Entre Iafigliola y los terraplanistas

Macedonia.

El pasado domingo nuestro país vivió dos hechos destacados: un congreso internacional de terraplanistas y la consulta contra la ley trans.

El chiste fácil consistiría en decir que de un lado estaban las personas que se quedaron estancadas en la Edad Media y del otro, quienes consideran que la Tierra es plana. Pero, justamente, por ser fácil, no incurriremos en tal cosa.

Lo que sí diremos es que la calidad del debate público habla mucho de una sociedad y de un determinado momento histórico, y, en tal sentido, no hay motivos para ser optimistas.

Quienes afirman que los ciudadanos trans son privilegiados y cuentan con demasiados derechos están lejos de conformar una mayoría social. Cierto. Pero perfectamente, y a diferencia de Novick, pueden llenar el Estadio Centenario (incluso, varias veces).

Esto al tiempo que Larrañaga insiste con su reforma militarizante y a la vez que un neonazi se aparece en un acto de Cabildo Abierto (o sea, un fan de Hitler y de Artigas que se siente con bastante impunidad como para exhibir abiertamente sus preferencias políticas; con la misma tranquilidad de quien luce una remera que dice “Yo fui a Florianópolis”).

Cabildo Abierto que, dicho sea de paso, sumó a Daniel García Pintos la misma semana en que volvemos a discutir sobre las tupabandas y las calles se llenan de mujeres de enterito y de niños que juegan al metepata con sus championes con luces.

Mientras, a pocos quilómetros, Bolsonaro asume una postura negacionista respecto a la tragedia de la dictadura brasileña. El mismo Bolsonaro que dice “no creer” en el cambio climático, que presume de su machismo y que llegó a reírse de un japonés por el (supuesto) pequeño tamaño de su pene. Una broma que Pachu y Pablo hubieran descartado en el Videomatch de los noventa, y que ahora sale de la boca del presidente de uno de los países más grandes del mundo.

Y aquí podríamos seguir con Trump y sus tuits (cuyo uso de las mayúsculas es igual al de cualquier abuela con Facebook), los antivacunas, el rollo de quienes sólo comen alimentos que se caen de los árboles (da gusto imaginarlos a todos abajo de un manzano, esperando agazapados) y un montón de otros fenómenos que guardan una estrecha relación: lentamente se ha corrido el eje de la discusión y hemos sido arrastrados a la disputa civilización o barbarie.

Por decir fútbol

Porque lo que hoy se nos vende como vanguardia y antisistema en términos científicos, políticos o intelectuales no es más que puro atraso.

Después de todo, ¿hay algo más viejo en el mundo que pedir mano dura, que creer que la tierra es plana, que odiar a los judíos, ser xenófobo o machista?

En Uruguay, las fuerzas del retroceso civilizatorio son aún débiles, pero, como bobeando, parecen llevarnos hacia su terreno.

Quién sabe si dentro de unos años no estaremos discutiendo si Penadés es o no un reptiliano, si pueden votar los que escuchan cumbia o si Graciela Villar nunca existió y en verdad fue una conspiración de Martínez que creó un holograma para desplazar a Cosse. Quién sabe.

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