, aparece la opción de que Merkel conforme un gobierno en minoría. Para esto los democristianos deberían ponerse de acuerdo con la mayoría de oposición, con el fin de que estos voten a favor o se abstengan durante la sesión de investidura. De esta manera se evitarían nuevas elecciones, aunque el Ejecutivo estaría obligado a negociar de forma independiente cada uno de sus proyectos de ley en el Bundestag.

 

La ultraderecha pierde uno de sus líderes

Apenas 12 horas después de conocerse el resultado de las elecciones, los ultraderechistas protagonizaron su primer escándalo público. Durante la tradicional conferencia de prensa organizada por la asociación de periodistas Bundespressekonferenz, Frauke Petry, quien en ese momento era la vocera de Afd, declaró que no iba a formar parte del grupo parlamentario de la ultraderecha. Acto seguido se paró, tomó su cartera y se retiró sin responder preguntas ante la mirada atónita de sus compañeros de partido y de los cientos de periodistas que colmaban la sala.

Una hora antes de este suceso, durante una entrevista televisiva en la cadena estatal Zdf, Petry había criticado al dirigente de su partido Alexander Gauland por sus comentarios. En la noche del domingo y tras el anuncio de los primeros resultados, Gauland había dicho: “Vamos a cazar a la señora Merkel o a quien sea que gobierne y vamos a devolverle este país a su gente”. Esta frase, si bien fue matizada por otros dirigentes, resulta muy violenta para los estándares políticos alemanes. “Pienso que los votantes no sienten que esa retórica sea constructiva”, dijo Petry, quien ganó uno de los tres mandatos directos del partido en la región de Sajonia, donde el Afd se ha convertido en la fuerza más votada, y añadió: “El partido ahora tiene que centrarse en el contenido. Quiero que sean los temas los que dominen en el futuro y no las declaraciones vacías que hemos escuchado en el pasado”.

 

Los resultados

La Unión Demócrata Cristiana y la Unión Social Cristiana de Baviera ganaron las elecciones federales del pasado domingo con el 32,9 por ciento de los votos, lo que marca un descenso de 8,6 puntos porcentuales con respecto a 2013 y es la peor votación de los conservadores desde 1949. En segundo lugar, llegó el Partido Socialdemócrata, que recibió el apoyo del 20,5 por ciento del electorado, 5,2 puntos porcentuales menos que hace cuatro años, en lo que significó la peor votación de su historia. El último lugar en el podio fue para la extrema derecha: Alternativa para Alemania triplicó la votación de 2013 y alcanzó el 12,6 por ciento de los sufragios. Por detrás llegaron: Los Liberales, que duplicaron su votación de hace cuatro años y recogieron el 10,7 por ciento de los votos; La Izquierda (Die Linke), con el 9,2 por ciento, 0,6 puntos porcentuales más que en 2013, mientras que el sexto partido en el Bundestag fueron Los Verdes (Die Grünen), quienes recibieron el 8,9 por ciento del voto.

La participación en las urnas fue del 76,2 por ciento de los habilitados, lo que significa un incremento de 5 puntos con respecto a 2013. De los 46,7 millones de alemanes que votaron el pasado domingo, un 25 por ciento (unos 11 millones) prefirió emitir su sufragio por carta, de forma anticipada.

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