Entre la batucada y el himno nacional

Las elecciones en Brasil traen insultos en las calles, en las redes sociales y entre los propios candidatos. Racismo y odio de clase en una sociedad que se debate entre profundizar el desarrollo social con un giro a la izquierda, o la elección de un discurso nacionalista cercano a la derecha más reaccionaria.

Ante el aumento de la tensión el PT moviliza sus bases AFP VANDERLEI ALMEIDA

Tras conocerse los resultados de la primera vuelta se abrió la caja de Pandora. La disputa presidencial entre los eternos adversarios PT (Dilma Rousseff) y Psdb (Aécio Neves) ha generado un clima de odio y violencia nunca visto desde la democratización del país. Ataques racistas, agresiones en las calles y en las redes sociales, dimisiones y despidos de periodistas han sido los incidentes más sonados en una campaña donde la agresividad le ha quitado espacio a las propuestas políticas.

El lunes 6, un día después de la primera vuelta, el ex presidente Fernando Henrique Cardoso tiraba la primera piedra: “No es porque sean más pobres que votan al PT, sino porque están mal informados. (…) El gran error de nuestro partido es no ser capaces de conversar directamente con los mal informados, porque ellos están en el país y votan”. Estas declaraciones provocaron la indignación de los petistas y la arrogancia de los pesedebistas, que se vieron liberados para expresar un odio hasta entonces contenido.

En apenas tres días el Ministerio Público Federal recibió 131 denuncias por racismo en las redes sociales, de las cuales 86 estaban dirigidas contra los nordestinos, electorado conocido por votar mayoritariamente al PT: “Castración química para los nordestinos”, pedía un colectivo de 97 mil médicos y estudiantes de medicina que tienen un grupo en Facebook dedicado a insultar al PT. Ingrid Berger, auditora fiscal de Trabajo de Paraná, declaraba en la misma red social: “Tenemos que tirar una bomba atómica sobre el nordeste para que ni en 70 años vuelva a salir una flor”.

A finales de la misma semana el actor y poeta Gregorio Duvivier era agredido verbalmente mientras comía en un restaurante de Rio de Janeiro. El ataque se producía un día después de que declarara su voto a favor de Rousseff: “Voy a tener que salir de acá porque voy a acabar cagándote a trompadas. Deberías estar comiendo en un bandejão (espacio de comida popular) ya que te gustan tanto los pobres”, le espetó un antipetista.

Mientras sucedían estas agresiones en las redes y en la calle, las alianzas políticas que iba tejiendo el Psdb polarizaban más el ambiente. Los diputados evangélicos Jair Messias Bolsonaro, Marcos Feliciano y Celso Russomano (los más votados en Rio de Janeiro y San Pablo) declaraban su apoyo a Aécio Neves. Este trío político conocido por sus constantes ataques homófobos, racistas (Feliciano asegura que la raza negra está maldita) y por su moralismo antiabortista, forma parte del núcleo duro de la “bancada evangélica”, que en este nuevo Congreso tiene un 30 por ciento más de diputados.

En la misma semana en un acto de artistas afines a Neves, el roquero Lobão, sentado bajo una gran bandera de Brasil, alertaba sobre “la dictadura comunista” que sin duda se implantará si gana de nuevo el PT, mientras que el abogado de “famosos” Sérgio Dantino afirmaba: “Si en la segunda vuelta se enfrentaran el partido de Satanás y el PT, yo votaría por el de Satanás”.

El incidente más indigno se produjo hace diez días, cuando Ênio Barroso volvía a su casa tras estar en una concentración a favor de Dilma. Barroso está en silla de ruedas debido a una enfermedad degenerativa, lo que no impidió que un grupo de jóvenes pesedebistas lo atacaran por llevar una insignia del PT: “No creas que por ser un minusválido comunista no merecés una paliza para enderezarte.” Cuando denunció el ataque a la policía, le respondieron que llevar esos símbolos, dadas las circunstancias, era un “acto peligroso”.

Según la periodista Cynara Menezes, la gran diferencia respecto a elecciones anteriores es el papel beligerante de las redes sociales y las nuevas alianzas de Neves: “Este Psdb está ubicado mucho más a la derecha. Se ha unido a fundamentalistas evangélicos y ya no es sólo una cuestión de política neoliberal, sino que se están acercando a personas profundamente retrógradas, contrarias a los derechos humanos”.

Sin embargo, los afines al tucano (el tucán, símbolo del Psdb) no han dejado de salir a la calle con remeras de la selección y la bandera de Ordem e Progresso en la mano, manifestando la “falta de libertad de expresión” que padecen debido a la “dictadura del PT”. Al tiempo que hacen estas declaraciones para la televisión, no se privan de llamar “hijo de puta” a aquel que lleva una pancarta de Dilma en su balcón, o de gritarle a un coche que pasa a su lado con el logo del PT: “Andate a vivir a una favela”.

El Psdb emerge en el escenario electoral como salvador de una “patria que se hunde”, como ha repetido innumerables veces su candidato. Esta retórica es la misma que usan los medios de comunicación, también responsables de esta radicalización de los discursos: “La prensa mayoritaria lleva años culpando al PT de todos los males, tergiversando informaciones, mostrando la corrupción del PT y escondiendo la del Psdb. Ha creado un discurso antipetista muy sólido, y en estas elecciones ha dado sus frutos. Al final se darán cuenta de que lo que han hecho se les está yendo de las manos”, advierte Menezes.

Los periodistas también han sido víctimas de este clima. El columnista de Folha de São Paulo Xico Sá anunció su dimisión por haber sido “censurado en su última columna”. Sá decidió dejar su trabajo por no haber podido expresar su apoyo a Dilma Rousseff. El editor del diario lo acusó de hacer proselitismo político: “Todos los días columnistas de este periódico están dando su apoyo a Neves, criticando despiadadamente al PT, y es a mí a quien censuran. Estoy harto de esta prensa burguesa”. A finales de la semana hubo un caso contrario. Un periodista de un diario de barrio fue despedido por pedir en su editorial que el día de las elecciones no dejaran salir de casa a las domésticas y a los porteros, para evitar que votaran al PT.

EL PASADO COMO PROYECTO POLÍTICO. En medio de tanto ruido mediático, virtual y físico, los debates electorales han sido el único espacio que ha quedado para intentar dar a conocer las propuestas de los candidatos. El pasado ha sido el principal aliado de cada uno de ellos. El recuerdo de los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso, con “inflaciones astronómicas, desempleo altísimo y privatizaciones masivas”, servía a Dilma para anunciar lo que podría suceder en el caso de que Neves ganara. Su adversario negaba las acusaciones y definía al gobierno de Cardoso como “el ejemplo de estabilidad económica, profesionalización de las empresas y control inflacionario”.

La economía fue el pilar de cada uno de los encuentros. El tucano se valió del discurso catastrófico: “El país ha dejado de crecer, ya nadie confía en Brasil”. Neves culpaba a Dilma por la alta inflación (6,50 por ciento, casi en el límite máximo tolerado por el Banco Central) y por el bajo crecimiento del país, que según los economistas no llegaría a un tímido 0,30 por ciento el próximo año. Rousseff se defendía: “La inflación está controlada, su aumento se ha debido al contexto de crisis internacional. Este país ha sido el único que ha aumentado el salario mínimo de sus trabajadores, que ha mantenido el gasto social y que ha creado empleos en plena crisis mundial”, sentenciaba la candidata.

Aécio Neves no fue claro en cuanto a su política económica, limitándose a discursos vacíos en los que la promesa de “un Brasil más competitivo” quedaba en el aire sin contexto alguno. La única certeza es en relación con Arminio Fraga, quien fuera presidente del Banco Central durante el gobierno de Cardoso, que ha sido anunciado como candidato a ministro de Hacienda. Fraga manifestó en varias ocasiones sus críticas a “la falta de eficiencia de los bancos públicos”, y la necesidad de “implementar políticas poco amables para controlar la inflación”. Pero en el Psdb nadie quiere hablar sobre cuáles serían esas medidas. No es un secreto que la prensa económica liderada por The Economist ha dado su apoyo al candidato Neves por ser quien “va a volver a hablar con los mercados financieros”. También se sabe que la petrolera Shell celebró la noticia de que el socialdemócrata se ubicara como favorito en los comicios. La fiesta duró poco, porque dos días después Dilma volvía a tomar la delantera y la Bolsa de Nueva York respondía con una fuerte caída.

Si el Psdb no fue claro con relación a la economía, en política internacional se mostró tajante: “No nos interesa mantener el Mercosur, tenemos que hacer acuerdos bilaterales con Europa y Estados Unidos”, repitió Neves en diversas entrevistas. La Alianza del Pacífico sería la única asociación prevista con países latinoamericanos, ya que según el pesedebista, “Brasil debe alejarse de los bolivarianos que tanto le gustan al PT”.

Temas como la educación y la sanidad, tan reivindicados en las manifestaciones de 2013, fueron tratados de pasada. En los debates televisivos Dilma enumeraba sus avances y Aécio los echaba por tierra. Al menos Rousseff garantizó que el 75 por ciento de los royalties obtenidos por el yacimiento petrolífero del pre-sal serán destinados a educación, y el otro 25 por ciento a la salud pública. Neves por su parte una vez más cayó en generalizaciones. “Los debates han sido encorsetados, sin ideas, sin creatividad, sin diálogo”, comentó el periodista Alceu Castilho, resumiendo un sentimiento generalizado en la prensa y las redes sociales.

La izquierda equilibra el juego. Ante la oleada de violencia principalmente pesedebista, el PT se ha defendido con su mejor arma: movilizar a sus bases. Tras los resultados de la primera vuelta, el partido de Dilma vio cómo se quedaba sin aliados. Marina Silva y el Partido Socialista Brasileño (Psb) no tardaron en dar su apoyo a Neves. El Partido Verde, que se había llevado muchos votos de izquierda, también anunció su apoyo a los tucanos. Ni siquiera el Psol (a la izquierda del PT) brindó su solidaridad a Dilma; se limitó a pedir no votar a Aécio.

Consciente del castigo a la izquierda, Lula entró de lleno en campaña pidiendo el apoyo de sindicatos, movimientos sociales y representantes de la cultura. Las alianzas con el agronegocio, el modelo económico desarrollista seguido por el gobierno, muy poco atento a las cuestiones ambientales, la falta de diálogo con los movimientos sociales y el escaso fervor demostrado en la defensa de los derechos de los indígenas son algunas de las razones que han provocado que un sector de la izquierda se sienta decepcionado con el PT. Sin embargo, la oleada de violencia antipetista, calificada como “un regreso al fascismo” por la filósofa Marilena Chauí, ha hecho que este sector haya percibido lo que está en juego: “Voy a votar a Dilma no porque el PT haya hecho un gobierno de izquierda, sino porque Neves representa el conservadurismo radical, un retroceso a los 12 años de avances sociales”, decía Guilherme Boulos, coordinador del Movimiento de Trabajadores sin Techo (Mtst).

Políticos del Psol, como el profesor Marcelo Freixo y el diputado Jean Wyllys, decidieron no seguir la pauta de partido y apoyar a Rousseff con la esperanza de que cumpla la promesa de promover un plebiscito para una reforma política y luche por una reforma impositiva más igualitaria. El ex ministro de Cultura Gilberto Gil, que apoyaba a Marina Silva en la primera vuelta, declaró su voto al PT. Chico Buarque grabó un video explicando por qué Dilma debe ser reelecta.

Incluso uno de los fundadores del Psdb, el economista Bresser Pereira, pidió respaldar a Rousseff: “Esta es nuevamente una elección en la que se enfrentan pobres y ricos, progresistas y conservadores, izquierda y derecha, desarrollistas y neoliberales. En este marco no tengo dudas sobre por quién votar”. Cynara Menezes advierte a su vez que “al PT no le queda otra que dar un giro a la izquierda para recuperar apoyos”. Para ello no sólo tiene que ganar, sino conseguir una mayoría, algo que parece difícil cuando las encuestas dan una diferencia mínima entre candidatos (la última otorgaba un 52 por ciento de los votos a Dilma, frente a un 48 de Aécio).

Artículos relacionados