En fin, la hipocresía

El meme de los perros y la modernidad.

En el siglo XII, Bernard de Chartres decía que sus contemporáneos, los “modernos”, eran como enanos que, subidos a hombros de los gigantes del pasado, podían ver más lejos que ellos. Allí, en el pensamiento de Chartres, había una dialéctica entre lo moderno y lo antiguo: dada una base, un sustento, se puede avanzar. Pero no se puede avanzar en el aire, sin suelo firme en el cual apoyarse. Esta discusión volvió a plantearse una y otra vez, a lo largo de los siglos, hasta que la Academia Francesa del siglo XVII, con Charles Perrault a la cabeza, la retomó y le dio un nombre: “Querella de los antiguos y los modernos”. El autor de “Caperucita roja” fue más determinante, más absoluto, menos dialéctico que Bernard de Chartres. Los modernos somos superiores, sostuvo. Punto. Fin de la discusión.

Hace unas semanas está en boga un meme que salta de pantalla en pantalla, viralmente, con el impulso que sólo las cosas muy importantes o muy banales logran. Se trata de una viñeta que compara un perro grande, musculoso, con un perro chico, miedoso. Encima de ambos, hay un encabezado, y debajo, una leyenda. Los textos cambian según el hacedor, como siempre sucede con los memes. Hijos de la cultura pastiche, se montan y desmontan con facilidad, y sus palimpsestos son incontables. Pero hay una lógica, o una estructura, que se mantiene intocada, y que podríamos considerar que es el “alma” o la “sustancia” de ese meme. El perro forzudo representa al pasado y el perro enclenque al presente. El mito de la edad de oro regresa a dar batalla desde el ámbito más paradójico: una de las más auténticas manifestaciones de la cultura popular actual. Rebate con un simple chiste todos los esforzados argumentos que Perrault daba ante la Academia Francesa en 1688. O no los rebate, pensándolo bien, porque para nosotros Perrault está en el pasado y, por lo tanto, en nuestro meme, el escritor francés quedaría del lado del perro musculoso. Es, según Matei Calinescu o el Octavio Paz de Los hijos del limo, la eterna paradoja en la que ingresó para siempre la modernidad: ser ella misma su permanente superación, y una vez que se establece una variante nueva, acaba rápidamente por volverse tradición, y hay que arremeter contra ella otra vez, y otra vez, y otra vez.

Traigo un solo ejemplo a colación, como botón que sirve de muestra para saber cómo está confeccionada la camisa: el perro forzudo tiene como encabezado “Poetas del siglo XVII” y el perro debilucho, “Poetas del siglo XXI”. Debajo del primero, dice algo así como: “Voy a escribir 30 sonetos y después me voy a ir a la guerra a morir”. Debajo del otro: “Estoy experimentando con el lenguaje y su espacialidad”, parodiando la disposición no convencional que en las páginas de los poemarios adquieren algunos textos herederos de la poesía concreta, por ejemplo. Estoy citando de memoria (no encuentro la variante específica de la que hablo, tan efímero termina siendo todo esto…).

Ahora, ¿qué es lo que me resulta interesante? Que sigue existiendo la misma dialéctica que planteaba Chartres en el siglo XII. El alcance de una viñeta que llamamos “meme”, de un chiste ingenioso que funciona y llega a millones de personas en segundos me resulta una maravilla. Pero es una maravilla típica de enanos, que no se sostiene por un presunto genio contemporáneo, sino que existe gracias a la cultura del pasado. Esta no es una gran revelación, pero siempre es importante tenerla presente. Porque de algún lado surge la necesidad espiritual, digámosle, que explica la existencia misma de ese meme. Quienes hacen los memes (“los jóvenes de hoy en día”, parodiando a Les Luthiers) sienten que a su cultura le falta “épica”, que sus vidas carecen de “impacto”. No por nada existe el gusto por sagas ambientadas en alguna época similar a la Edad Media (desde El señor de los anillos hasta Juego de tronos, pasando por otras menos famosas, hay decenas). Es decir, que lo que revela este meme es una generación que se parodia a sí misma, consciente de su malestar, y que, muy en el fondo, añora algo de una época pretérita, en la que vivir equivalía a experimentar cierto tipo de trascendencia, o al menos una sensación de que la vida siempre era jugar a un juego vertiginoso que uno aceptaba sin haber pedido entrar, y que era imposible transitarla sin un sentimiento trágico golpeando siempre en el fondo del pecho. Escribir 30 sonetos y morir en la guerra. Sí, ya sé: es un meme, es sencillamente humor, pero desde Freud sabemos que el humor nunca es sencillamente humor, sino que solapa alguna verdad latente, venida desde el fondo más oscuro del inconsciente. Precisamente porque algo se convirtió en humor es que conlleva algún tipo de verdad.

Y, sin embargo, ¿qué puede hacerse con ese sentimiento de anhelo hacia la potencia vitalista del pasado? Quienes hacen memes no pudieron o no quisieron hacer algo más que lo que hicieron: memes. En su gesto, que quería ser irreverente con su propia generación, no hay más que instinto de conservación, de confirmación. Como dice otro de estos artefactos que son tendencias actuales: “En fin, la hipocresía”.

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