—Esto no lo escribiste vos.
Lo dijo sin levantar la vista del papel, como si el texto, por su sola fluidez, hablara más que la estudiante que lo entregó. Sofía, que nunca había tenido una nota sobresaliente, había presentado un ensayo claro, bien argumentado, con citas ordenadas y una conclusión convincente. El profesor, acostumbrado a ver otros registros suyos –titubeantes, inseguros–, no creyó que el texto fuera suyo.
—¿Lo hiciste con ChatGPT?
—No, me ayudó mi hermano, pero lo escribí yo –respondió ella, bajando la voz.
Le pusieron un «Aceptable».
Podría ser una anécdota menor, pero en realidad es una escena frecuente, casi arquetípica, en las aulas universitarias actuales. No solo por el uso, a veces ingenuo, a veces sofisticado, de herramientas de inteligencia artificial (IA) por parte...
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