Enhorabuena

Filantropía universal.

Ilustración: Mariana Escobar

Regina Patrick, oriunda de “Isla Solomon”, viuda de Patrick Cedric, de Costa de Marfil, necesita de mi ayuda para invertir en una buena causa los 3 millones de dólares que el viejo Patrick le dejó en herencia.

Miss Mary Adams (la única hija de Steven Zuma Adams, famoso y próspero mercader de cacao de Abidjan) desea transferir la friolera de 10 millones de dólares al número de cuenta que yo le provea, y me pide auxilio para invertirlos “de modo bondadoso”.

Mrs Rebecca Thomson, por su parte, ha decidido donarme 6,5 millones de dólares con la única condición de que yo me comprometa a emplearlos “en el trabajo de Dios” (evidentemente está pensando en algo más que un cibercafé para encaminar en la vida al Señor).

La esposa del general Akin Ozturk me anuncia, escueta, la donación de 13,5 millones de dólares, sin entrar en detalles que, por lo demás, nadie pediría a la esposa de un general.

La señorita Priska Yak es más íntima y misteriosa. Me dice “hola querido”, y me pide que la contacte para recibir información de una importante transacción financiera. Me dispongo a preparar una respuesta, pero dudo entre mantener el tono de confianza con que ella me ha hablado u optar por un estilo algo más formal, aunque sin parecer frío o distante.

Un portavoz de las Naciones Unidas, el señor Herman, viene a interrumpir la encantadora secuencia de señoritas, señoras y viudas que me ofrecen dinero, pero sus intenciones logran captar de inmediato mi atención. Ha sido instruido personalmente por el secretario general de la Onu, António Guterres, para enviarme, al número de cuenta que yo le indique, un “fondo de compensación” de 2 millones de dólares. Me sorprende hasta qué punto la Onu está al tanto de lo descompensado que estoy. Pero es la Onu, todo puede esperarse de ellos –pienso–. A fin de cuentas, se trata de un organismo internacional cuya vigencia quedó herida de muerte luego de la invasión de Estados Unidos a Irak, y no es de extrañar que lancen campañas como estas para reconstruir un poco su legitimidad. No lo veo con malos ojos. Y a decir verdad, la comunicación del señor Herman ya ha logrado cambiar un poco mi percepción del organismo.

Y si faltaba algo para hacerme sentir que estaba en mi día de suerte, la Australia Lotto me felicita por haber ganado 3,2 millones de dólares. La noticia me deja eufórico. Ganar la lotería provoca una emoción infantil, despejada de las pesadas responsabilidades que conlleva el dinero proveniente de contrapartes filantrópicas o del sistema de Naciones Unidas. Sin embargo, pasados algunos minutos, una molesta duda viene a enturbiar mi alegría. Estoy muy seguro de no haber comprado un billete de lotería, mucho menos de la australiana. Por si acaso, reviso en algunos cajones, en la billetera, y entre los papelitos aprisionados por los imanes de la heladera. Nada. También me llama la atención la alta cifra del premio, pero es sabido que en Australia todas las cosas son desmesuradamente grandes. No van a tener una lotería normal cuando tienen medusas de dos metros y medio de diámetro con tentáculos de hasta treinta y seis metros de largo, me digo.

Como si ganar la Australia Lotto significara la culminación de un ciclo, mi suerte de beneficiario pasivo se termina con la aparición de Patrick Memel, que no quiere regalarme nada, sino que viene a proponerme la adrenalina de un buen negocio. Dado que hasta el momento llevo recaudados 33,2 millones de dólares, de los cuales tengo que emplear 6,5 en un emprendimiento para Dios, creo estar en una buena posición para negociar con mister Memel. Hasta se me ocurre hacerle chistes con su apellido (quién no se pone un poco fanfarrón con 33 palos verdes en el bolsillo y el rebusque laboral de Dios en sus manos).

Por suerte llega Mrs Beatrice Gunter justo a tiempo para sacarme de este rapto de codicia y devolverme a mi dicha tranquila de gran mimado por la filantropía universal. Beatrice dice que, por lo que ha averiguado, piensa que soy la persona indicada para recibir una importante donación y destinarla a la caridad. “Beatrice Gunter, Beatrice Gunter”, me repito, tratando infructuosamente, como casi siempre, de unir cara con nombre. Definitivamente no la conozco, y me quedo pensando de dónde puede ella conocerme. Atando cabos, y como el mundo es un pañuelo, concluyo que con toda seguridad escuchó hablar de mí en algún té de rotarios europeos compartido con Regina Patrick, Mary Adams, Rebecca Thompson, la esposa del general Akin y la señorita Yak.

Me saca de mi egocentrismo la señora Brenda Kennedy, que me escribe desde un hospital. Su médico le acaba de informar que no vivirá más de siete meses debido al cáncer, aunque – confiesa con inquebrantable empirismo– lo que más le molesta es su problema de apoplejía y sordera. La señora Kennedy se define a sí misma como “viuda y sirvienta del Señor durante los últimos 38 años”. Me provoca curiosidad conocer su edad y calcular cuántos años vivió antes de caer en la servidumbre. Me cuenta que con su difunto esposo lograron reunir la suma de 800 mil dólares que ahora, en su dramática circunstancia, ha decidido donar a “una iglesia o un individuo o mejor aún: una persona temerosa de Dios, una persona indigente para ayudar a orfanatos, viudas a su alrededor y escuelas”. Me quedo perplejo. Quisiera poder ayudar a la señora Kennedy, pero así como marchan mis cosas lejos estoy de considerarme una persona indigente, ni tampoco creo ser alguien temeroso de Dios, por quien siento más bien una suerte de responsabilidad protectora desde el encargo que me hiciera Mrs Rebecca Thomson. Lo que sí me provoca temor es la idea de estar rodeado de viudas. Así que decido concentrarme en la categoría “escuelas”.

También me escribe Doris Hand, que quiere darme su homónima. Se trata otra vez de un asunto de dinero. Pero antes de entrar en detalles me pregunta si hablo inglés. Cuánta razón tenían mis viejos al insistir en que estudiara la lengua heredera de los dialectos anglofrisios, me repito, como tantas otras veces en situaciones muy diferentes.

Me saca de mi gratitud retrospectiva una comunicación de Gifford Baille y Mrs Christabel, quienes me ofrecen préstamos en términos similares a los de mister Memel. Me alegro de que aparezca competencia que con un poco de astucia podré usar a mi favor. Tengo que trazar una estrategia. Podría, por ejemplo, buscar el modo de filtrar, como por error, mi intercambio con Gifford Baille a Patrick Memel, pero inflando la tasa de interés que el primero me ofrece de modo de inducir al segundo a mejorar su oferta. Debo pensar cuidadosamente cada paso sin apurarme, pero a la vez jugando rápidamente mis fichas.

En esas estaba, distrayéndome con el chiquitaje, cuando aparece providencialmente Michael Adisa, contador en jefe de la moribunda Beagon Petroleum Company Ltd de Cotonú, República de Benín, quien me ofrece unos 18 millones de dólares que precisa sacar con urgencia del país africano. Esto ya es más delicado, no quisiera ser cómplice de una operación de saqueo neocolonial, y mi actual situación económica me permite analizar sin presiones la oferta del señor Adisa. Dejaré pasar algunos días antes de responder.

Ya es suficiente por hoy. Por más que esté en mi día de suerte, hay asuntos más mundanos que no debo descuidar. Doy una última mirada a mi alrededor por si aparece el billete de la Australia Lotto, y cierro la carpeta de los correos spam.

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