Engendrando maravillas

Asamblea Ordinaria.

No hay con qué darnos, Perro Andaluz, PA 7048-2, 2017 (apoyo del Fonam).

“Las canciones son la espuma/ son esa espuma amarilla/ que en las aguas estancadas se forma junto a la orilla/ aguas turbias, enlodadas/ engendran su maravilla.” Estos versos de Mercedes Rein fueron musicalizados por Jorge Lazaroff en una canción que no quedó registrada. Esa belleza indescriptible sobrevivió en la memoria de los integrantes de Asamblea Ordinaria, que la aprendieron de su autor y ahora la grabaron por primera vez. Aun si la canción fuera conocida, nadie la habría podido hacer mejor que ellos, que tienen incorporada la personalidad y la fineza arreglística de Lazaroff y están capacitados para lidiar con sus complejidades.

La canción aparece en el nuevo disco de Asamblea,1 en el que es la única autoría ajena. Todas las demás fueron escritas por los integrantes del trío (Francisco Rey, Guillermo Lamolle y Carlos Giráldez). Son bien distintas de “Esa espuma”, pero de alguna manera encarnan esa idea de los desechos cotidianos que engendran o son maravillas. No están presentadas bajo la forma de maravillas, sino más bien de espuma amarilla en el lodo: no parecen “bellas”, sino que pegan, en primera instancia, como más bien graciosas, extrañadas, ridículas, grotescas, delirantes, insólitas, verdaderas, inteligentes, lúdicas, con letras que casi siempre giran sobre miserias existenciales o incomodidades y tedios cotidianos. Le toca al oyente voluntarioso contemplar esa pila de objetos sonoros y verbales y descubrir, casi ocultas detrás de los muchos pliegues de su poética compleja, las cosas que solemos asociar a una canción bonita: emoción, swing, sinceridad, profundidad, ternura, inocencia, ética. Hay mucho de todo esto, pero en forma menos obvia.

Los arreglos son estrictamente acústicos, es decir, todos los instrumentos son desenchufados. No hay ni se busca ese tipo de sonoridad con graves potentes de la música con bajo y batería. Asamblea es un raro superviviente de la estética basada en voces y guitarras acústicas. Sí hay algunos procesamientos electrónicos y abundante empleo de los recursos de estudio, suficientes como para dar a algunas partes un cierto vuelo psicodélico, y para multiplicar el trío básico de cantantes guitarristas con varios otros instrumentos que ellos mismos tocan. Pero la riqueza de sonidos del disco no se mide sólo en instrumentos diversos, sino, sobre todo, en sus prodigiosos arreglos guitarrísticos y vocales (un ejemplo entre muchos son las texturas etéreas, aguditas, de “Me mudo”). Supieron absorber de Los Olimareños y Los que Iban Cantando esa habilidad para incorporar distintos personajes vocales y cambiarlos en forma neta en pocos segundos (eso vale en el sentido teatral –en el que “personaje” se vincula a algo que dice la letra– y orquestal –en el que “personaje” es simplemente una función de la sonoridad y expresividad musical–). Son tres cantantes, pero funcionan como si fuesen más. La fluidez musical de cada arreglo está basada en cantidades insólitas de trabajo de concepción y ensayos: no pasa momento en que no ocurra algo nuevo, interesante; nada se repite literalmente, cada cosa está sopesada en función del todo. Es sencillamente espectacular.

Las canciones son muy variadas. Llama la atención esa capacidad rara de satirizar con acidez crítica, sin plantarse en un pedestal inmune. Mi preferida es “Ya mataron a mi árbol”, una especie de samba con elementos de blues y toco, en que el asunto aparentemente irrisorio abre las puertas a la exploración de la memoria afectiva y de la desaparición de un referente. El disco no tiene desperdicio. Y está interpretado con autoridad musical, garra, swing y entrega, es decir, la maestría esperable en un grupo que tiene 37 años de trabajo concienzudo.

Asamblea Ordinaria se presenta hoy viernes a las 19:30 horas en el Espacio Felisberto de la sala Zitarrosa, ideal para apreciar esa música llena de sutilezas.

 

  1. No hay con qué darnos, Perro Andaluz, PA 7048-2, 2017 (apoyo del Fonam).

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